De como Farah abandona a su esposo para calzarse las ropas de amazona.

Él le había dicho que tenía cara de amargada en aquella foto. Le dolió por la inconsciencia del muchacho del amor de ovillo de hilo, al no poder ver en su cara, reflejada, la amargura de que él no estuviese a la altura de su amor. Ella calzaría las ropas de amazona para combatir la injusticia, aferrándose a Palas Atenea, y desenvainaría su espada a lomos de un caballo, mientras el viento agitaba el penacho negro de su casco. De nuevo puso su cuenta a cero, para comenzar a olvidar a aquel muchacho que la hería y la ignoraba, cosa que le dolía en lo más profundo de su corazón. Así mismo, con el corazón raído en jirones sanguinolentos, que jadeaban en el centro de su pecho, iría a Germania para reunirse con el hermoso leñador. Al fin un hombre a la altura de las circunstancias, capaz de criar ovejas, cortar troncos de árboles y cocinar con fervor femenino para agasajarla, sentada ella en la mesa, pensaba Farah. Se había ofrecido a pagar las monedas de oro para comprar su caballo a efectos del largo viaje. Se dispuso interiormente a prepararse contra aquella guerra sin descanso que volvería a ser su vida, tras aquella pequeña pausa de cuatro años que representaba aquel amor enredado y de mal gusto. Ella no había escatimado en aventuras sexuales aquí y allá, mientras Ulises andaba “haciendo el gilipollas”, en sus propias palabras. Se sentía pues muy satisfecha de si misma pero con el regusto amargo que le dejaba la poca importancia que le daba aquel hombre ovillo de hilo a su partida. Farah sabía, por ser loba vieja que sigue siempre un rastro, que él recordaría aquel momento y lamentaría no haberse dado cuenta, o fingirlo para no comprometerse, que es lo mismo.

Ella se despertó muy temprano ese día y se zambulló de cabeza en la voz grave de Cassia Eller que cantaba “quién sabe la vida es no soñar…”

 

Texto y foto originales de Farah Azcona, bajo licencia de «Creative Commons»

De Farah, sentada bajo un tronco reseco.




Había perdido su autonomía en pos de un muchacho que se negaba falazmente a reconocer que la amaba, retrayéndose de su abrazo el primer día que se lo dio.
 Habían hablado y discutido hasta la saciedad los errores que en el pasado les habían llevado a una separación muy dolorosa. Tanto, que ahora, cuatro años después, sus almas se habían buscado en lo oscuro de las tinieblas, hasta reencontrarse y fundirse en un abrazo.
 Farah preocupada intentaba desembarazarse de aquella especie de hombre-ovillo de hilo que le había traído el destino por segunda vez a su vida. Intentaba, una y otra vez, recuperar su soledad y deseaba que alguna discusión, subida de tono al máximo, acabase de un golpe certero con aquella opresión que le producía el-amor-de-los-hilos-enredados. 

Así había sucedido la primera vez que estuvieron juntos, allá en un tiempo en el que conoció a un hombre que la rechazaba por extraña, árabe y por su feroz independencia.
Cada juego que él inventaba para enredar el hilo intentando crear un vínculo de amor, ponzoñoso e hiriente, era desarticulado por Farah, acostumbrada a vivir entre bestias y hombres salvajes a los que les gusta establecer este tipo de argumentos viciados para ganar  puestos en la jerarquía. La inteligencia, la honestidad y el amor a corazón abierto eran las verdades con las que ella quería jugar y no sabía, para su desgracia e infelicidad, si aquel muchacho-enredado estaría a la altura de su amor.
La vida diaria no ayudaba en nada. Una época de gran necesidad como la que estaban viviendo precisaba de carácter fuerte y alegre, para no dejarse caer en la profundidad del abismo que se cernía sobre el capitalismo. 
Farah miraba con nostalgia las imágenes de El Cairo en plena revolución en la televisión y deseaba participar de toda aquella alegría de vencer a los tiranos, aunque sólo durase un instante, ya que al siguiente estaría instalado otro tirano diferente en el poder. Añoró su juventud, armada de su cultura y de su belleza llamativa, en la que había soñado con conseguir lo mismo que querían los ciudadanos de El Cairo, hoy. 
Abandonó su asiento bajo el árbol reseco de aquel amor enredado y se dispuso a pintar, apurando su cigarrillo.

Farah, el desamor y la oración del Viernes.

Se refugió en las palabras del muecín recitando una surah muy larga del Corán. Lo sucedido la noche anterior la había dejado muy deprimida, con el peso a sus espaldas de toda la nación árabe, la Umma…

Había contemplado en pantalla panorámica de los mesieus, la tragedia de su pueblo, llamado indígena por los colonialistas para convertirlos en subclase de su mundo maquiavélico y podrido.

La indiferencia de Riccardo ante el drama contemplado en el cine, previa discusión por su frecuencia a la hora de tener sexo la habían dejado al borde del colapso emocional. No sabía como salir de aquel agujero en el que ella solita se había sumido, al abrirle la puerta de su casa, habiendo jurado que lo había expulsado de su vida para siempre.

Se sentía despreciada y nada valorada en su esencia de mujer, trabajadora y luchadora infatigable contra el mundo de los mesieus. En el fondo, él era otro más de ellos. Pertenecía a su mundo, por mucho que quisiera escapar. Farah pensó con amargura que nunca es equivalente lo que uno desearía a la obvia y objetiva realidad de cada uno. Se vio obligada a subjetivizarse, para poder sumergirse en el mundo cotidiano, con sus varias explosiones volcánicas a lo largo del día…

Deseaba que el muecín terminase su recitación, para ir a sus cosas más vulgares, en las que se refugiaría del desamor más grande en sus últimos cinco años.

La oración la calmó y la centró, y esperaba con avidez la recitación de sus surahs favoritas, la 113 y la 114, para desembarazarse definitivamente de la negrura que el abandono de aquel hombre le haría sufrir de nuevo. Quería deshacerse de aquella energía antes de que la tocase. No quiso más impurezas a su alrededor y salió, enjugándose las lágrimas, colocando sus gafas de sol para que nadie la viera llorar…

De Farah, por fin en su propia piel.


Al final, había hipado mentalmente un par de veces para salir del amor de los mequetrefes y luego se enfundó su propia piel, retirando las de Antígona y Penélope, no sin antes agradecerles lo mucho que la habían ayudado.

Se sintió bien de nuevo al volverse a sentir a si misma, saboreando la mujer libre, autónoma y decidida que era, y en silencio lo agradeció a su padre, caído en la batalla contra aquella máquina que lo muele todo, que es la vida.

Perdió las ganas de enfrentarse en guerras contra jequesas y bolsos habladores para ganar en independencia, creatividad y diligencia, lo cual devino en una gran sucesión de cosas que se pusieron en marcha, una vez supo que jamás se conformaría con el amor imberbe de aquellos mequetrefes.

 

Sabía que se lo pondrían difícil, todos los saboteadores habituales, pero esta vez era diferente, ya podía ponerles cara, voz y hasta nombre. Abandonó a cada mamarracho que había tenido de amante y por cada uno que abandonaba le salía una escama nueva en la piel, de un color multicolor como un arco iris.

Se estaba convirtiendo en una bella ofidia adulta, capaz de amar con tal intensidad que la llevaría a las más altas cimas de la sabiduría y la comprensión. Nunca más necesitó recurrir a los horóscopos, y ellos al verla lloraban, por haberse quedado en el paro.

Realmente se sentía bien en su nueva piel. Se sentía aliviada de abandonar tragedias que deberían vivir los que las causaban y ella se desembarazó del peso grave del amor, para vivir como siempre había vivido: absolutamente libre y desapegada de los afectos engañosos, que no la dejaban explorar el mundo como a ella le gustaba, sin interferencias. Tomó su espada, su cola de crin de caballo y se alzó, dando el famoso grito que hace huir a los muertos para devolverlos a sus tumbas definitivamente.

Pensó en su vestido rojo, de cosmonauta, hecho con hilo de cobre y plata, y deseó vestirlo para enfrentar, una vez más la nimiedad de la guerra diaria, que la entristecía sobremanera. Sólo la consolaba el recuerdo de haber sido muy amada, de haber tenido varias oportunidades de saciar su sed de compañía, una sed que a veces la había hecho abrir la boca a la orilla del océano, para beberlo de un golpe.

Pero comprobó que cuando uno sacia su sed de esta manera, también traga piedras y algas del fondo, amén de troncos arrastrados por las corrientes y algún cadáver de ahogado, que ha bailado la danza de la muerte durante meses en el fondo.

Se dispuso a enfrentar un nuevo día, animada por sus nuevas herramientas, ¡que ocurrencia! una cola de crin de caballo… Y se sintió animada por la presencia de su espada, un florín curvado a la manera otomana con el que degollaría a cuanto mequetrefe se acercara a su vida…

Aviones…

Aviones, cruzan el desierto urbano de Occidente.

Camino por avenidas calientes con olores digestivos.

Árboles macaronésicos dan sombra a árabes pos-

modernos.

Muchachas virginales a la espera de ser

«informadas»…

Muchachas viejas, trabajadoras que comparten la

risa con miedo del horario.

Noticias animan el desierto nordestino.

Sirenas aúllan tu nombre.

Motores rockeros se agregan al tumulto.

Policías de paisano juegan un amistoso contra inmigrantes ilegales.

Pierden los inmigrantes por palos y puñaladas,

Lunas «jilal» y «jalal», y alcoholismo de indio de las reservas.

Poema e Ilustración de Farah Azcona Cubas,

escrito en Maceió-Alagoas, Brasil, 1999.

De Farah, hilando para sortear el destino.

Retornó a su oficio de aguja e hilo y cosió el lienzo de su diván. Pensaba, así, eludir la borrasca de la muchedumbre que se cernía sobre los dictadores árabes, pero una vez más era tarde: ya se había manifestado a favor de la turba que gritaba Libertad hablando con su amiga Maruja.

Agotada por la velada de la noche anterior, un cúmulo de groserías, vampiros antiguos muy ajados y muy poca música, había sorteado como había podido el devenir de la noche y despertó con un dolor de cabeza terrible. La pesadumbre de haber perdido su autonomía en pos de un hombre que la ignoraba, la irritaba sobremanera.

Pasó la mañana de un humor de fascistas y se desquitó en la peluquería de sus amigas, donde la pusieron al teléfono para que espantase definitivamente a uno de esos comerciales acosadores.

Una vez hubo cosido el lienzo, negro, verde, rojo y blanco, un diseño oriental que perpetraba los colores de Afganistán en silencio, se sintió transformada en Penélope, capaz de resistir la hipocresía y el agravio de la multitud, en espera del regreso de su amado Ulises, a quién no podía poner rostro dado el largo tiempo que habían permanecido separados. Aún así el amor le brotaba de lo más hondo de las tripas y temió que anidara en su vientre la serpiente de los celos o la del desamor.

Saltó de júbilo al comprobar en la televisión panorámica de su madre la llegada del Año Nuevo chino que prometía iluminar, con una sonrisa de gato fumador, la perspectiva de la corrupción de las fuerzas del orden de Rusia, que perpetraban en pleno aeropuerto de Moscú la más insospechadas tropelías contra los viajeros del Cáucaso y otras regiones remotas de Asia. Todo quedaría en promesas, pensó Farah mientras saboreaba una bebida de guaraná; ya estaba acostumbrada a la desidia instalada en los humanos. En el fondo prefería la tozudez de pavos y gallinas que revoloteaban en su jardín, a falta de un paisaje desértico que la consolase.

Pensó en la soledad infinita, compañera de cerros y marismas, mientras ansiaba la llegada de su amado Ulises, fiel compañero, que la ayudaría en la ascensión de una roca de 2.700 metros, llenando la cañada de risas, besos y algún furtivo amasijo de carnes entre las arenas y piedras de la meseta anterior a la maravillosa montaña, en cuya cima jamás se separarían, firmando en el silencio del cielo su unión milenaria.

Farah, los esclavos y la Luna.

Alagoas

 

Observó como las nubes de tormenta pasaban veloces, dejando ver un pequeño fulgor de la Luna que se retiraba para vencerla el Sol en su batalla diaria.

Otro día comenzaría y los humanos, humanóides y demás antropomorfos que se creen humanos, irían a cumplir su función de esclavo de los poderosos.

Recordó como un hombre hacía de bestia arrastrando tras de si un carro lleno hasta los topes de mercancías, en el Comercio de Maceió, y al expresar su sorpresa, su amiga Claudinha le explicó que estaba incluso contento.

Comenzó a recordar en la conversación mantenida, no sabía ya si meses o años antes, con Malika cuando ella le dijo que había seres que sintiéndose humanos, no lo son. Ella los llamó extraterrestres pero Farah pensó rápidamente en los antropomorfos, aquellos antecesores del hombre que estaban a caballo entre los dos estados.

En Agadir observó atentamente al jardinero de su mansión de rica europea, que costaba dos tristes monedas para ella, y lo vio esconderse a la hora del almuerzo. Seguramente comería un “Kadillo”, nombre marroquí para los bocadillos, de atún en conserva con huevo duro, viviendo en una ciudad que tiene uno de los puertos pesqueros más importantes del país.

Recordó dulcemente el discurso del hombre que observa los pájaros, su feroz combate contra el Estado y la sociedad establecida que le habían hecho amarle desde el primer minuto que lo conoció. 

Pensó en la tristeza de otro día más conviviendo con este sufrimiento causado por un sistema que usa el crimen, la especulación y el miedo como armas de sometimiento.

En las muchachas cansadas al final de un día agotador de pie doblando camisetas de cualquier tienda. Los repartidores de mercancías, sometidos a la indomable presión de conducir un carruaje a gasolina, el oro líquido de los ricos, aquellos ricos tan civilizados y democráticos que habían matado a cinco millones de niños iraquíes durante el bloqueo a Saddam Husseín, por existir la norma de que las amoxyclinas eran susceptibles de convertirse en armas químicas.

Mientras, en Amazónia y en la tundra de Mongolia los mismos seres vivirían libres y respirando un aire tóxico que los millonarios empresarios les mandaban de regalo, para ver si morían de una vez y se cumplía el sueño de Winston Churchil de “acabar con el problema indígena”.

Se dispuso a lavar su cabello, y sentir el agua correr por su cuerpo, para así poder superar el asco que sentía al ser humana y no poder hacer nada por evitar toda aquella barbarie.

 

Farah, Muhammad y el automóvil.

Farah llevaba pensando varios días en que Muhammad llevaba mucho tiempo sin ir a clase. Esa noche, a la hora cierta, él llegó con su barba rubia de vikingo del norte de África, y la saludó. Preguntó algunas cosas de la clase, exámenes y demás detalles nimios, comparados con la intensidad de la mirada de ambos, como midiéndose. Ella le dijo que le daría su dirección de correo y así podrían hablar con calma sobre lo que le hiciese falta.

Al iniciarse la hora de clase se estableció un debate sobre el film de Roberto Benigni, “La vita é bella”, y Farah, como siempre la primera, de manera vehemente expresó cuantos claroscuros hay en los humanos y como la historia que narra queda suspendida entre los ladridos de los nazis y lo buenos-buenísimos que son los judíos y demás condenados al campo de concentración en el que transcurre la trama. Muhammad dijo que estaba de acuerdo con Farah en su visión e interpretación del argumento y la miró directamente a los ojos al decirlo. Acabó la clase y su compañera le contó que él esperó a que las dos se separaran, para acercarse en medio de la muchedumbre y hablar con Farah. Le dijo que le enviaría un correo y así ella tendría también su dirección. Se despidieron en árabe, con la sonrisa de él escuchándose por encima de las conversaciones anodinas que se tenían los demás alumnos en la puerta, feliz por escuchar hablar en la lengua de su madre.

Farah se entretuvo haciendo un cigarrillo con su compañera y fumaron caminando. Farah observó como Muhammad se alejaba en su automóvil mirándola fijamente desde la ventanilla cerrada…

De como Farah vistió las ropas negras, cual Antígona.

Una vez muerto su padre, y antes su hermano y su marido, Farah vistió unas ropas negras, ásperas, hechas astillas, casi de madera.

Su llanto traspasó de un continente al otro, y así lloró en Europa, América y África. En su periplo desde Agadir a Tánger, dónde está la morada de Calíope, lloró ininterrumpidamente por treinta días y ni la mismísima visión de Yaser Arafat, pasando velozmente con su coche negro a su lado, pudieron consolarla. Fue la «Cumbre Internacional por Jerusalén«, Agadir año 2000.

Atravesó la cordillera del Atlas desconsolada, atisbando desde su ventanilla el abismo, interrumpida la marcha por la limousine con antena parabólica del rey Muhammad VI.

En Agadir le habían contado que éste deseaba construirse un nuevo palacio, dado que en el actual se escuchaban fantasmas que atormentaban el sueño real. Allí pudo contemplar la nube de soplones, que conforman la telaraña que protege a la monarquía jerifiana de sus súbditos, más que hartos de pasar hambre y miserias.

Paseó en torno al puerto, atisbando la vieja Kasbah y la ciudad antigua, sepultada por un terremoto en 1960 debajo de un barranco, que quedaban al oeste del barrio de Talborjt, su barrio favorito.

Se cansó de ser vigilada por los gendarmes reales, policía turística, soplones, las viejas y los jóvenes de la ciudad, y emprendió la huida ya que no la dejaban llorar en paz.

Continuó llorando mientras atravesaba el Estrecho de Gibraltar. Siguió llorando en el avión hasta Madrid, para luego llorar once horas en la travesía transatlántica hasta Sâo Paulo. Cada vez estaba más delgada, y después de sentirse completamente sola en el mundo, en la Plaza de la Esperanza de Agadir, sólo deseó morir, asunto que casi consigue con la muerte de su padre.

Pasó dos meses internada en un hospital, por los nenúfares que le habían salido en los pulmones enviados por Boris Vián. Soñó, mientras estaba muy grave, que volvía a viajar, ésta vez en un avión rojo, alemán, y se vio a si misma empuñando el pasamanos de la escalerilla de la aeronave, mientras observaba el sol dorado del atardecer que iluminaba su cabello en llamaradas de henna.

Al despertar y ver que solo había sido un sueño, lloró amargamente, odiando con todas las fuerzas de su alma aquella tierra maldita que la había visto nacer. Un lugar en el que había comprobado lo crueles y maledicientes que pueden llegar a ser los humanos.

A lo lejos escuchó la voz de su madre llamándola, y volvió al planeta Tierra, para comprobar cuantas personas la querían y deseaban tenerla a su lado. Recordó un sueño que había tenido antes de que la Batalla comenzara. Se vio a si misma cabalgando un caballo, en medio de su ciudad, que al mismo tiempo era Afganistán. Huía perseguida por unos bandidos, también a caballo y empezó a bajar una montaña muy, pero que muy grande…