De Farah, el corazón fósil y la Luna de Capricornio.

Vistió su mono de miliciana, y de buena mañana fue a enrolarse en la Marina. ¡Había estallado la Revolución!
Al doblar la esquina se tropezó con dos toxicómanos que la insultaron salvajemente, no por ello logrando amedrentarla, sino más bien al contrario. Ella eligió el tono más amenazador, más vil e insultante que encontró para responder al insulto y hasta amenazó a las dos piltrafas humanas. Continuó su camino, no sin antes proferir un vociferante “¡Voy a dónde me da la gana!”
Su vida era un triste deambular, ante la dureza del desierto y sus habitantes, para lo cual estaba pronta. De pronto tropezó con una Cica Revoluta, con un corazón fósil, como el suyo, muerto hacía millones de años pero que mantenía a la planta viva en su esplendor. Pensó en las millones de veces que le ponían la zancadilla, y ella volvía a levantarse; en como su corazón, por milenario, se recomponía rápido con un buen abono y un lecho de bosque del Cuaternário.
Pensó en cuantos hombres se cruzaban en su vida y su sed de amarla, y ella rodeada de unas hojas espinosas, que alejaban a los “bichos” de su corazón milenario.
Al anochecer salió a deambular con su fiel Habiba, para ver la Luna, en el signo de Capricornio, brillando en un mar de plata, respirar el aroma de las olas, pasatiempo favorito de la loba y Farah en los últimos tiempos, y volvió a casa sola, otra noche más. Y deseó estar en el Trópico de Capricornio, allá por Río de Janeiro…

De Farah, la sombra de la gaviota, y los tacones de madera en la playa.

Después de almorzar, como ya era habitual desde que ella y su loba fiel vivían al lado del mar, fuente de sal y prestigio para ambas, se fueron a dar un baño. 
Farah vistió tanga rojo de baño de Brasil y una camisa de tirantes transparente a modo de vestido, con lo que se zambullía en el mar. 

Anudó un pareo, que decía “Ordem e Progreso” con el dibujo de la bandera de Brasil, a sus caderas, calzó sus tacones de madera de lunares blancos y negros, y cogió un bolso retro de crema “Nívea”, terminando con una diadema lila y sus gafas a lo Kim Novak.

Descendieron la calzada y despertaron el estupor de los pre-púberes que chapoteaban en el agua al contemplar a Farah, cual fuese Sonia Braga en “Tieta do Agreste”.

Quitó el arnés de Habiba se desnudó y las dos se lanzaron al agua. Salió cual sirena despegándose las telas de su cuerpo mojado y se vistió mientras secaba la carita de su loba fiel, y juntas decidieron dar un paseo y explorar nuevos territorios. La sombra de una gaviota que aprovechaba la turbulencia de aire para quedar planeando en el cielo pasó por encima de las dos, y las hizo sentirse libres.

Entrada la tarde encontraron a la sirena preocupadísima, al vivir una situación difícil y no saber como resolverla. 
Farah intentó abrirle los ojos por enésima mil vez, recibiendo el rechazo y un portazo en la nariz que la dejó estupefacta.

Nada la haría cambiar de idea: los niños deben ser criados en Libertad sin impedirles que se desarrollen en la educación dentro de la Comunidad, y si sus padres fuesen un obstáculo para ello quedarían a cargo de la comunidad, que velaría por sus intereses futuros, se dijo interiorizando y haciendo suyas las palabras de Bakunin.

De Farah, revoloteando en el estómago del Amor.

Sintió como las dudas del maravilloso hombre que la cortejaba, le amartillaban el estómago. Se sintió revolotear, cual Mariposa monarca africana, en pos del Amor. No pudo soportar un día más sin su voz, y sin su presencia.
A sólo cinco días de su mágico encuentro, él le transmitió sospechas, dudas, cuestiones de fidelidades, sin saber que llegado aquel punto, no había vuelta atrás para ella, que no se interesaba por ningún hombre hacía más de dos años, cuando recibió el hachazo de la maldad que le cercenó el corazón.
En ese momento mandó tatuar su barbilla, pues pensó que nunca más sería posible vivir el amor, al menos para ella.
Sintió como el amor había muerto para ella. Lloró en carne viva, gritó y zarandeó. Destruyó todo cuanto estaba a su alrededor, su vida hecha, dejó la casa, el sofá, como decía Silvio Rodríguez, y huyó al desierto para no morir de soledad y de desamor.
Se sintió bien en el ambiente hostil del desierto, ante la imposibilidad de gustarle a nadie, segura de que viviría como viuda Touareg el resto de su vida.
Los signos, que le mostraron golondrinas muertas de agotamiento después de volar desde África, le mostraron su estado de ánimo, y descansó en la muerte de la compañera golondrina, sintiéndose extenuada, sin solución, y feliz de estar en el sitio justo, en el momento justo.
Viajó al interior del desierto y se alejó por completo de la vida. Deseó dormir eternamente, contemplar sólo volcanes y ruinas, que formaban parte de su corazón. Solamente gallos y cabras, de vez en cuando algún jumento, la despertaban de su mutismo. Evitaba cualquier compañía, caminando por el desierto con su loba Habiba, fiel compañera que jamás fallaba.
Se dejó convencer para volver a la pequeña ciudad, deseando el callejeo y la vida a raudales, de nuevo, en el agreste, dónde crecen higos indios de color rojo, Agrimónia y tantas riquezas ignoradas.
Contempló el güelfo recién nacido de una camella blanca, y su felicidad fue plena, al margen de todo lo demás, y se abandonó al amor insospechado…..

DE FARAH, SOLA, ENVOLVIÉNDOSE EN SI MISMA.

Al parecer, la noche y el tránsito de Ishtar a través del Sol la habían dejado sumida en un océano de lágrimas de su interior.
 No encuentran ya, salida.
 No desea llorar más.

 Jamás imaginó gente tan recia, como cuero de camello, y que se negase a participar de su clan, más activamente.

Aún así no se sintió sola, al saber que, allá lejos estaba su estrella, princesa del Rif, bajo su Parasol, ataviada de azul, abriéndole los ojos ante la menor pelusa que cayera en ellos.

Noctiluco la sorprendió, por una timidez que no le daba confianza, y pensó que tal vez fuese un vampiro más, que estudiaba su oportunidad para clavarle el diente y hacerla vampira, y cómplice de una relación de sentido único que, ella, jamás desearía.

Siguió rampando por el desierto, esta vez urbano, sin más compañía que la de su perra, y su clan familiar más próximo. Una familia cercana y que la quería sinceramente, cosa que no esperaba, acostumbrada al maltrato y al rechazo.

La incomprensión la alcanzó de lleno, en el centro de su corazón, como si llevase impresa una diana, y se entristeció de la envidia y del egoísmo, del doy hasta dónde me conviene

Farah tenía un alto sentido del amor tribal, y era celosa guardiana de los suyos, y ella sabía perfectamente quienes eran. No se dejaba engañar por unas tristes migajas de tristeza y rabia, deposiciones del amor mal resuelto.

Resolvió desaparecer en la arena de una isla gigante, y descentrarse un poco del Tarajal Grande, cual multinacional trasladada a Asia, hablar con gente diferente, conocer a alguien que le devolviera la confianza, y eso debería de hacerlo sola, como siempre.

De Farah, el alcalde cojo y el Presidente volador.

Se sintió, nuevamente atacada en su moral de manera feroz, de nuevo frente a la frase “No estamos haciendo contrataciones”, en primer lugar, como si ella las desease, y en último lugar como si una figura revolucionaria, ácrata, feminista radical y solidaria, como ella, pudiere ser “contratada”.
Sintió asco del mamarrachismo político, ineficaz, usurero y mafioso. Pena por aquella pobre pueblerina que se sentía con el poder ficticio de poder contratarla, como si el alcalde cojo no la hubiese puesto en su puesto por ser exactamente una fantoche, una triste testaferra de las telas de araña, tramadas en la sombra, para repartirse los treinta denarios que les restaban de los verdaderos beneficios económicos, que iban siempre al mismo bolsillo.
La muleta asomó en el desierto, y ella la lanzó lejos, espantada ante tanta podredumbre, como si fuese un mal augurio de hacia que lugar se encaminaba aquella tierra.
Siguió insistiendo en su rebelión que no conocía límites y a las que ninguna inepta cultural, y sus pisaverdes maquiavélicos domarían jamás, negándose ella a participar en aquella fiesta de carroñeros, cual comedero de guirres, de los despojos que les dejaba el alcalde cojo.
Se sintió asombrada ante tamaño descaro, que había comenzado en el avión, cuando viajó con el presidente de la carroña, su secretaria articulada, seguidos de un lacayo que portaba unas maletas. Se plantó delante de él y le espetó: ¡al fin un político próximo a los ciudadanos y en directo! ¡Se ha notado el cambio en la trayectoria de nuestro país, desde que usted gobierna! La cara de estupefacción y desconcierto del Presidente la llenó de alegría, y le infundió ánimos, sabiendo ella que se dirigía a una reunión en la que una zona, que databa del pleistoceno, sería ampliada en su perímetro como campo de tiro “En interés de la Defensa de España”, ¡Ja!
 Lo comentó con otra pasajera, cuando desde detrás de la cortina de tripulantes, se escuchó la voz de la repugnante azafata que decía: “a ver si vamos tranquilitos”, dirigiéndose descaradamente a ella, no sin una automática respuesta, de la indómita y feroz loba que habitaba en su interior.
Durante todo el vuelo provocó y humilló a la fea graja, vestida de uniforme anaranjado, de camarera del aire, mientras  mantenía la sonrisa asquerosa que le habían enseñado en su curso de “graja del aire”. A la hora de servir el triste café, Farah preguntó a la graja anaranjada, si el presidente había tomado champagne, siendo atravesada por una mirada de odio, acompañada de la sonrisa del curso de “Graja tripulante”, acompañada de un tenso silencio, midiéndose las dos, Farah sabiéndose gigante, digna heredera de Tin-Hinan, la princesa Touareg, que había señalado su barbilla con el tatuaje de su linaje. Su dignidad y moralidad quedó flotando como un peso de cinco toneladas en el silencio tenso, ella al borde de asesinar a la graja, y la avechucha retirándose, sirviendo sus cafés de mala calidad, desde las ocho de la mañana hasta las diez y media de la noche.

De Farah en el desierto caluroso, igual que en el sertâo alagoano.

Sintió el sudor correrle por la nuca, en una sensación maravillosa, que creía olvidada, de su viaje al desierto de Alagoas.
 No había diferencia, a pocos metros, el mar, pero inmóvil por el tórrido clima, que impedía cualquier movimiento.

Esta vez no estaba sola y triste, como en Brasil. Tenía a su loba fiel al lado, a la que había cortado el pelo, para que soportase mejor el calor, y los parásitos de la vegetación reseca no saltasen a su cuerpo, cual equilibristas de circo.

Tenía los mismos hematomas en las piernas por las picaduras de insectos, y la situación se repetía, por eso, agradecía el entrenamiento al que se sometió durante tres años en la zona más agreste y desértica de Brasil, el Nordeste.

La poca diferencia que sintió allá, esta vez era inexistente, ya que se encontraba en su propia tierra, con gente de su cultura y su lengua, en las que tampoco encontraba gran diferencia. Quizás una diferencia trágica, aquí estaba cerca de África, y allá cerca de la muerte, que la rondaba en forma de lechuza, todas las noches, con su grito, que es como un crujir de tela, y por eso es llamada “rasga-mortalha”, “raja-mortaja”, que la aterrorizaba todas las noches al oscurecer.

También la aterrorizó saber, que su vecino, la había salvado de un asaltante que estaba al pie de su ventana, y al que le había disparado un tiro de carabina en plena madrugada. Nunca en su vida lo pasó tan mal como en aquella experiencia, incluida la muerte de su niño querido Guillermo, y después el accidente que le costó la vida a Adriano, su niño precioso y que casi hace perder la vida de Saulo, su buen amigo.

Allá rondaba la muerte, y en su isla había pueblos con el nombre de “La muerte” y “Mal nombre”, más auténtico, nada se escondía, detrás de ninguna lechuza. A la maldad la veía venir, de frente, curtida en mil batallas, y vencedora de su ataque mortífero de las pulgas, sólo pulgas….

Texto y fotografía de Farah Azcona Cubas.

De Farah, conturbada ante la locura, y el desierto.

Amaneció en el llano pedregoso, y el alba, anunciaba un día tórrido, como después se hizo realidad. El calor sólo daba para restar en casa, y no salir hasta que el sol africano diese alguna tregua en forma de viento o se pusiese, al fin, en el ocaso.
Recibió noticias extrañas que la dejaron conturbada, y que ni supo ni quiso interpretar, simplemente las aceptó.
Las aceptó, como se aceptan las piedras caídas, de las paredes que no había ayudado a frenar la erosión, y nunca sirvieron más que para separar a ricos y pobres, y para pelear a hermanos y primas, por ilusos pedazos de desierto.
El alienado paisaje, le recordó la alienante cooperativa, que surgiría de la mente privilegiada de ideólogos insulares que se lo beneficiarían todo, igual que antaño hicieron los ricos.
 ¡Ja! Un anarquista con una casa de cuarenta y dos millones de pesetas, y un escultor que no sabe si dedicarse a la escultura, explotar el turismo rural, abandonarlo, y que mientras, dileta, desde aquella altura inhóspita pero preciosa.
Tenidos por personas sabias, ella no podía dejar de verlos desnudos, engañados por el sastre del Emperador, mientras asistían a concentraciones y movimientos de todo tipo…
Alienada y loca, ella también, optó por adormilarse, y aprovechar el recuerdo de aquel calor brasileño que había pasado tantos veranos igual: desnuda y dentro de su casa.
¡Cuanta tontería innecesaria en el suelo más árido de España! ¡Cuanta ilusión vana de producir, en un intento de reproducir, una vez más el Capitalismo, disfrazado de falacia rockera, intelectual y displicente, lejos, bien lejos del sentir del pueblo…!

De Farah frente al silencio del amor negado.

Se sintió extraña, ante lo huidizo de la conversación. Ahora el amor, la negaba, y permanecía en silencio, eludiendo claramente su compañía.
No se correspondía, el discurso del amor declarado, de soledad y de falta de contacto humano, con la huida emprendida, una vez conocidos sus sentimientos, manifestados abiertamente y sin ambages, como era su costumbre, la de su tribu, en la que las mujeres ponen una tienda sobe el hombre elegido, y eso significa que el amor es público, con todas sus consecuencias, pero con la libertad del modo de vida Touareg.
Le resultaba incomprensible, a menos que el amor no la amase. Que el peso del amor público, pudiese con la insoportable levedad del ser, a la manera de Kundera.
Yerma, se sintió, como el árbol reseco contemplado en compañía, y deseó permanecer así, con la sola compañía de su loba, los sonidos de la naturaleza, el cielo, las nubes, y el desierto, su gran amor, en el que verter lágrimas era saludado, y serían agradecidas por el reseco polvo.
Ahora que se abría un camino nuevo en su vida no se pararía a jugar con el amor, pues ya se sabe que “le gusta mucho jugar”…
Le resultaba del todo inaudito, que fuera malinterpretado su amor de tal manera, como si de un amor esclavizante se tratase, y aborreció la falta de claridad, acariciando su inocencia anarquista, que la llevaría al verde pasto, fruto de la Revolución del Amor.


Texto y fotografía originales de la autora.

Hombres resecos, mujeres hostiles.

Se topó con un hombre que apenas hablaba, después de haber sufrido lo suyo con la salud. Se había transformado en un hombre taciturno, que apenas hablaba, por miedo a que se escuchase su voz, transformada por la enfermedad.
Aparecían ubres de cabra colgando del varal de tender, y eso suponía que, aquella noche, o en aquellos días, dos o tres cabras habían muerto, para ser comidas, y aprovechado hasta el último pellejo de su pecho, antes dador de vida que amamantaba a baifos y baifas.
Se diferenció rápidamente de aquella estirpe, depredadora, que no ama los animales como ella, y si los ama, ¡extraño amor ese, que te mata para usar tu piel!
 Deseó que aquel hombre supiera que Nietzche se abrazó a dos caballos que tiraban de su carroza, ante los latigazos del cochero, increpándolo, reflexionando luego con estas palabras: “Imaginen que vienen habitantes de otros planetas, y nos asan a la parrilla”.
Desde niña quedó impactada por esta acción-palabra de Nietzche, y aprendió a ver a los animales con otros ojos.
Ojos de amor por la vida en cualquiera de sus manifestaciones, ya fuera pájaro, ya fuera piedra.
Pensó en las mujeres de estos hombres, hacedoras de negocios con cuerpos asesinados y pieles, que antaño dieron vida, sin saber que se asesinaban a si mismas por falta de empatía con el animal asesinado.
¿Sería necesario todo aquel sanguinolento espectáculo con olor a muerte, de mosca verde encima de los esqueletos, para convertirse en una mujer hostil, resentida, con la que ningún hombre puede, y convertirse así, al fin, en una mujer que no sufre?

Fotografía y texto originales de la autora.

Las ruinas, la Luna llena y el vacío.

Las piedras de las ruinas, de color sahariano, le hacían sentirse bien en aquel mundo en decadencia, del cual se sentía formar parte. Cada muro abandonado, cada techumbre, sólo con las vigas al aire, como mostrando su esqueleto, le parecían descarnarse junto con ella. El fondo, de increíble nitidez, en la puesta de sol, iluminando algunas crestas de acantilados lejanos, le mostraba cuanto le faltaba para llegar a su meta. El cielo inmenso, aplastante, en su luz desértica le llenaba de paz.
La Luna rellenaba su último día, para estar llena a la noche siguiente. Saldría, junto a su loba, a contemplar el prodigio del cielo estrellado con una inmensa luna redonda, que iluminaría la negrura del cielo.
La licantropía de las dos, unidas en un único ser, llenaría el vacío que sentía, por el amor postergado, ya tanto, que le parecía irreal.
Un vacío de existencia, de unión con el Cosmos que pariría un ser nuevo, en ella misma, mitad loba, mitad humana, dedicada a la cacería de supercherías, corrupciones e hipocresías. Los dientes bien afilados, las garras preparadas, el pelaje brillante y los ojos desconfiados, al acecho.
Resultaría una nueva mujer, hecha de barro rojo, fuerte como las paredes de las ruinas, resistiendo el pasar del tiempo. Amalgamada en paredes de adobe, mezclada con paja, encofrada por un tiempo, hasta que el vacío total llegase, deseado y amado…