De la lobezna Habiba tiritando.

Habiba estaba extraña. Había pasado dos días vomitando pero a Farah no le extrañó pues ella misma había vomitado los dos días por la mañana. Fueron a la veterinaria y dijeron que estaba bien. No tenía fiebre, el tratamiento fue dieta y un antiácido. Por la noche a la hora de dormir Habiba tiritaba a su lado, en la cama, y sacaba la lengua en evidente signo de calor interno. Al final, hecho el efecto el antiácido, parece, o la oración contra los hechizos que Farah había rezado con su mano derecha puesta en la barriga de la loba, se durmieron las dos. Al despertar Habiba parecía recuperada y comió arroz de su dieta.

Farah amaba a aquella loba feroz pequeñita, compañera de muchos sucesos y vivencias. Era una loba políglota y ella podía hablarle en portugués, italiano, árabe y español. Su mirada era muy dulce y le hacía recordar a Farah a su propia adolescencia, ella tenía la misma mirada.

El tiempo y el roce con humanos habían hecho a Farah más diplomática y ahora sabía ocultar sus ojos, no tras unas gafas negras como su amiga Materia, sino mirando a la gente y quemando sus sentidos hasta que estos desaparecían de su ángulo visual.

La mirada de Farah era realmente desconcertante, así como su propio carácter y eso hacía a la gente apartarse, dejarla con su espacio libre so pena de llevar fuertes llamaradas de aquellos ojos verdes, incendiados por el rojo de la alheña de su pelo.

Decidió que al día siguiente celebrarían un ritual de la Henna, ella y Habiba, que la usaba desde que era una cachorrita. Pintarían su pelo las dos, y Farah pintaría sus manos para recibir el Nuevo Año, Los pies se los pintaría sólo cuando llegase su mayor bien, cosa que ella esperaba desde hacía cuarenta y cinco años. Así llenas de planes y con una sensación de aventura que nunca las abandonaba, ni a la loba ni a ella, emprendieron el día que presentaba un cielo del desierto, lleno de miles de nubes pequeñas y redondas, colocadas en perfecta sincronía. Aún no había salido el sol…

Farah en pos de su mayor bien.


Allá estaba Farah, esperando a que aquel hombre-de las medicinas se dignase un día a intimar con ella. Se mantenía en un tono formal, muy agradable que la hacía temblar. Inmediatamente después de hablar con él, mientras compraba un medicamento para la loba Habiba, corrió al mercado para comprar unas cosas de comer y subió veloz a su casa para escuchar “Tu si´ ´na cosa grande” en la voz de Ornella Vanoni, con violines y todo…

La desfachatez del hombre tatuado no se le había grabado en su piel y se había aprovechado de él, tanto como él de ella. Con la misma lo despachó, así mismo como hacen ellos, los hombres, con un beso y un portazo. ¡Que sabría él…!

Calzó sus botas de montaña, de gruesos tacones de goma para la fina lluvia que caía, y se decidió a visitar a una amiga para que le dejase ver sus mensajes en Internet. ¡Sorpresa! Recibió una felicitación del Año Nuevo cristiano, de un policía guapísimo, que le decía que “deseaba verla muy pronto y que mientras eso no sucediese tuviera un feliz Año Nuevo”

. No sabía él cuán feliz era, sería y había sido. Los humanos no profundizan, los pocos de ellos capacitados para hacerlo, y cuando lo hacen tienen un cerebro privilegiado, sonrisa de ángel y voz masculina, como el hombre-de las medicinas. Para Farah era un misterio si era casado, o tenía alguna relación amorosa. Siempre se mantenían en lo formal pero con una sonrisa iluminando el rostro de los dos. Él sólo hablaba de “sus compañeros de piso”, y ese día le dijo que tenía un gato nuevo…

No sabía él, que él mismo era un gato, precioso, de los de pelo gris y verde, con grandes ojos y pestañas tan largas que una se perdía en ellas, a punto de tener un síndrome vascular. ¿Realmente, ellos no sabían…?

De Farah, la anciana tirana y otros ciudadanos que pasaban por su desconcertante mirada.

Anochecía y Farah observó como uno de los hijos de su vecina, una anciana que caminaba muy mal y lentamente, regaba la puerta de la casa con desinfectante y agua. Pensó que la obsesión por la puerta de la casa impecable, sin cacas de perro y sin meados de alimañas, era una cosa patológica impuesta por las dos ancianas que vivían juntas. Hacía meses que la más joven había dejado de limpiar y habían contratado una mujer de pelo oxigenado que hacía las tareas domésticas, la vieja joven solo hacia las compras. Ella la había tropezado en el mercado y un día Farah, curiosa por oír el timbre de su voz para que le revelase todos sus secretos, le habló del extracto de tomate. Ella respondió con un tono de voz muy bajo y cascado, víctima en apariencia, pero se le adivinaban grandes dosis de tiranía.
Un rato después vio como se abría la puerta y salía el otro hijo con la más anciana de las dos, a hacerla caminar. Seguramente vivía postrada en cama y por eso se le veía aquella cara de desalmada y era obvio que era ella quién exigía que se limpiase y desinfectase todo antes de posar su majestuoso pie en la calle. Farah imaginó que debería ser como la abuela de Cándida Eréndira, aquel personaje barroco y malvado de Gabriel García Márquez. Todos debían acatar sus órdenes y nadie osaba incumplir sus planes.
Observó como el hijo le daba el brazo a la vieja desalmada y ella emprendía un tortuoso caminar, como si un viñedo se hubiera puesto en marcha, y le emocionó el amor tirano que empujaba a los hijos, hombres viejos ya, a convertirse en padres de la vieja.
Meditó sobre su propia vejez y pensó quién la tomaría del brazo para obligarla a caminar, una vez convertida en tronco de ficus.

Farah defraudada, desconfiando…

Llegada aquella hora, Farah ya no sabía que pensar de aquel hombre tatuado. Había llamado el día anterior diciendo que vendría a la isla y que si podía dormir con ella esa noche. Ella respondió que lo deseaba más que ninguna otra cosa.

Pasaron las horas y ella se entretuvo en estar lista para él. Arregló la casa y se duchó, perfumó y vistió con una ropa elegida especialmente para esa noche. Casi llegada la hora de su avión recibió un mensaje anunciando un retraso y la cancelación del vuelo. Farah no sabía que responder. En un instante pensó en que le tomaba el pelo, que todo había sido un fraude y mil y una conjeturas en el aire se deshicieron viendo un film en la televisión. Farah detestaba las historias con final, y por una vez tuvo suerte.

Siguió el rosario de mensajes cortos entre ella y el hombre tatuado, para entrar Farah en un abismo de desilusión ante la ausencia del hombre. Así pasó dos tristes días, fingiendo muy bien que se encontraba perfectamente y deseando quedarse sola, para lamer sus heridas de loba.

No quería pensar más en él, pero inevitablemente se preguntaba como había desaparecido desde la mañana, la hora en que respondió su último mensaje.

Comenzó a contemplar la idea de un fraude más, ahora que sabía que se vengaba en silencio, a través de los abrazos masculinos que no fueran los de su primer amor. Recordó el film de la noche anterior, que nadaba entre brumas en su mente. Recordó el final, en el que la muchacha lloraba al encontrar a su amado tres años después de buscarlo por todo el país, acabada la primera guerra mundial, enloquecido, con amnesia y preguntándole sin reconocerla ¿Por que lloras mujer?

De Farah, Fausto y como comenzó el amargo peregrinaje.

Farah regresó de París-oise en 1985. Recordaba el tren, autobús fronterizo y la compañía de un viejo truhán. Él había sido el responsable de que Farah acabase desnuda, mirando por la ventana en Fontainebleau, llorando amargamente por la ausencia del sol y la lejanía de su amado mar. El polen de Afganistán y el hashísh rojo del Líbano la ayudaban a olvidar que solo tenía dieciocho años, mientras seguía llorando sin cesar, apoyada en aquella ventana que le mostraba la tristeza de la vida europea. El viejo desaparecía por horas dejándola en soledad, para luego aparecer como un tétrico malabarista con sus manos llenas de billetes de cien francos, grandes y de un papel extraño. También traía nuevas dosis de narcótico para tenerla sedada, a su merced.

Huyó de él y de su repugnante abrazo. El viejo usurero había insistido en darle un gran fajo de aquellos billetes de cien, que para ella no significaban nada sin su familia, sin sol y sin mar. La única agua que había visto era la de color marrón del Sena, a su paso por la Isla de la Justicia.

Llegó a su pueblo en plena fiesta del invierno y se alegró mucho de bañarse en el mar en compañía de sus amigas. Rondaba, a una de ellas llamada Rosa, un muchacho de unos veinticinco años que miraba a Farah con desparpajo y unos ojos color verde amarillento. Ella le rechazó al verle los ojos pintados con khool negro. Lo consideró homosexual y se apartó de su mirada que ahora la desconcertaba.
Estando en casa de su madre sonó el teléfono, un aparato antiguo en forma de góndola de color rojo, y era su amiga Rosa. La llamaba para decirle que aquel joven de ojos pintados quería invitarla a fumar unos cigarros, puesto que deseaba conocerla y no entendía su rechazo. Meses después ella le contó lo de sus ojos pintados y rieron juntos de la ocurrencia de ella al considerarlo homosexual por ello.
Recordaría siempre aquella tarde, transcurrida al sol, en su habitación de niña de la casa de su madre. El humo espeso y azul del hashísh, atravesando la luz radiante de África que entraba sin pedir licencia por la ventana. Su amiga Rosa se fue, una vez acabado el último cigarro y visto que no se iban a matar. Cuando se quedaron solos hablaron y se fundieron en un beso con sabor a bebé. Desde ese día fueron inseparables. Farah recordaba su piel salada por el agua del mar y su fuerza al abrazarla. Tenía la virtud de alejar la tristeza de su vida y abandonaron juntos la casa de su madre, para vivir en el camino, vagabundos del amor, la noche a la lumbre de una fogata amándose y el día ella siempre inventando locuras, que a él le hacían reír a carcajadas. Juntos olvidaron aquella amargura de Europa de la que venían los dos.
Conocieron a unos muchachos que tenía un velero. Todo muy Zen, muy exótico, pero Farah desconfió de todo, mucho más después de vivir con el viejo usurero. Al final eran unos narcotraficantes que venían al norte de África para tomar los vientos Alisios, dirigirse rumbo a América navegando, en pos de la sustancia que traficaban para luego llevarla a Europa y forrarse. Vivían rodeados de ropa de surf, gafas de sol carísimas, las chicas con ropas de seda de India y bisutería de Nepal.
Fausto y Farah quedaron solos en el barco por más de quince días. Ella sentía algo extraño latir en el aire, su relación ya no era la misma. Los narcos habían seducido a su novio para tomar droga e inmediatamente, él cambió. Se volvió un hombre taciturno y cerrado a la comunicación con ella. Farah le abandonó para volver a casa de su madre, derrotada y desvencijada por el amor manchado.
A los pocos días tocaron a la puerta y era él. Farah le invitó a pasar y le llevó directamente a la bañera, que llenaron con agua hasta los topes para sumergirse en ella y llorar abrazados por aquel amor tan fuerte que sentían los dos.
Farah tenía una nueva amiga y le gustaba estar con ella. Quedaron en ir a la playa y Fausto les dijo que se reunirían allí. Ella un poco extrañada, pero vuelta la confianza a circular entre ellos, no pensó en nada malo. Pasaban las horas en la playa y Fausto no llegaba, el sonido de las olas retumbaba en el cerebro de Farah. Ella escuchaba a su amiga parlotear, mientras pensaba dónde estaría él… Se hizo la noche y nunca más Farah vio a Fausto. Comenzó así un amargo peregrinar entre los brazos de hombres que sabían a mentira, intentando mantener vivo el recuerdo de Fausto, en el abrazo venenoso de todos ellos.

El padre, La URSS y el desencanto.

Su madre le había contado, años después, que su padre lloró al verla salir vestida como una europea, la primera vez. Los vecinos murmuraron durante más de veinte años. Ellos la habían criado en el desafío, la escuela, la lectura y los mapas de todo el planeta. En 1978, siendo Farah apenas una niña de ocho años, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre su país y la Unión Soviética. Farah decidida por la alegría de su padre, conocedora de sus pasiones, por la lectura diaria del periódico de la tarde en su compañía, escribió a la nueva embajada. Una carta de niña política, con letra infantil.
El tiempo transcurría muy lento en aquellos años plomizos de color gris, solo animados por el domingo cuando iban a la iglesia comunista. Fomentaban allí la Teología Liberadora de los años 70 y Farah participaba en muchas de las actividades, leía en público, cantaba en el coro y era tenida por uno de los baluartes de aquella pequeña comunidad casi anarquista.
Andando los meses llegó una carta, un sobre grande, rojo y blanco, dirigido a Farah. Lo abrió llena de sorpresa y vio muchos mapas, prospectos de turismo en la URSS, y folletos de Aeroflot. Les acompañaba una carta del embajador que le agradecía su interés por ellos y le invitaba a conocer su gran país. Sus padres se miraban, entre admirados y asustados del hacer de aquella niña. Farah nunca volvió a ser la misma, sentía que el embajador le había concedido una carta de ciudadana y en el correr de los tiempos eso fue lo que la hizo llegar tan lejos.
Pasaron unos años más, lentos con caparazón y Farah decidió abandonar la enseñanza estatal para dedicarse a pintar y conocer el mundo. Sus padres gritaron y amenazaron pero ella insistía en ir a vivir a la Ciudad capital. En esos días abandonó el vestido tradicional y empezó a usar jeans y otras cosas, ante la desaprobación furiosa de su padre. Ella resistía y continuaba buscando ropas aún más arriesgadas, que la hicieran parecerse a aquellas mujeres soviéticas que podían viajar a la Luna en una nave espacial o trabajar en la industria pesada vistiendo un mono.
Su madre fue convenciendo a la familia de que si Farah no hacía lo que deseaba sería desgraciada toda la vida ya que ella veía un gran potencial en la niña y veía que era muy particular. Al final su padre transigió y Farah preparó su pequeño equipaje de niña-mujer. Se fue al aeropuerto y viajó en compañía de otras dos amigas. Su madre le contó que su padre había llorado mucho para acabar diciéndole: ¿Por que Dios no la hizo así desde que nació? Y su madre respondió con otra pregunta. ¿Así como? ¿Comunista?

Farah esperando.

Verano del 2000, Agadir.


Y yo esperando. A que tengas cobertura o enciendas tu teléfono.

Para anunciarte mi llegada y que, como siempre, me des malas noticias, o me digas mentiras o de nuevo estés borracho. Aún así te quiero y lamento que no hayas estado aquí, de nuevo, para evitarme tantos sinsabores e indiscreciones.

Contemplo a los niños jugando en la Plaza de la Esperanza, en Agadir. Esperanza de que me ames, y no sea por vivir en mi casa, para que todo te sea más fácil. Comprendo lo difícil que es estar en tu piel, amor, pero tu felicidad es responsabilidad tuya.

Veo en el horizonte la silueta de la vieja fortaleza de la ciudad, mientras pienso que tu amor me ha quitado la respiración, y no se que decir. Tampoco se que hacer con este amor loco e improbable. Te he comparado con un mundo del que no formas parte, ahora lo sé, conociendo tu ciudad. Tampoco formo parte de aquel mundo, ahora que te amo. La gente se extraña de mi fe y no se que decirles, pues están todos embriagados por el vino de Iblis…

Quieren agredirme porque soy diferente y lo muestro. Los vecinos me compadecen por mis nervios y murmuran a mis espaldas.

Recuerdo a mis amigas y siento su falta. Mi madre continúa teniendo el “poder” de limitar mi vida, aún en la distancia. Todo un juego de lágrimas, amenizado por el “Banco de Casablanca”, para no ser feliz nunca, para menospreciar tu amor y compararte con ideales extranjeros, inalcanzables. Para que salgas siempre perdiendo y yo por efecto dominó, también.

Entonces me sumergiré en el vapor del alcohol y el humo del hashish, esperando a que cualquier borracho del bar me desprecie, me insulte y hasta me amenace y me pegue.

La vida desagradable, vulgar no la perdono, sería una vileza. Toda su fuerza la he condensado en una piedra y la he tirado a la calle. Todas las envidias, maledicencias, malas miradas y humillaciones. Las he arrojado a un callejón inmundo del mercado de Talborjt, mi barrio querido a pesar de los ladrones, drogadictos y todos los que llegan para solucionar su miseria sin solución, a bordo de autobuses destartalados llenos de polvo del desierto, ventanas desdentadas con sucias cortinas negras, teñidas de rojo por el polvo del Harmataán.

El sentido global avanza, sin cultura, arrollándolo todo en una cruzada del Mundo Capitalista. Sin respetar al pueblo, planeando enfermedades globales, sin solución. La muerte es, pues, un viaje a otra dimensión más digna, Sin la esclavitud del dinero, ahora que vivir significa dinero.

Las comunidades religiosas de toda índole me han rechazado, y he inventado una nueva, de un dios natural que habla con los pastores, agricultores, pescadores y con todas las gentes simples que solo quieren vivir. Vivir, amar, viajar, leer y tomar café, té y agua. Comer macarrones, judías negras con arroz y cous-cous, en un mundo imposible, lleno de música histérica y personas amorales, maleducadas sin ética ni principios.

Y yo me pregunto en mi soledad, debatiéndome en mi mini-casa árabe de Talborjt, si esto será la felicidad. Si ésta consistirá en tener todos los recibos pagados y no tenerte a mi lado, amor. Aflora en mí la violencia, el dolor y el llanto de todos los niños maltratados del mundo que solo tenemos de amigo a Jean Genet. Observo como los musulmanes rechazan el mundo de las minifaldas y bermudas por diabólico, suspirando en secreto por tenerlas y ser como ellos. Para por fin ser modernos y ser aceptados.

¿Esto será todo? ¿La naturaleza no señalará el mal con algún signo? ¿Dios en su omnisciencia no habrá previsto para los solitarios otros planetas provistos de atmósfera, agua y comida? ¿La vida no se podrá apurar como un vaso de agua y así pasar a otro estado, planeta o país?

Pienso que mi sed, como decía Clarice Lispéctor, pedía inundaciones. Mi corazón, tan salvaje como el suyo, recibe el alimento del ruido urbano, del ajetreo de un café lleno de turistas que van cargados de maletas, y me siento lejos, muy lejos, en un mundo que ya no existe. El tuyo y mío, que me provoca un dolor de amor mal resuelto, tan viejo como mi alma y duele, amor, duele.