Ahora.

Mi ventana tiene rejas, de un poco a esta parte. Siempre seguí el consejo de “El Loco” como me enseñó Khalil Ghibran, el poeta, y dejé que me lo robaran todo, para que mis máscaras de oro no me impidiesen ver el sol.
Ahora ya no quiero que me roben nada. Mantengo con celo mi corazón, tras una reja, a la que acceden muy pocas personas.
Mi corazón, que un día florecía como aquel tulipán, languidece ahora en una vida que no sé si merece la pena ser vivida.
Atravesé el Océano, el desierto, ríos y me revolqué en las arenas esperando comprender. Y no encontré nada. Nada, más que el sinsabor de una vida mezquina, que te escupe día a día que eres débil y repugnantemente vulnerable. No necesito esconderlo, jamás lo necesité. Siempre fui a la guerra sin armadura. Por eso ahora mis cicatrices hablan.
Hablan más de mí que yo misma, y sólo basta leerlas para comprender.
Parecieran latigazos propinados por un amo maligno que me ha poseído hasta la extenuación, y me ha hecho trabajar muy duro, por un vestido y una comida. Lo llaman manumisión, pero no debo saberlo porque soy una esclava.
No participo de las ganancias, y mi vida es reproducir el bien que va a otra mano. Mi mano está cansada de empuñar el libro, el lápiz y el papel. Mi esclavitud ahora tiene rejas, como si fueran necesarias.
Miles de talentos se convirtieron en mis grilletes, mis cadenas eran de pasos de baile y de notas musicales. Mis latigazos fueron cada palabra que me preguntó cuánto me pagaban por brillar como una estrella, sin miedo. Y ahora tendré mi Alforría.
Mi carta de Libertad de esclava vieja. Compraré mi vestido y pagaré mí comida, trabajando y sudando, una vez más, esta dicen que siendo libre.

Y yo me pregunto, si de verdad esta vida merece ser vivida.

Ella, el tulipán y el viento de Abril.

Nació una mañana, sin esperarlo. La cogió por sorpresa. Una corona de pétalos rosas, que mutaban desde la primera hora del día al comienzo de la noche.
Cerrada, como su cerebro y su corazón, amanecía la frágil flor de duro tallo. A la mínima luz solar se abría en una promesa de colores listados y que hacían un bonito tornasol, si los mirabas con los ojos entrecerrados, casi como la vida misma.
Despertó una mañana que anunciaba Abril en Marzo. Lo supo por el viento fuerte y los nubarrones que hacían del mar un espejo de color púrpura al amanecer. A lo lejos observó como la lluvia descargaba dentro del océano. El fuerte viento hacía mecerse a copas de árboles gigantes de más de cincuenta años de edad. La fuerte brisa en las copas de las palmeras washingtónias  era un frufrú de vestido nuevo, y se sentían aliviadas de despojarse de todo vestigio de hojarasca reseca del invierno. Se aprestaba toda la naturaleza a florecer, como un mes antes había hecho el tulipán solitario en su terraza. Abril comenzaba en Marzo, y sólo para ella. Ella sola, como el tulipán de duro tallo y vestido irisado…

Ella, el amor, la luna y la muerte.

Después del amor y la luna, vino a visitarla la muerte.
Una muerte vieja, conocida, que todo lo despelleja. Ella asintió. La esperaba hacía milenios. El amor de antes de la luna ya le anunciaba el amor, y este la muerte venidera.
 Hartazgo de muerte- pensaba ella, que moría interminablemente a cada luna, con cada nuevo amor…
 La primera vez, muy joven, embrutecida, por creer que cualquiera podía tomarla sin más. La luz se hizo, y vio a su amor del brazo de otra, y allí vinieron su primera Luna y la muerte, un abismo.
Muerte buscada para descanso de su dolido corazón, que no llegaba nunca pues se trataba de eso: de morir lentamente, con cada Luna, con cada atisbo de ternura y amor.

Se consolaba huyendo a cientos de miles de kilómetros, pero allí donde fuere la alcanzaba el fatídico destino de Luna, Amor y Muerte. Por más desiertos que alcanzó, mares encontrados al azar en los que purificar su cuerpo maltratado, siempre le llegaba la extraña maldición. El Amor, la Luna y la Muerte.

ELLA, LA RARA NIÑA POLÍTICA….

Desde que la fiebre se había apoderado de su garganta , la que le impedía llorar y casi hablar, recordó cuantas veces sintió la misma fiebre, de niña, sin saber lo que era. Ahora podía ponerle nombre a aquella enfermedad. Se llamaba familia, dolor y corazón desgarrado.

Su hado, el de la música portuguesa de sus abuelas, la acarició en la gélida mañana de Marzo.


Recordó Marruecos y su maldad, dónde jamás imaginó que pudiera pasar algo tan cruel. Recordó, uno a uno, los días de su infancia, en su propia casa. Desde que pisó el país por segunda vez, allá por el año 2000 empezó a llorar, interminablemente, durante treinta y cinco días, sin parar.
Alcoholizada, huía con sus botellas a la casa de la Mezquita grande de Talborjt. Allí esperaba a que dieran las tres bebiendo, hasta cuando el muecín llamaba a la oración de madrugada. Era el único momento de su larga vida en que se sentía acompañada de alguien, sólo por las palabras. Palabras de un Dios que ellos habían hecho caníbal. Que devoraba todo, hombres, niñas, niños, mujeres.

Huyó de la casa del borracho de Agadir, que era primo de un gendarme real, de esos que dan pánico a los pobres, por su poder sobre la vida y la muerte. Y encontró aquella casa en el medio de la ciudad, desde dónde se escuchaba al muecín, sentada en su terraza con jardín, de borracha europea. Sólo ella escapaba a la tortura en aquel país maldito. Desde niña, se había entrenado para escurrirse de ella con su familia.
Eran ellos los torturadores. 
Unos la violaban, otros la esperaban sádicamente con jeringas de cristal a la puerta, cuando regresaba de su colegio infantil. Ella la brillante niña-bailarina, la estudiosa, tenida como ejemplo…
Todos la despreciaban y le decían palabras hirientes, que ella aprendió a saborear en su inocencia infantil. Tenían sabor de sangre seca, como cuando te dan un puñetazo en la boca. Se convirtieron en su desayuno, su almuerzo, y su cena. Así dejó de comer.

 Sólo le ponían una pega, era demasiado vieja para ser niña. Pensaba demasiado. Eso era muy peligroso en aquella casa y en aquellos tiempos. ¡Quiá, una niña política! ¡Dónde iremos a parar! Decían, o pensaban todos, mientras la marginaban, como a una loca. ¿Dónde se vio una niña con gorra de Ulianov Ilich, Lenin? ¡Qué antipática!

Todos los insultos en su niñez, la curtieron. La hicieron hermana del hombre-huevo de Alicia a través del espejo. Se adueñó de la palabra para defenderse.

Escribió al embajador soviético de 1978 con sólo ocho años. Él le respondió. Le mandó un sobre muy grande lleno de prospectos turísticos, rutas aéreas, fotos de ciudades maravillosas que se llamaban Leningrado. Dentro del sobre había una carta invitándola a visitar su país, que ella hubiera abrazado con los ojos cerrados. El embajador no sabía en qué tipo de mazmorra andaba encerrada, ella, sólo una niña. Mentalmente contempló los edificios de la “Perspectiva Nevsky”, que atesoró en el fondo de su corazón.

 Recordó su conversación con la hermosa muchacha del vestido de flores azules: “…No me siento de ningún lugar…”
A partir de ahí, esa fue su familia y ese su país.