Categoría: Relato
La máquina monstruosa.
ELLA. DESEANDO ENCONTRAR ESPERANZA.
LA REBELIÓN DE VALENTÍN.
LA GOLONDRINA QUE MURIÓ.
Un animal tan bello, capaz de volar desde África hasta Fuerteventura, para seguir volando hasta Europa a pasar el verano.
La luz eléctrica, me gusta más en portugués, que se dice “elétrica”, quizás la cegó, o el mismo agotamiento del viaje, y aterrizar en el pueblo equivocado, dónde antiguamente había una marisma en la que ellas descansaban del viaje, bañándose y riéndose por haberlo logrado, un año más.
¿De que hablarán las golondrinas? Debería estar un nuevo Salomón a mi lado, que me tradujese y hablase con ellas…Para que me explicase como los humanos son tan vanidosos que secan lagunas, marismas y destruyen todo en función de su único interés, sin pensar que somos un animal más y sin sentir la pena que me dio al ver a la segunda golondrina muerta. Ya lo dijo José Martí, hijo de la lagunera Leonor Pérez Cabrera, “Un pueblo sin cultura está condenado a ser esclavo de su ignorancia”
De Farah, en Alemania con la doctora despiadada y la nación que no sonríe.
Farah contemplaba horrorizada, en silencio para no ofender a su amado leñador, la vía del tren desde la que el Partido Nazi había mandado al exterminio industrial a millones de alemanes, judíos o arios, gitanos y republicanos españoles, presos soviéticos de guerra, y todo aquel que fue siendo seleccionado, en cuanto la política de Adolf Hitler avanzaba, a la conquista del mundo.
Semanas antes en su casa, su amiga peluquera anticomunista, llenaba su cubo de la basura de infinidad de cabellos humanos, y ella ya había empezado a mascullar en voz alta sobre la industria de pelo humano que el Nazismo hizo en los campos de concentración.
Por un signo del Destino, Farah diría de Al Láh pero Él es innombrable en Alemania so pena de ser pro-terrorista o mínimamente sospechosa de algo, olvidó un medicamento, y su amigo la salvó del gueto de no saber alemán para dirigirse sola a la consulta ni que tramites debería hacer.
Él, amablemente, la acompañó a su propia doctora que se brindó a hacerle el favor de recetarle el medicamento olvidado y después de la consulta, en la que Farah hablaba español y su amigo hacía de intérprete del idioma de la industria del pelo humano, la doctora le preguntó que, qué le parecía Hamburgo, y Farah le dijo que para ella, viniendo del norte de África, le resultaba extraño que la gente nunca sonriese.
La doctora indignada, ante la sinceridad de una magrebí, que no era de raza aria y que encima, se sentía infinitamente superior a ella en todo, le respondió: «claro es que en cuanto vosotros sonreís nosotros los alemanes trabajamos y pagamos impuestos».
Farah, en nada empequeñecida ante tamaña grosería racista, respondió que «en su país la gente también trabaja, y paga impuestos, y además sonríe».
La doctora quiso arreglarlo diciendo, con su falsa sonrisa profiláctica, seguro la misma que ponían cuando hacían experimentos con los judíos, gitanos, homosexuales, que quizás sería cuestión del clima, pero ella ya no prestó más atención, sólo cuando la médica de nuevo le dijo sonriente, que «quizás si los alemanes tomaran un poco del antidepresivo que le acababa de recetar», intentándola humillar de nuevo, el prodigioso medicamento olvidado, «sonreirían un poco más».
Farah le dijo que «se lo disolviesen en el agua y se lo dieran para beber», despidiéndose con una sonrisa triste y mal disimulado su enfado. ¡Vaya ocurrencia aquella de darle a los alemanes un antidepresivo en plan masivo!
Sólo a Farah se le podía ocurrir que, quizá sería la solución para una nación amargada, que quiere exportar su amargura, y que al parecer de Farah, no habían aprendido nada de su espantosa experiencia histórica de la industria del pelo humano.
Ella continuaba contemplando en silencio y con horror, rayano al pánico, las vías del tren por donde aquella nación superior, y que después de semejante fracaso como seres humanos, aún se creía superior, había transportado primero a todo alemán que se opusiese a sus ideales fascistas, y luego con saña, a miles de ciudadanos alemanes de religión judía, que nunca pensaron que tuvieran que huir de su patria pues también eran alemanes..
Jamás han pedido perdón a los miles de gitanos europeos que gasearon, pero en fin, ese ya sería otro capítulo.
De como Farah vistió las ropas negras, cual Antígona.

Una vez muerto su padre, y antes su hermano y su marido, Farah vistió unas ropas negras, ásperas, hechas astillas, casi de madera.
Su llanto traspasó de un continente al otro, y así lloró en Europa, América y África. En su periplo desde Agadir a Tánger, dónde está la morada de Calíope, lloró ininterrumpidamente por treinta días y ni la mismísima visión de Yaser Arafat, pasando velozmente con su coche negro a su lado, pudieron consolarla. Fue la «Cumbre Internacional por Jerusalén«, Agadir año 2000.
Atravesó la cordillera del Atlas desconsolada, atisbando desde su ventanilla el abismo, interrumpida la marcha por la limousine con antena parabólica del rey Muhammad VI.
En Agadir le habían contado que éste deseaba construirse un nuevo palacio, dado que en el actual se escuchaban fantasmas que atormentaban el sueño real. Allí pudo contemplar la nube de soplones, que conforman la telaraña que protege a la monarquía jerifiana de sus súbditos, más que hartos de pasar hambre y miserias.
Paseó en torno al puerto, atisbando la vieja Kasbah y la ciudad antigua, sepultada por un terremoto en 1960 debajo de un barranco, que quedaban al oeste del barrio de Talborjt, su barrio favorito.
Se cansó de ser vigilada por los gendarmes reales, policía turística, soplones, las viejas y los jóvenes de la ciudad, y emprendió la huida ya que no la dejaban llorar en paz.
Continuó llorando mientras atravesaba el Estrecho de Gibraltar. Siguió llorando en el avión hasta Madrid, para luego llorar once horas en la travesía transatlántica hasta Sâo Paulo. Cada vez estaba más delgada, y después de sentirse completamente sola en el mundo, en la Plaza de la Esperanza de Agadir, sólo deseó morir, asunto que casi consigue con la muerte de su padre.
Pasó dos meses internada en un hospital, por los nenúfares que le habían salido en los pulmones enviados por Boris Vián. Soñó, mientras estaba muy grave, que volvía a viajar, ésta vez en un avión rojo, alemán, y se vio a si misma empuñando el pasamanos de la escalerilla de la aeronave, mientras observaba el sol dorado del atardecer que iluminaba su cabello en llamaradas de henna.
Al despertar y ver que solo había sido un sueño, lloró amargamente, odiando con todas las fuerzas de su alma aquella tierra maldita que la había visto nacer. Un lugar en el que había comprobado lo crueles y maledicientes que pueden llegar a ser los humanos.
A lo lejos escuchó la voz de su madre llamándola, y volvió al planeta Tierra, para comprobar cuantas personas la querían y deseaban tenerla a su lado. Recordó un sueño que había tenido antes de que la Batalla comenzara. Se vio a si misma cabalgando un caballo, en medio de su ciudad, que al mismo tiempo era Afganistán. Huía perseguida por unos bandidos, también a caballo y empezó a bajar una montaña muy, pero que muy grande…
«Farah, el buen leñador y las ovejas pariendo».
En 1999 Farah atravesó uno de los periodos más difíciles de su vida. Tropezó un día con un leñador, de piel dorada, que la invitaba a su granja. Él subía y bajaba en su coche de montaña a buscarla a sus clases en la universidad. La gente murmuraba, no fuera a ser que tuvieran una relación en Pecado y sin la Ley…
Llegaron a preguntarle, en el colmo de la desvergüenza, abiertamente si existía una relación amorosa entre ellos.
Farah se cansó de explicar a todos, incluida la familia del leñador, que se querían como hermanos pero que, aún deseándolo ella con locura, no había nada más allá. La juzgaron y sometieron al escarnio más grave de los que siempre había resistido, una guerrera como ella curtida en las guerras púnicas, que vio atravesar los Alpes en elefante a Aníbal Barca.
Farah y el buen leñador disfrutaban de las cosas más simples como aromas de madera sumergidos en agua, aceitados por él con los más finos aromas, un cigarro contemplando la puesta de sol. Ella asistía estupefacta a la pasión del hombre por los animales que criaba y como lloró un día al descubrir que unos perros salvajes habían atacado a su ganado.
Ella le consolaba riendo, viendo juntos como el gallo superviviente, que se había tirado al pozo de aguas negras para esconderse, media hora más tarde ya proclamaba con su cacareo ser el jefe del gallinero. Farah recordaba muy bien la tristeza del buen leñador al hablarle de la tierra y de la incomprensión que le circundaba, rodeado de gentes montunas, acostumbradas al maltrato y la vida sin el más mínimo refinamiento, del que él era un maestro.
La voz de Cesária Évora cantaba en aquella triste granja a la «Ausencia», en la que se respiraba la impotencia que sentía el hombre para lidiar con todo aquello.
Atesoraba en su memoria dos instantes maravillosos y llenos de luz: uno viendo al leñador embadurnar veinte kilos de queso de cabra del Valle de Santa Inés, Betancuria con pimentón rojo y aceite de oliva, y el otro cuando en medio de la noche, él la despertó y asistieron juntos al parto de una oveja, de la que nacieron dos corderos preciosos.
Farah pasaba los días disfrutando de la necesaria soledad que el leñador le proporcionaba, de forma exquisita, y se sentía meditabunda, taciturna y ensimismada, gracias al hashísh. Ella se sentaba a beber una cerveza detrás de otra hasta caer desmayada, en un sueño que sin alcohol no conseguía.
Decidieron viajar, pero separados. El leñador a América del Norte y Farah a América del Sur, después de haber visto ella como Fernanda Montenegro la llenaba de compasión en el film “Estación Central de Brasil”. Fue la última vez que se vieron durante un largo, muy largo tiempo…
«Farah en el «sertâo bahiano». Idalicy, Mariana y Amarildo».

Cuando Farah llegó a aquella ciudad del «sertâo» de Bahía quedó muy sorprendida con la arquitectura, que aprovechaba la piedra del lugar y hacía con que las casas resultaran casi invisibles, confundiéndose con la roca de la Sierra Diamantina.
Sus amigos habían comprado una casa y la invitaron a pasar el carnaval para así huir de la ciudad de Salvador que se transformaría en un ruidoso tropel de gente, música, comida y detritos humanos.
La primera persona que conoció en la aldea, llegaron después de un tortuoso viaje en ónibus con parada del motor en mitad de la nada, fue a una anciana negra de noventa y siete años, que fumaba en cachimba y calzaba unas sandalias de goma que dejaban ver sus dedos torturados y sarmentosos de los pies.
Se llamaba Idalicy. Le habían llevado medicinas desde la ciudad y varios paquetes de café de aroma extra-fuerte. Farah contempló una botella de “Emulsión Sccot” y dos paquetes de café “Melitta”, muy común en Brasil.
La anciana puso agua a hervir, mientras avivaba el fuego de brasa soplando, sin parar de hablar, mientras daba pitadas a su pipa de fumar.
Farah contemplaba en silencio la cafetera del siglo XIX, época en la que aquella pequeñísima ciudad había quedado suspendida después del agotamiento de los yacimientos de diamantes de la región, allá por 1930.
La viejita cogió un tizón del hogar para encender su pipa y humeó varias veces para encenderla. Sujetaba su blanco cabello, de un color níveo, con un pañuelo atado detrás del cuello.
Hablaba un portugués muy antiguo y usaba verbos remotos como “torné a tomar aquella medicina…” y “vamos a tomar café sentados en la marquesa…”, nombre de un banco de madera, cuyo asiento servía de tapa a un baúl en el que la anciana guardaba el encaje de bolillo que hacía para vender.
Después del café fueron a visitar a otra institución de la ciudad de nombre Mariana, que era la mejor cocinera de palma, una hoja de cactus de aquella región semi-desértica del nordeste brasileño.
Tenía una casa distribuida en forma extraña para Farah, para acceder a la cocina había que bajar una empinada escalera de quita y pon, y allá pasaron siendo recibidos con la sonrisa iluminada de la vieja Mariana, cuyos cabellos canos llegaban a la cintura recogidos en una trenza enorme.
La tía Aninha, otra anciana del pueblo, estaba sentada en el comedor anterior al precipicio que daba a la cocina.
Tía Aninha tenía los ojos desorbitados y parecía decir incoherencias, que fueron cortadas de raíz por la voz de Mariana, advirtiéndole que, de no callarse la obligaría a irse…
Se dirigieron a llamar por teléfono al único lugar de toda la ciudad que lo tenía, un locutorio de aspecto vetusto regentado por un tal Amarildo.
La sala principal del locutorio estaba presidida por unos póster de “Xuxa” la cantante infantil, figura adorada por Amarildo, quien ejercía también de profesor de la escuela unitaria que existía en la ciudad llamada «Xique-Xique de Igatú», una pequeña aldea a la orilla del río «Paraguaçú«.
Había oscurecido por lo que debieron dirigirse a casa atravesando las callejuelas de piedra y tierra sin iluminar. Al día siguiente comerían una gallina del patio de Idalicy, la anciana de la cachimba, y Farah contempló el cielo cuajado de miles de millones de estrellas.

Fotografías de la autora, «Tefía-Fuerteventura«.







