Decisiones, gravedad y peso.

El rapapolvo que se había llevado de su madre por publicar la vida de su Tía y de su Bisabuela, que ni siquiera pertenecían a su linaje, por mucho que las conociera, la incitó a sospechar en la influencia en la opinión de su madre, de alguien próximo, que no tenía por que leer algo si no le apetecía.
Le molestó gravemente la intromisión en su literatura, con mayúscula, de prejuicios conservadores que no creía capaces de valorar tamaña obra, y se sintió halagada por el amor incondicional de su loba que se subió con ella al sofá y la besó con cariño, como una hija besa a su madre.
A veces el exceso de celo en el amor de una madre por una hija hace que, éstas se confundan a la hora de tomar decisiones, y escojan el rumbo equivocado.
Ella no se sentía equivocada en nada pues desde que fue púber decidió no tener hijos cosa que la alegraba profundamente, ya que había sido una decisión libre.
Andando los años tuvo que criar muchos hijos de madres en apuros o simplemente irresponsables y no echó en falta no tener hijos propios.
Amaba contemplar una amapola gigante y el aroma del patchouly, cosa extraña en aquella época, que llevaba toda la tarde observando en los anuncios de la televisión, con fruición de socióloga, describiendo problemas y sin tener la obligación de resolverlos. Los niños presumían en los anuncios comerciales de tener mucho que enseñarles a los mayores, de sentirse libres a la hora de tomar decisiones sin haber alcanzado la pubertad, de una independencia falsa que les daba el Capitalismo, en nombre del consumo y de la producción industrial de masas.
 Se le quitó un gran peso de encima, y atesoró con cariño los buenos momentos vividos al lado de sus amantes, a la manera de su tía, reconociéndose en ella, y en su abuela, comadrona de profesión en unos tiempos en los que no existían los antibióticos, ni la penicilina y en los que no había tiempo para prestarle a los psicóticos.
Se sintió aliviada al saberse fuera de la sociedad de clases, descrita por Marx hasta la saciedad, y se alegró, al reconocerse en sub-clase, según los Neo-marxistas. Era tan pobre y estaba tan apartada del pastel económico, que ni siquiera formaba parte de una clase, y por tanto quedaba fuera de la Lucha.

Del corazón de piedra y de la avioneta al desierto.

Andaba animada, haciendo planes, hasta que se topó con el colmo de su desgracia. Deseaba ir sola, en una avioneta al Sáhara y quedarse allí una semana, para poder pensar con claridad, en todas las decisiones que la habían tomado al asalto desde el pasado febrero, obligándola a actuar, a poner un parche aquí, coser con sutura allá.
No se sentía víctima para nada, e incomprendida tampoco, solo deseó que su corazón se convirtiera en piedra. Deseó alejarse de sus amigos, de su familia, y pasó quince días sola, encerrada en su casa, con la única compañía de la red, que a veces la saturaba, y de su loba fiel, pues los cernícalos aprovechaban el buen tiempo para anidar.
No podía evitar sentir aquel dolor tan grande que le partía el corazón en mil pedazos, hasta que se le quedó hecho una piedra de hielo.
Deseaba estar viva y desear, también sentir, pero pensó si le compensaba todo aquel maltrato, que ella misma permitía y buscaba.
Colocó henna en su cabello, cuerpo y manos, preparándose para el final de Ramadán y pensó, con quién podría compartir la fiesta del Aïd-Al- Kabir. Llegó a la conclusión de que la pasaría sola, como siempre, y asumió para siempre lo que pensó una vez en Alagoas-Brasil: “demasiado puta para las putas, y demasiada señora para las señoras”.
A partir de ahí, deseó estar sola para siempre, evitar cualquier tipo de compañía, e incluso retirarse de su propia familia.
Se topó de repente con un dolor espantoso que no quería compartir con nadie y que sólo deseaba conservar con ella, para saber para siempre lo malvada que es la Humanidad, y la Vida en cualquiera de sus aspectos.

Los vampiros malolientes, que deseaban aumentar su sufrimiento.

Una noche escuchó una conversación entre un hombre y una mujer, y el hombre le pareció muy atractivo, casi magnético.
No pudo evitar entrometerse en el debate, que versaba sobre la salud, dadas las miradas que el hombre le lanzaba, llenas de fuego, y dijo: “Hay que saber leer entre líneas”, sólo eso, eliminando de un plumazo a la interlocutora del hombre.
Pasaron los días, y lo volvió a encontrar, como por casualidad, más tarde supo que no era así y que todo pertenecía a un plan urdido por el hombre, al que al final de la noche eterna descubrió como un joven, envejecido y maloliente.
Cuando la tuvo desnuda y rendida a su masculinidad, le sacó un contrato de teléfono, y ella se desilusionó de tal manera, que vino a llorar una semana después. 
Fingió no darse cuenta de que estaba siendo utilizada por un mentiroso compulsivo, que sólo hablaba de filósofos misóginos europeos, y ella, en contrapartida y para zanjar tal despliegue falso de intelectualidad, le dijo que sólo le interesaban los clásicos rusos, como Pushkin, Tólstoi y toda la miríada de buenas obras que su familia había puesto a su alcance, mientras era una niña.
Había sido educada como una niña pesimista, una buena rusa, que seguía al dedillo el refrán soviético, que decía que “un pesimista es un hombre bien informado”.
Pasaron los días y él continuaba mintiéndole, y diciéndole que deseaba volver a encontrarse con ella en la intimidad, pero esto era ya imposible, por la trama descubierta entre brumas de endorfinas, que nublaban su mente al entregarse a aquel amante, lujurioso y desesperado.
Al final ella armó una verdadera estrategia de contra-choque digna de Josef Stalin, y desarmó todo lo pactado con respecto al contrato supuesto, diciéndole a él que confiaba en él al 3500%…
El vampiro abandonó su casa a la una de la madrugada diciéndole que “tenía que trabajar….”
Lloró a la mañana siguiente, por no poder abandonar su estrategia bélica, y tener que continuar siendo desconfiada y maligna, cosa que aborrecía.
El vampiro maloliente, tuvo la osadía de llamarla, para decirle una serie de excusas balbuceantes, que ella no se tragó, Le hizo probar de su propia medicina y añadió a la conversación, para finalizarla: “ no me llames más, por favor”…

De la Justicia y la conturbación.


Tuve una tía, que ya ha muerto, que en su juventud fue llamada puta, allá por los años 40, cogió un adoquín de la calle y le sacó un ojo al tipo que se lo había dicho. He llegado a la conclusión, hablando con mi madre de que soy idéntica a ella, salvaje, indómita pero sobre todo LIBRE.
Fue condenada a un año de cárcel franquista, una mujer, por sacarle el ojo a aquel hombre podrido y cobarde, y lo cumplió.
Pasaron los años, y fue denunciada por abortista, en una época en la que los anticonceptivos estaban prohibidos, y hallados en su casa los instrumentos para realizar aquellas prácticas “ilegales”. De nuevo fue condenada y pasó de nuevo un tiempo en la cárcel.
Jamás la vi dudar de su libertad y tenía un amante, al que llamábamos en mi familia “Landrú”, pues tenía un mostacho de gitano e iba lleno de joyas. Fue la pareja más estable que tuvo, pero él era casado y así vivieron su vida. Recuerdo que el amante de mi tía tenía una moto muy bonita, y que me sonreía con sinceridad, pues veía en mi inocencia al escucharle un verdadero interés por sus palabras, sin juicios, tendría yo unos nueve o diez años. Recuerdo haberle preguntado por una extraña moneda que llevaba colgada al cuello y me explicó que era una ficha de un casino de Niza, metálica y que su valor era muy alto.
Jamás vi a mi tía afectada por los sucesos violentos que la obligaron a defender su independencia y pasar esta vida tan azarosa, nunca se conturbó, pues sabía que la verdadera Justicia, la de la libertad y la solidaridad, estaba de su lado y fue feliz.
Cuando murió, su casa, para mi era un misterio, y heredé el San Antonio de Padova que habían traído mis abuelas de Madeira, al emigrar y establecerse en mi ciudad. También una silla en forma de camello, que su hermano trajo de El Cairo, y en la que me gustaba sentarme cuando era niña e iba a visitarla.
Ella fue mala con su madre, le robó dinero, y escapó con ese capital a Barcelona a vivir la vida, mientras su hermano agonizaba en un hospital de tuberculosis, Su abuela Carolina fue partera allá por el principio del siglo XX y asistía los partos a lomos de un burro para trasladarse a un lugar al que hoy se llega en automóvil en diez minutos. He conocido a mujeres de cerca de ochenta años que me han dicho que mi bisabuela portuguesa las trajo al mundo y me siento orgullosa de venir de esa estirpe de mujeres libres solidarias y llanas. Mi bisabuela se negó siempre a hablar español y siempre hablaba portugués, como si todo el mundo la entendiese. Yo y mi sobrino mayor somos los únicos que hablamos esa lengua hoy día…

De los sueños, el mal humor y la tristeza.

Escuchaba el Taqsim Bayati mientras pensaba en el extraño día que le había tocado vivir.
Había soñado con un hombre árabe y estaban los dos en una ciudad de Marruecos, probablemente Agadir, y hablaban y caminaban. La situación era de una familiaridad rayana al matrimonio, y se sintió muy bien a su lado. Era un hombre más bajo que ella de estatura, con una voz grave que le hablaba en idioma Chlou, Vestido con aquellos pantalones clásicos que tanto le gustaban a los hombres árabes y camisa de botones. Ella caminaba a su lado y sintió la felicidad presente, Se había dormido comiendo almendras tostadas y se despertó en un reguero de almendras sin comer, y triste porque sólo fuera un sueño. Quería sentir a ese hombre a su lado al despertar y hacer te para los dos…
Se miró al espejo, y vio sus ojos sin desmaquillar pintados de turquesa y marrón. Contempló sus cabellos de henna revueltos por la cama. Observó su tatuaje en la barbilla, y se sintió apesadumbrada, y hasta abrumada, por el peso de su feminidad tan poderosa, que hacía que necesitara tener a ese hombre por la mañana en el baño con ella, ducharse juntos….
Tomó café y te y no lograba despertarse y llamo a su amiga, heredera de los que degollaron al tirano Hernán Peraza, que inmediatamente, a través del sonido de su voz, le transmitió la calma necesaria para afrontar todo aquel peso.
Cocinó, lavó, estudió y aún así, sentía el peso de la falta de aquel hombre de sus sueños, en su vida, en su casa, en aquel mismo instante.
Fue sincera consigo misma y se dirigió al baño, ¡nada
como un buen Hamam para sacar todo lo malo…!
Escuchó la música dedicada a Hathor la diosa-vaca con un disco solar entre los cuernos, y se sintió mejor al lavar su cabello y enjabonar su cuerpo con jabón de argán.
Fumó un cigarrillo después del baño y se dirigió a su triste vida en espera de dormirse y soñar de nuevo….

De cuando Farah encontró el traje de astronauta, y se preparó para el largo viaje.

Farah preguntó al director del templo por la aproximación de Saraswaty y Tara a su vida, y él le respondió amablemente que lo miraría, y le daría una respuesta. 

Dobló la esquina y allí estaba, su traje de astronauta en una vitrina, como si se vendiese, y ella decidió comprárselo para partir de una vida de dolor profundo hacia el espacio cósmico de la felicidad.

Muchos quedarían atrás definitivamente pues no habría viaje de retorno, y se despidió agriamente de recriminadoras, sucios y mezquinos, como asegurándose de que así su viaje sería un éxito total.

 A la mañana siguiente acudió al Programa Espacial y contempló en la lista como había sido aceptada para realizar el viaje sin retorno que tanto ansiaba. Sería la primera cosmonauta musulmana y feminista que llegase al planeta de la Felicidad y así lo pensó, sonriendo para si misma, para luego decírselo al director de viva voz…

Pasó la mañana entre brumas. No es fácil partir para tan larga travesía después de tantos años de arduo entrenamiento, levantándose en las madrugadas frías para seguir fielmente su propósito, inculcado desde la infancia por su padre, al mostrarle la foto de la Comandante “Valia”, Valentina Tereshkova, convertida en la primera mujer cosmonauta.

Su padre le dijo: “un día quiero que seas la primera musulmana que vaya al espacio, y que vivas en la Libertad que yo te he dado, para siempre, de ser lo que desees”, y ella lloró abrazándolo, pues era la única persona que había comprendido su sueño, apoyándola en todo. 
Contempló el hiyab negro de encaje que le había dado para poner debajo de su casco espacial y lloró de emoción, ante la partida que su padre ya no podría contemplar. 
Él viajaría con ella, a través del velo bordado que le había comprado en una tienda muy cara, teniendo que soportar los gritos de su madre cuando llegó y lo mostró a Farah, cogiéndola entre sus brazos….

texto y foto originales de Farah Azcona Cubas.