Las Mujeres de Tizi-Ouzou.

“Autorretrato”, ilustración original de la autora, varias técnicas.

El cielo gris plomizo que la saludó al amanecer le trajo el recuerdo de Argel.

Argel maltratada, ultrajada. Asesinada, degollada y obligada a usar velo.

Un velo que significó la Libertad de las Mujeres en la Guerra de la Independencia.

Cargaban fusiles “AK” debajo del “Haik”, una prenda confeccionada con una mezcla de lana y seda, al 50%.

Si las Mujeres somos más, alrededor del 51% de media, ¿por qué estamos obligadas al mismo debate, eterno?

¿Por qué las Mujeres de “Tizi-Ouzou” libres y alejadas de ese Islam atávico, rigorista y falso fueron dobles víctimas?

El sudor del calor mezclado con arena del Sáhara en suspensión corrió por su labio superior, camino de su barbilla tatuada. Bajo la “mascarilla”, pelo suelto, sudada la nuca al estilo del nordeste brasileño.

La incomunicación impedía que ciudades casi iguales en esclavitud, machismo y pobreza racial se conocieran.

¿Cómo Río de Janeiro, Recife o Salvador no conocían a sus hermanas Casablanca, Argel u Orán?

“Pobre Conferencia de Bandung,– pensó mientras se secaba el sudor de la nuca-que un día significó tanto que partió en tres el Eje de la Guerra Fría”.

Cuba, Angola, Uganda de Idi Amín.

Brasil, Mozambique y la India gigantesca.

La ciudad costera invadida por la Calima dormitó su estancamiento, que sólo se veía alterado por la conversación que reclamaba sobre “las medidas sanitarias”, y “el sudor bajo la mascarilla”.

Deambulaban las gentes de aquella ciudad chiquita, como una roca incrustada en el Océano.

Nadie la llamó

Sólo se comunicaban reivindicaciones, quejas y lamentos.

Cero iniciativas comunes en aquella ansia de poseer cosas.

Aquella manía de “la propiedad privada”, que les privaba de una comunicación colectiva y beligerante.

No quería oír hablar de “solidaridad”, aquel espectro quejumbroso llegado de lo clerical.

Los puñetazos saben mal, a óxido y sangre.

Rompen huesos y destruyen impunidades.

La “ropa deportiva” sustituyó a la violencia necesaria, que algo mudase.

Ajena a lo masculino, no mascullaba ninguna “revolución” por lo bajo.

No rumiaba contra “estrategias políticas equivocadas”, ella se enfrentaba a cara de perro.

Como las Mujeres de “Tizi-Ouzou”.

Anacarda Harrison-Ford.

Hurufiya

Anacarda no comprendía cómo el simple eco de su apellido compuesto, su “feminismo clasista” anclado en las canas de sus ideas sesenteras, no la habían convertido en un ente importante y potente

No era consciente, Anacarda Harrison-Ford, de vivir en una ciudad pequeña y ultra-provinciana, de medio pelo.

Una ciudad-residuo colonial no resuelto en la década de los 70, cuando debió ser devuelta y reintegrada al África geográfica y emocional al que pertenecía por naturaleza.

Anacarda lo había intentado todo.

Abusar de su privilegio de rica venida a menos para ser universitaria, cosa que logró con un resultado mediocre.

Anacarda se casó, pero una vez habida una hija, se desprendió de cualquier relación que la alejara del clan Harrison-Ford.

Educó a su hija en una estupidez excéntrica, y la hija obedeció en todo.

Al Clan mafioso-familiar al que pertenecía Anacarda, los Harrison-Ford, los identificaba una salud debilucha, de “genes” europeiformes trasplantados al África subtropical por mor del comercio con el Reino Unido, anteriormente “Imperio Británico”.

Anacarda Harrison-Ford languidecía, contra-programando y fustigando cualquier disenso con su modelo de pensamiento, que guardaba cierta similitud con su pelo.

Llamémoslo “feminismo asmático”, por el poco fuelle intelectual y por apoyarse en un mujerismo torpe, esgrimido como arma contra toda aquella que osara contrariar su opinión, mucho menos contradecirla.

Usaba para tales fines, Anacarda, una máscara corporal masculina, cabello gris cortado en un intento de aproximarse a Greta Garbo, y atuendo hippie-clasista-demodé.

Su voz era de cascarrabias, sin entender a sus casi setenta años, que no le correspondía vivir en el paralelo 28 que murchaba sus pulmones anglófilos.

Andaba por aquellos días aciagos, Anacarda, contrariada pues sus planes de vivir en una Comunidad Anciana Clasista, también se habían murchado.

¡Atención!

“Este es un aviso del Ministerio de Salud de los Clones. Este texto contiene ilustraciones que pueden herir la sensibilidad de las lectoras anacardiáceas. De hecho la contiene con el fin de herir, y así curtir, el alma sensible de la protagonista.”

Texto e ilustración originales de la autora. “Aviso” realizado por @MDesencadenada en conversación incidental.

¿El Cowboy o Simbad? ¿Quién vencerá en la globalización? Por Fátima Mernissi.

Fatima-Mernissi-Moroccan

 

  1. ¿Por qué tenemos miedo al extranjero? Porque tememos que nos agreda y nos lastime. Todos tenemos miedo al Cowboy porque si un desdichado extranjero se acerca a sus fronteras, automáticamente saca sus revólveres. Sin embargo, no tenemos miedo a Simbad el Marino. En la civilización del Cowboy el extranjero siempre es el enemigo porque el poder y la gloria proceden del control de las fronteras; en la de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece.

1.1. Simbad es lo contrario de un emigrante. Siempre regresa a su punto de partida, que es Bagdad. Simbad no era una mera ficción, representaba a una clase de mercaderes de Bagdad que obtenía riqueza y placer de los viajes y de la comunicación con el extranjero: Simbad representaba a toda una civilización de viajeros-comunicadores y la islamización de Malasia, Indonesia y parte de China no se logró con ejércitos, sino fundamentalmente gracias a los mercaderes sufíes que hablaban de su nueva religión: un islam donde el extranjero es el mejor aliado.

 

 

  1. Pero ¡cuidado! No identifiquen automáticamente al Cowboy con la civilización americana y a Simbad con la árabe; de lo que yo quiero hablar aquí es del modelo de extranjero. Quiero sugerir la hipótesis de que nuestro modelo de extranjero nos viene impuesto por los intereses de la élite que controla el Estado y su máquina burocrática; si Simbad representa un héroe en el Bagdad del siglo IX y, concretamente en el reinado del Califa Harun er-Rachid, es porque en aquel momento el Estado era todavía incipiente y la élite dirigente podía acumular riquezas y poder gracias a un islam que en esencia era una estrategia de comunicación.
  2. Pero un siglo más tarde, en la misma dinastía abasida que seguía reinando en Bagdad, aparece un Califa Cowboy: al-Mu’tadid, que declaró la guerra a Simbad, prohibió a los musulmanes el acceso a los especialistas que enseñaban el arte del diálogo y censuró los libros que explicaban las técnicas de comunicación. ¿Por qué? Porque nuestro Califa Cowboy tenía a su disposición un formidable Estado con una burocracia imperial creada por los consejeros persas. Conclusión: es posible imaginar, tomando como modelo a Simbad, una globalización en la que el papel de los Estados consista en facilitar a los ciudadanos el conocimiento de las técnicas de comunicación y el arte de la navegación y del viaje; porque Simbad, como ya he dicho, es lo contrario del emigrante. Siempre regresa a Bagdad. Pero ¿de dónde se sacaría el dinero para enseñar las técnicas de comunicación a los ciudadanos? Bastaría con transferir el dinero que los cowboys destinan a fabricar armas para espías, policías y soldados, a las instituciones que enseñan el arte del diálogo. ¿Quién va a perder con este cambio? Los ciudadanos, no, desde luego.

Extracto del discurso de Fátima Mernissi.

 

 

 

* Este artículo apareció en la edición impresa de “El País” del viernes, 24 de octubre de 2003.

* Foto

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