De Farah, sentada bajo un tronco reseco.




Había perdido su autonomía en pos de un muchacho que se negaba falazmente a reconocer que la amaba, retrayéndose de su abrazo el primer día que se lo dio.
 Habían hablado y discutido hasta la saciedad los errores que en el pasado les habían llevado a una separación muy dolorosa. Tanto, que ahora, cuatro años después, sus almas se habían buscado en lo oscuro de las tinieblas, hasta reencontrarse y fundirse en un abrazo.
 Farah preocupada intentaba desembarazarse de aquella especie de hombre-ovillo de hilo que le había traído el destino por segunda vez a su vida. Intentaba, una y otra vez, recuperar su soledad y deseaba que alguna discusión, subida de tono al máximo, acabase de un golpe certero con aquella opresión que le producía el-amor-de-los-hilos-enredados. 

Así había sucedido la primera vez que estuvieron juntos, allá en un tiempo en el que conoció a un hombre que la rechazaba por extraña, árabe y por su feroz independencia.
Cada juego que él inventaba para enredar el hilo intentando crear un vínculo de amor, ponzoñoso e hiriente, era desarticulado por Farah, acostumbrada a vivir entre bestias y hombres salvajes a los que les gusta establecer este tipo de argumentos viciados para ganar  puestos en la jerarquía. La inteligencia, la honestidad y el amor a corazón abierto eran las verdades con las que ella quería jugar y no sabía, para su desgracia e infelicidad, si aquel muchacho-enredado estaría a la altura de su amor.
La vida diaria no ayudaba en nada. Una época de gran necesidad como la que estaban viviendo precisaba de carácter fuerte y alegre, para no dejarse caer en la profundidad del abismo que se cernía sobre el capitalismo. 
Farah miraba con nostalgia las imágenes de El Cairo en plena revolución en la televisión y deseaba participar de toda aquella alegría de vencer a los tiranos, aunque sólo durase un instante, ya que al siguiente estaría instalado otro tirano diferente en el poder. Añoró su juventud, armada de su cultura y de su belleza llamativa, en la que había soñado con conseguir lo mismo que querían los ciudadanos de El Cairo, hoy. 
Abandonó su asiento bajo el árbol reseco de aquel amor enredado y se dispuso a pintar, apurando su cigarrillo.

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