“Volando”.

El día amaneció feo, encapotado de nubes y lluvia horizontal, al modo canario, con los vientos “Alisios” parados encima de la Cordillera.
Llegó al aeropuerto y vio en las pantallas su vuelo amenazado, por las nubes, muy bajas, cuasi niebla y la lluvia fina.

Tomó café, fumó, y comenzaron a volar los aviones.

La hicieron descalzarse, despojarse de joyas, cinturón y chilaba de punto, con foulard a modo de “hiyab”.
En la bandeja de plástico fueron cayendo gafas de sol rosas, bolsa de viaje de plástico y bolsa de mano, color granate.
Quedó con vaquero, al cual era adicta, y camiseta verde-azulado.

Los pasajeros y el personal del aeropuerto la miraban.
Tal vez por exótica.
Tal vez por racismo, o por sus altos tacones italianos, o su chilaba de punto rosa…
Aterrizó y visitó el Museo, objeto de su viaje. 
Leyó “Hombre Capciense” y “Hombre de Metcha-El-Arbi” al referirse a homínidos, y pensó como desaparecían las mujeres desde la Pre-historia…
Contempló figuras de terracota, femeninas en su gran mayoría, y admiró el culto a la fecundidad, representado por vaginas en madera, piedra, pared de cueva o figura.

Una vez finalizó su visita, comenzó a hablar, informante clave de su investigación, mujer de mediana edad, canaria, simpática y agradable. Sufrió un ERE durante casi un año.
Hablaron sobre el estado actual del Museo, uno de los más antiguos de Canarias, si no el más antiguo.
La necesidad de un espacio renovado, con obra parada, los recursos y partidas económicas, ¡cielos!
Siempre aquellas dos palabras entre la Cultura y la Democracia, como dos piedras de gran tonelaje.

Almorzó frente a las olas del Norte de la ciudad.
Paseó las calles del pasado, antaño concurridas por la marinería y los múltiples idiomas del Puerto.
Oasis de Mauritania, lleno de telas de preciosos estampados y colores.
Cogió la guagua, de color amarillo canario, y escuchó la conversación majorera, Pájara y La Oliva. Qué pequeño es Canarias.
La ciudad se le antojaba enorme, rica y algo más arbolada que antaño.
Se refrescó sentada en un quiosco de estilo “modernista”, rodeado de palmeras washingtónias, terraza con calor muy fuerte, húmedo y contundente, casi brasileño.

No.

Estaba en África, aquella, la atlántica que repudió a Galdós.
Se percibía la presencia doblemente Colonial, de Europa y de la opresión criolla.
Las gentes agotadas por el “Periodo Especial”, inaugurado por Zapatero, la miraban, extenuadas.
Trabajaban por una misérrima cantidad, tal pareciera la maldición de una novela galdosiana.
Imaginó el arenal del istmo, que existió hasta los años treinta, devorado ahora por infames rascacielos de una ciudad norteafricana, oprimida y opresora.
La visión de un mendigo durmiendo a pleno sol de mediodía en una plaza, tumbado en el suelo negruzco, como su ropa y cabellos. A su derecha unas letras grandes, esculpidas en relieve, rezaban el nombre de la ciudad.

Infame, hubiese escrito ella.

Una voz cantando en la radio, en inglés de superventas, “locura”, entristecía la tarde de pesado calor.
Una mujer de zapatos ridículamente plateados, que centellearon al tórrido sol, se cruzó con un hombre-remedo de vestido antiguo canario.
Las gentes transitaban. Hablaban desde sus teléfonos móviles. Turistas despistados la miraban, sin saber dónde estaban.

Confundidos por su extraña identidad árabe, de marcado carácter, atuendo y andares… Colores.


Fotografía: “Vista aérea de Las Canteras” Archivo Fotográfico-Cabildo de Gran Canaria.

“Orgullo.”

Él pasó unos días taciturno.
Barba crecida, cabello sin cortar.
Ropa descuidada, y hasta un poco sucia.
Ella lo conocía bien.
Sabia de sus abismos, mentiras y, su extraña forma de manipular. Era vieja como el mundo, y lo hacía sentirse victorioso.

Ella lloró. Consultó con su manada de lobas y lobos fieles.
Finalmente dejó de llorar, y aceptó su destino.
Se salvó, ella como Ismene.
En otro tiempo hubiera sido muerta, enterrada en vida, como Antígone, por desafiante.
Había ella aprendido a decir que no, como Ismene en conversación con Antígone.
Se libró así de sacrificios ya pasados, que le habían costado caer en el socavón de la cámara subterránea.
Él seguía pedaleando, ajeno a la sabiduría de las hijas de Edipo, Rey.

 Infantil.

Pensaba él, que podría conseguir convencerla, para inaugurar una tercera cámara nupcial.
Podrida.
Un engaño doble, triple y cuádruple, dado el aumento de la prole a su cargo.

Ella decidió no sucumbir a su engaño.
La asistieron la Templanza, garra, y la Sabiduría.

Albahacas, hortelanas y orquídeas acudieron a llenar su soledad, secando su llanto.
La loba Habiba  dormitaba, feliz de no tener que competir más por el corazón de ella.
Él quedó en la favela.

Ella sola, en las alturas de Copacabana. Piso luminoso con vistas al Atlántico.

No le habían influido clasismos ni advertencias a la hora de entregar su corazón.
Tampoco a la hora de cerrarlo.

Fotografía “Phallas-Athaenea”, Terraza del Círculo de Bellas Artes, Gran Vía-Madrid. Farah Azcona Cubas. Todos los Derechos Reservados.

Conversaciones urgentes.

El teléfono no paraba de sonar, y estaba en modo altavoz.
Ella estaba terminando el peinado de una señora evangélica, apurada por llegar al Tanatorio.
Cada llamada, con voz femenina de musicalidad cubana, anunciaba un éxito en las “mechas”, buenas nuevas sobre hijas, estudios y haciendas.
Él llegó de la calle.
Con sombrero panamá y bermudas.
Trajo noticias de Cuba. Hablo con fulano, mengano y zutano.
Observó, saludó y volvió a la calle, a hacer compras para el almuerzo.
La melodía de las voces de él y de ella, no dejaba entrever la hostilidad acumulada durante años de pesares, luchas, fatigas y enfermedad.
Al llegar él de la calle, con boniato y carne, surgió la alegría y la conversación entre los tres.
Fueron de Rohaniel ganador de las Elecciones Presidenciales de Irán, a cantar estrofas de “Buche y pluma na´ ma”
Cocinaron, lavaron y rieron.
Las cafeteras animaban el ambiente, mientras el teléfono seguía tocando, urgente.
Sonó la alarma que habían aparejado para que la harina de maíz, cocinada en olla exprés de mágico vapor, no se quemara.
Entraron las dos en conversación femenina, intima.

Bailaron de Sartre a Freud, y lucharon por recordar el término “Existencialismo”, rebuscando en sus cabezas ajetreadas. Del Ecumenismo al Islam, y ahí la comida estuvo lista.

Prepararon la mesa para ellas.

Él seguía en la calle…

Ilustración, Cándido Portinari-Brasil. “Mestizo”

De Farah y el cuero corroído.

sertao

Se sintió abrumada por el peso de la vida, sin más. De repente.

Le cayó todo el peso del globo terráqueo encima, y fue mujer en un mundo repugnante.

Asqueada, se abandonó a su dolor de cabeza, las náuseas, esta vez reales, y el desamor.

Ella hablaba de un estudio sobre la violencia en los jóvenes árabes. Él hablaba de armas, sabía sus modelos, peso y calibre.
Parecían dos monólogos que nadie escuchaba.

Empezó a enfadarse, y apesadumbrada lo abandonó en la ducha, con una frase que ella sabía lo dejaría desconcertado.
Harta de un juego de dolor interminable, no sabía más que debía hacer. Ni siquiera quiso hacer nada. Hastío era la palabra.

Fingió no estar enfadada, ni decepcionada, cuando él le preguntó. Su cara jamás ha disimulado nada, y cien mil años de historia le cayeron en el rostro esa noche.
Él deambulaba, torpe, por la vida de ambos, sin saber que hacer o decir.
Ella lo despidió en la puerta con una mirada que contenía toda la tristeza del Océano.
Él se resistía a abandonarla, y ella dibujó una sonrisa que sabía lo alejaría.
Él continuó preguntándole, desconfiado, a través del teléfono que era lo que le pasaba, la noche llegó y ella cortó la conversación.

Al día siguiente decidió viajar a visitar a una amiga. Tomaría un avión que le borrase la tristeza de la faz. Habló con su madre y juntas lo planearon todo, quién cuidaría a la loba en su ausencia y algunos detalles más del dinero y más componendas cotidianas, de las que sólo las mujeres resuelven bien.

Deseaba tanto ver los ojos limpios de su amiga, tan amada. Hablarían deseosas, de saber la una de la otra, animadas por el cotarro político y la basura en la que se les había convertido el Mundo. La llamó para decirle que iría a visitarla, y una nueva esperanza, pequeña como la luz de una vela, comenzó a encenderse en su alma.

Su alma. La de las mil batallas, pedazos hechos jirones colgándole, cicatrices que sólo a él le había enseñado.
Miró a su loba dormir feliz, y verla la consoló.
Escuchó a la loba beber agua, con ese sonido familiar, de vida en comunión, sólo con ella.

Afiló sus colmillos, loba también, para comenzar una nueva andadura. Lavó su pelaje que brillaba más tarde con el sol de la mañana.

La conversación con los Tidjaníes le devolvió la fuerza que creía perdida. Hablaron de la Vida, el Alma y la Ciencia. ¡Oh Ciencia amada que no conoce fronteras! Omnisciencia del desierto, al fin. Se declaró observadora de la Baraka y ¡el tidjani la entendía!

Despertó a la mañana después del peso, la angustia y aquel parloteo sobre armas, que aún le rondaba la cabeza.

Ella supo que sólo era cháchara, y le resultó tan infantil que abominó de aquel hombre. ¿Qué sabría él lo que era asustarse al ser encañonada en cualquier calle de Salvador, Bahía?
Ver la boca pequeña de un revólver plateado y feo, apuntándote.

¿Contemplar a los verdaderos bandidos blandir sus ametralladoras de culata corta, vigilando su bosque, al que una vez entrabas, salías bandida o cadáver? ¡Quiá! Pura cháchara de crápula envejecido mintiendo.

Borró aquella presunción, aquella bravuconada de hombrecito patético, con sólo pensar en la valentía de una mujer iraní que afrontaba su historia.

Recogió sus cabellos de henna, largos, y comenzó a preparar su hiyab, para emprender su nuevo camino. Mejor así, pensó, sin que los bandidos observen el brillo del pelaje de una loba que cuida celosamente de su manada.

“Conversaciones Urgentes.”

 mestico

El teléfono no paraba de sonar, y estaba en modo altavoz.
Ella estaba terminando el peinado de una señora evangélica, apurada por llegar al Tanatorio.
Cada llamada, con voz femenina de musicalidad cubana, anunciaba un éxito en las “mechas”, buenas nuevas sobre hijas, estudios y haciendas.

Él llegó de la calle.
Con sombrero panamá y bermuda.
Trajo noticias de Cuba. Hablo con fulano, mengano y zutano.
Observó, saludó y volvió a la calle, a hacer compras para el almuerzo.

La melodía de las voces de él y de ella, no dejaba entrever la hostilidad acumulada durante años de pesares, luchas, fatigas y enfermedad.

Al llegar él de la calle, con boniato y carne, surgió la alegría y la conversación entre los tres.
Fueron de Rohani el ganador de las Elecciones Presidenciales de Irán, a cantar estrofas de “Buche y pluma na´ ma”…

Cocinaron, lavaron y rieron.
Las cafeteras animaban el ambiente, mientras el teléfono seguía tocando, urgente.
Sonó la alarma que habían aparejado para que la harina de maíz, cocinada en olla exprés de mágico vapor, no se quemara.

Entraron las dos en conversación femenina, intima.
Bailaron de Sartre a Freud, y lucharon por recordar el término “Existencialismo”, rebuscando en sus cabezas ajetreadas. Del Ecumenismo al Islam, y ahí la comida estuvo lista.
Prepararon la mesa para ellas.
Él seguía en la calle…

“Como Dios manda”.

Él era un hombre con un peluquín pelirrojo, y caminaba jorobado, delante, con un papel, o sobre, en la mano.

Lo encorvado de su andar le hacía tener la mandíbula laxa, dejando entrever una dentadura postiza alargada, encía retraída.

Vestía el hombre chaqueta de paño de mala calidad, estilo años cincuenta, a cuadros escoceses.

Ella, ojeras inmensas, caminaba detrás. Lejos, a la derecha del jorobado.
Es vieja y enjuta, usa una chaquetilla de punto, tejida con creencias de resignación y obediencia.

Regentaban un bar de nombre canadiense, recuerdo de su emigración largo tiempo atrás, cerrado y recién reformado. También tienen una pensión.
Tienen todo perfecto, limpio y pulcro sobre las costillas de la mujer de grandes ojeras.

Viven esperando la vuelta de un hijo que quedó allá, en Canadá, para que “tome las riendas del negocio familiar”.


Pulcro y cerrado.


El hijo, dicen en el barrio, no quiere volver, y no me extraño.


Curiosamente, viste la pareja de colores claros, siempre con la misma ropa. Ropa de quehaceres cotidianos.

A veces, él gritaba algo incomprensible, desde delante, girando el peluquín pelirrojo en contorsión macabra.

Ella bajaba la mirada, rezongando una respuesta inaudible, con ojos vengativos. Era el único atisbo de Libertad que se respiraba entre la pareja, de jerárquica distancia, casi procesión.


Para  .

Del padre.

Vive para siempre, el padre.
Allá en los árboles que me enseñó siendo apenas una niña.
Sus amorosos brazos morenos, me abrazaban en la cuna.
Los mismos brazos enjutos que tomé para bañarnos juntos
en el Atlántico.
En el final.
No asistí, más que a tu lecho.
Te di de comer y lloré contigo,
al devolverte el cuidado.
Dejé una piedra en tu tumba, y no volví.
Tu risa vive en

mi

tu

corazón.

Adiós padre.