De cuando Farah decidió retirarse a lo más profundo del desierto.

Farah se cansó de tanta violencia en el trato de la rudeza de los hombres al dirigirse a ella, de la libertad que se tomaban para hablar de su intimidad en público. Se sintió tratada peor que una prostituta, se sintió perseguida y deseó llevar un distintivo que la hiciera inabordable o desaparecer y convertirse en estrella como su amado Rolando Toro, que brillaba más que nunca en la Luna de Shaban. Cargó todo a lomos de su camella blanca, de noche, furtivamente para que nadie supiese que se había ido para siempre, a hablar con la Diosa Hut-Hor, y reclamarle en un mar de lágrimas haberla abandonado. Tendría que contemplar, de nuevo, a aquella mujer de Egipto con cuernos de vaca y disco solar en la cabeza para recuperar la paz, y escuchar el himno “Que bonito está el Palacio” dedicado a ella, para recuperar su templo, y habitar en él.
Nunca volvería a salir del templo y se dedicaría por entero a Hathor, como la llamaron los griegos. La Madre Tierra que nunca la defraudaba y deseó volver al huerto del leñador amable, que jamás la cuestionaba, y nunca le había hablado de forma humillante. Un verdadero hombre, y lloró ante la imposibilidad de que la amase, y la tomase como esposa para resplandecer en unas nuevas pirámides construidas con flores, que él tan delicadamente cultivaba.
Lloró amargamente al emprender el camino, sola sin esposo, que la llevaría a Siwa, el oasis que comunica Libya con Egipto, para alejarse del desamor, y del desarraigo que sentía de si misma, como si la hubieran vaciado por entero.
La pequeña Loba “Habiba” vomitaba, sintiéndose igual de mal que ella por vivir en aquel asqueroso lugar, y recibiendo su menstruación, poco a poco, como hacen las lobas.
Decidió prepararse un Casco con cuentas y con plumas de cernícalo, y colocarlo encima de su turbante, para después tapar su cara con un leve velo azul celeste, que le habían regalado unos hombres buenos, para hacer su vida en la soledad más absoluta con la sola y única compañía de Hut-Hor… La diosa de la danza, la alegría, esposa y templo de Horus.

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