سورة الناس

قُلْ أَعُوذُ بِرَبِّ النَّاسِ
مَلِكِ النَّاسِ
إِلَٰهِ النَّاسِ
مِنْ شَرِّ الْوَسْوَاسِ الْخَنَّاسِ
الَّذِي يُوَسْوِسُ فِي صُدُورِ النَّاسِ
مِنَ الْجِنَّةِ وَالنَّاسِ

Sura 114 «De los hombres»

Di: «Me refugio en el Señor de los hombres,
el Rey de los hombres,
el Dios de los hombres,
del mal de la insinuación, del que se escabulle,

que insinúa en el ánimo de los hombres
sea genio, sea hombre».
مِ

De Farah y los seres difíciles de conmover.


Farah llevaba triste varios días. 
Desde que el niño-forzudo la acosara con llamadas y mensajes, que ella casi nunca respondía, se había sentido mal.
La Luna llena de
Ashura tampoco ayudaba en nada. 
Había llamado a toda bruja que conociera para consultar de su mal, y relató su tristeza por el hilo telefónico a África, América y Europa.
 Todas respondieron lo mismo: su altivez, su ser indomable la convertían en el blanco de todas las iras, envidias y demás ponzoñas humanas.
Si ella fuera una mujer capaz de conmover a cerdos y peces- habían respondido desde China- podría llevar adelante la Revolución que ansiaba, pero estos desgraciadamente, son los seres más difíciles de conmover.


Añadió a la lista de seres difícilmente conmovibles, al niño-forzudo, por fingir que la amaba y pensar que ella no podría darse cuenta de su engaño. Recordaba con amargura cada una de sus sonrisas, y sus extrañas miradas de soslayo, mientras la amaba con desgana sobre su cama.


Farah lloró desde el interior de sus huesos, tejidos y venas. Todos sus órganos se rebelaban ante tal desfachatez y su cara se ensombreció levemente. Lo justo para no mostrarle a él su desdicha. 

En cuanto se desembarazó del muchacho-forzudo trazó una línea invisible de separación entre ambos que reforzó con metal acrisolado en el fuego de los genios.
Los genios respondieron inmediatamente. Destruyeron su máquina de escribir y la poseyó una furia que la impulsó violentamente a limpiar toda la casa, bañarse después y preparar la reforma interna de su corazón.


Ella sentía toda aquella traición ridícula, por innecesaria, al ser ella una mujer liberada que no deseaba tomar esposo, y sí entretenerse con los muchachos de la ciudad post-colonial…
Los hombres no admitían este juego cuando venía de una mujer, y mucho menos de una mujer fiera como ella, acariciado trofeo de la masculinidad desde tiempos ancestrales.


Empezó a ataviarse, como la princesa Tin Hinan, moldeó sus cabellos, los trenzó y prendió de ellos tintineantes monedas plateadas que resonarían al cabalgar cualquier tipo de montura. Preparó alheña negra para pintar su rostro, manos y pies, disponiéndose para la guerra. Se perfumó con
fasukh en la noche de Luna llena, cual amazona de la Grecia clásica…
Cerró la fíbula de su capa y se marchó.

Farah, de vampiros, niños y usuarios.

Tropezó con un vampiro viejo cuando salió por la mañana en dirección al banco. Lo pudo reconocer por el pulóver, gris característico, y los zapatos sociales que hacían ruido por lo gastado de la suela de los tacones. También había vampiros jóvenes, de zapatos de tenis, barba de tres días y pantalón flojo, con barriga fláccida que trabajaban de profesores de idiomas eurocéntricos.

En esos días andaba taciturna debido a todos los usuarios que se le acercaban con una excusa u otra, y sacarle el máximo rendimiento, disfrazados de amigos, amantes y de cualquier cosa imaginable.

Recordó al niño futbolista, y su rostro dulce le habló en el silencio de Universo. Un silencio cósmico lleno de buenos augurios que solo se cumplen en secreto. El recuerdo de su sonrisa le iluminó la vida.

Los días pasados habían sido de una actividad efervescente, debido al tratamiento con las gotas “Reina Isabel II”, que le habían transmutado el nerviosismo en creatividad suma.

El Aldún se había derretido en su puerta, formando increíbles olas de algo venidero, y en las noches contemplaba la luna en su azotea con una piedra de fasukh, que quemaba para conseguir un buen marido.

Tomó un baño de plantas para después liar un cigarrillo y retirarse el pelo de la cara. De su cabello mojado pendían unas monedas, trenzadas a la moda Ròm. Pensó en cocinar y se dirigió a sus calderos, tramando una actividad en las tiendas y bazares de su barrio que la llevara a conseguir representar lo que estaba viviendo, a través del horno eléctrico.

Había terminado de leer su libro y la ciudad postcolonial la saludó, con el brillo de un nuevo descubrimiento, el mismo brillo que ella pensaba darle a sus muebles con un esmalte…