Gamal Abdel Naser: “Filosofía de la revolución”, 1953.

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“(…) El destino no puede ser confundido con un juego de azar. Los acontecimientos no se producen casualmente. La existencia no procede de la nada.
No podemos, ciertamente, contemplar, de una manera estúpida, un mapa del mundo sin comprender cuál es el lugar que ocupamos en él y la misión que nos confiere la ocupación de nuestro factor lugar. ¿Es posi­ble que podamos ignorar la existencia de un Círculo Arabe que nos rodea, y que dicho Circulo es parte de nosotros mismos, como nosotros somos parte de él? La historia nos ha incluido y fundido con él y sus intereses son nuestros intereses, lo que queda expuesto son hechos reales y no simples palabras.
¿Podemos ignorar la existencia del continente africano, donde el Des­tino nos colocó, y que es actualmente testigo y escena de una lucha terri­ble por su porvenir? Una lucha cuyas consecuencias nos afectarán, irre­mediablemente, queramos o no.
¿Podemos ignorar que existe un Mundo Musulmán al que estamos uni­dos por lazos no sólo forjados por la fe religiosa, sino también por las rea­lidades históricas? He dicho, anteriormente, que el Destino no es un jue­go de azar. No en vano nuestro país se halla al sudoeste de Asia, incrustado en el Mundo Arabe, cuya vida se mezcla, directamente, con nuestra vida. No en vano nuestro país se halla en el nordeste de Africa, en posición geo­gráfica dominante sobre el continente negro, que se agita hoy en violenta lucha entre los colonizadores blancos y los nativos de color, disputándo­se la posesión de sus riquezas inagotables. No en vano la civilización y la herencia islámica —que los mogoles arrasaron durante sus conquistas de las capitales antiguas del Islam—, vinieron a refugiarse en Egipto, donde hallaron seguridad y protección cuando el contraataque de Ain Galout, con el que Egipto rechazó la invasión de los tártaros.
Los hechos fundamentales ya manifestados tienen sus raíces, profun­damente incrustadas, en nuestra vida. Sea lo que quiera que nosotros haga­mos, no podemos ni olvidarlos, ni pretender desentendernos de ellos.
No sé exactamente por qué recuerdo siempre, al llegar a este punto de mis reflexiones, la obra de Pirandello, Seis personajes en busca de autor una de las comedias más conocidas del famoso escritor italiano.
La Historia está llena de las gloriosas proezas de nuestros héroes, que supieron ser protagonistas, en el escenario de la Patria, heroicamente. Pero también en la Historia hay papeles grandes y heroicos que no encontraron el autor que los captase en momentos decisivos.
No sé de manera exacta por qué causa imagino, constantemente, que, en esta parte del mundo en que vivimos, existe un papel sin autor; un papel grandioso que busca, constantemente, alguien que sepa representarlo. Y no sé por qué me imagino que este papel —esta misión, estaría mejor expre­sado—, va errando a lo largo de la extensa zona que nos rodea en busca de quien sea capaz de desempeñarle y acaba por caer agotado junto a nues­tras fronteras exigiendo que actuemos con el fin de encarnarlo, ya que nadie lo podrá hacer más que nosotros.
Me apresuraré a manifestar que no se trata de una misión de caudi­llaje, sino de una misión de acción conjunta y coordinada, de experimen­tación con todos los factores que en ella participan, de una misión enco­mendada a nosotros para que pongamos en movimiento la poderosa energía latente en cada rincón de este vasto territorio del mundo y utilicemos esa fuerza tremenda haciéndole desempeñar un papel decisivo para mejorar el futuro de la Humanidad (…)”.
Extracto del libro reseñado en el título. Fuente dialnet.unirioja.es