Hombres resecos, mujeres hostiles.

Se topó con un hombre que apenas hablaba, después de haber sufrido lo suyo con la salud. Se había transformado en un hombre taciturno, que apenas hablaba, por miedo a que se escuchase su voz, transformada por la enfermedad.
Aparecían ubres de cabra colgando del varal de tender, y eso suponía que, aquella noche, o en aquellos días, dos o tres cabras habían muerto, para ser comidas, y aprovechado hasta el último pellejo de su pecho, antes dador de vida que amamantaba a baifos y baifas.
Se diferenció rápidamente de aquella estirpe, depredadora, que no ama los animales como ella, y si los ama, ¡extraño amor ese, que te mata para usar tu piel!
 Deseó que aquel hombre supiera que Nietzche se abrazó a dos caballos que tiraban de su carroza, ante los latigazos del cochero, increpándolo, reflexionando luego con estas palabras: “Imaginen que vienen habitantes de otros planetas, y nos asan a la parrilla”.
Desde niña quedó impactada por esta acción-palabra de Nietzche, y aprendió a ver a los animales con otros ojos.
Ojos de amor por la vida en cualquiera de sus manifestaciones, ya fuera pájaro, ya fuera piedra.
Pensó en las mujeres de estos hombres, hacedoras de negocios con cuerpos asesinados y pieles, que antaño dieron vida, sin saber que se asesinaban a si mismas por falta de empatía con el animal asesinado.
¿Sería necesario todo aquel sanguinolento espectáculo con olor a muerte, de mosca verde encima de los esqueletos, para convertirse en una mujer hostil, resentida, con la que ningún hombre puede, y convertirse así, al fin, en una mujer que no sufre?

Fotografía y texto originales de la autora.

Las ruinas, la Luna llena y el vacío.

Las piedras de las ruinas, de color sahariano, le hacían sentirse bien en aquel mundo en decadencia, del cual se sentía formar parte. Cada muro abandonado, cada techumbre, sólo con las vigas al aire, como mostrando su esqueleto, le parecían descarnarse junto con ella. El fondo, de increíble nitidez, en la puesta de sol, iluminando algunas crestas de acantilados lejanos, le mostraba cuanto le faltaba para llegar a su meta. El cielo inmenso, aplastante, en su luz desértica le llenaba de paz.
La Luna rellenaba su último día, para estar llena a la noche siguiente. Saldría, junto a su loba, a contemplar el prodigio del cielo estrellado con una inmensa luna redonda, que iluminaría la negrura del cielo.
La licantropía de las dos, unidas en un único ser, llenaría el vacío que sentía, por el amor postergado, ya tanto, que le parecía irreal.
Un vacío de existencia, de unión con el Cosmos que pariría un ser nuevo, en ella misma, mitad loba, mitad humana, dedicada a la cacería de supercherías, corrupciones e hipocresías. Los dientes bien afilados, las garras preparadas, el pelaje brillante y los ojos desconfiados, al acecho.
Resultaría una nueva mujer, hecha de barro rojo, fuerte como las paredes de las ruinas, resistiendo el pasar del tiempo. Amalgamada en paredes de adobe, mezclada con paja, encofrada por un tiempo, hasta que el vacío total llegase, deseado y amado…

Amanece en el Malpaís.

 

El sol se ocultaba detrás de los volcanes, pero se adivinaba su resplandor de fuego. Gallos, gallinas y perros componían la sinfonía del amanecer, hablándose entre ellos, diciéndose quién sabe que…
Se sintió muy feliz de, al fin, haber encontrado su lugar. Una pequeña tienda, en el medio de la hamada, confortable y en semi-meseta, fresca, en la que pasarían el verano de forma cómoda, ella y su inseparable loba fiel.
Deseó salir de la tienda a saludar al sol, imperioso en su salida, pero aún tomaba el te de la mañana, y la loba yacía arrebujada en su manta, esperando una palabra suya para levantarse y estirarse. Disfrutó de su intimidad al amanecer, y esperó que fuera un día fructífero lleno de leña para el lar y sus genios.
El aire gélido de la mañana le acarició la espalda, y sintió como la arropaba. La mañana anterior había comprado un sombrero rifeño en el zoco grande, y deseaba que llegase el verano para lucirlo con un manto blanco que le cubriera la cabeza y le colgase por los hombros, atarse una manta a la espalda, pero se sintió triste sin su niño del timple, para cargarlo en su manta y enseñarle cuan bonito era su país. Echo de menos a su niña de la mirada triste, llena de canciones y de sueños, para ayudarla a encontrar el por qué “se sentía mal, sin saber por qué”.
Miró hacia adelante hablando con una mujer que llegó a su tienda a ofrecerle pan y sonrió con ella, hablando de la paz que disfrutaban viviendo en aquel malpaís….

De la viuda Touareg, los gatos libres y la golondrina muerta

Deambulaba la viuda Touareg solitaria, observada por todos, sin poderla clasificar, etiquetar ni estereotipar, en su ignorancia carente de identidad.

Salía con su loba, a contemplar el crepúsculo, el amanecer, y siempre, visitaban el cadáver de su amada golondrina africana, colocada por ella en una planta de Exú, para proteger su espíritu.

Veían unos gatos libres, pegados a los basureros del muelle, adornada su vida con todo tipo de manjares de pez y demás despojos. Le gustó su forma de colocarse a salvo, haciendo equilibrios en el borde de los depósitos de basura, convirtiéndolos en catedrales góticas con su majestuosa presencia de gárgolas.


Al fin su loba se había lanzado al mar para recuperar la sal perdida en su largo deambular por el desierto emocional, y había nadado como una profesional, por instinto, acercándose a ella, para abrazarla y besarla en el liquido medio oceánico. Sintió su agradecimiento por haberla llevado al lugar adecuado, en el que las dos remojaron sus cuerpos resecos, «Gran Tarajal», bello nombre para deambular en libertad sin las fronteras artificiales creadas por los europeos en su afán de robar todo, hasta su identidad, y su espacio natural de vida.


Deseó ir a morar a una casa en el medio de un llano, completamente sola con su loba, y lo deseó tan fuertemente que creyó conseguirlo, a fuerza de verlo en su mente. Ya estaba marcado el rumbo de su próximo viaje.

Zohair, el genio del amor.

Se sintió cual hembra de caribú, acosada en el principio del celo por un macho celoso, que la perseguiría hasta dejarla preñada, y lloró su destino.
Deseó hablar con el espíritu de su padre, y decirle, Abu: ¿por qué estoy condenada a este destino maligno? ¿Esto es lo que querías mostrarme del mundo?
Soñó con Zohair, el genio virgen, que la había enamorado con sus palabras, y había desaparecido, como cualquier otro animal macho, después de haberla preñado de aquel amor mágico del encuentro.
Se fue sobrecogiendo con el pasar de los días, y ya no deseaba encontrarse con nadie más, aunque el encuentro la urgía.
Se sintió en un torbellino que le dio vahídos, mientras su amiga sirena nadaba, ella refugiada en la sombra al sol del mediodía. Cada vez se sentía peor y no entendía por qué. Pensó si seria como aquellas golondrinas, una más, agotada por el viaje, que fue a estrellarse en el amor imposible del genio virgen, y había muerto, cegada por el destello del amor.
Pasó de un genio al otro, como un guiñapo, necesitando el auxilio de magas y hechiceras, que la libraran de aquel conjuro hecho para enloquecerla.
Quiso librarse de aquella batalla de sentirse ofendida, siempre en vano, de luchar para nada, sola, siempre sola frente al destino y días y días sin un cernícalo que le indicara el rumbo que debía tomar para emprender de nuevo su travesía por el desierto humano, con la sola compañía de su loba fiel “Habiba

De Benito Pérez Galdós al ostracismo voluntario.

Desde su gabardina marrón de estilo militar, seguía tejiendo la tela social de su pequeño pueblo. Pueblo querido, añorado sin conciencia, que tanta alegría le estaba devolviendo a su vida.
Se figuró a Benito Pérez Galdós aislado, aún más, transcrito al mundo globalizado, en una ciudad aún más provinciana que la suya, en la que los adoquines del plan “Urban”, premiado por la ONU, lloraban de pena ante la falta de cultura, caciquismo manifiesto, y el desprecio más absoluto por el talento y el brillo de cualquiera que se saliese del uniforme de “Mango”, que necesariamente te convertía en un clon más, marginal y periférico, enfrentado a la élite que acaparaba cargos, recursos y latifundios, retrotrayendo Canarias al siglo XVIII, de la cual salí huyendo, con el tiempo justo, casi olvidando mi ropa, pero no a la loba Habiba.
No emigraría a Madrid, ni sería amiga íntima del Rey, ni cronista de una corte corrupta y aborrecida. No escribiría aquellas magníficas e interminables obras, verdadera crónica de una época bastante oscura de España, entre reyezuelos pasmados y dictadores militares que gaseaban marroquíes en Annual.
Se podría decir que haría todo lo contrario, se dedicaría a vivir el ostracismo con alegría y libertad, rodeada de buenas personas de todos los continentes, sin prisa y, lo más importante, sin ínfulas de ser, contentos de ser lo que son. Una más en aquel desierto feliz.
La hora marcada por el sol y el frío del clima sahariano, recordando el desprecio de España, al considerar su paraíso en una isla presidio, celda de algunos intelectuales, que vieron arañas en las montañas, por negarse a ver a la gente maravillosa que les rodeaba.
 Se fueron a París y usaron a mi amada isla como cabecera del título de un libro. Se avergonzó en lo más intimo de su ser por aquel desprecio, repetido por un afamado escritor portugués, que al ser preguntado por la elección de una isla próxima, dijo con solapado desprecio que “él vivía en una plataforma entre tres continentes”, falacia repetida hasta la saciedad para negar la identidad africana de Canarias.
Yo vivo en Fuerteventura, que no es ningún presidio, sino el paraíso saharáhui de nuestras islas, y prefiero auto-marginarme y ser feliz, que vivir en la podredumbre europea, que apesta a fracaso, colapso e intensa muerte de la cultura, construida con el sudor y la sangre de dieciocho millones de esclavos que fueron trasegados de un continente a otro, para ser usados como ganado de carga, con el beneplácito de la Santa Iglesia Católica.

Desierto, amado desierto.

Amaneció en su tienda verde, y la adecentó y limpió cuanto pudo. Todo se iba normalizando. Su loba Habiba era la primera que se había adaptado, comiendo y durmiendo a pierna suelta. A decir verdad, desde que se bajaron del camello que surcó el aire las dos respiraron con soltura, contemplando el cielo azul y la luz del atardecer, más tarde.
Se dio cuenta de que había dejado en Siwa, su oasis preferido, todas sus pertenencias más queridas, y esperó que una harka de gente de su tribu, se las fuese llevando, poco a poco, hasta abarrotar su tienda verde, pero en realidad no echó nada en falta, ya que le gustaba adaptarse a las nuevas condiciones, con buena disposición. Cuando falta algo, ya llegará.
Granos de arena llenarían su vida, cielos estrellados y noches al raso, ante la inminente llegada del calor, en el que dormitaría con su loba Habiba, en el crepitar de la brasa de la hoguera.
Al final, no sentía nada que la atase ni la condicionase por fin. No tenía expectativas, en cuanto a nada, y sólo deseaba ponerse en marcha para dinamizar aquella tribu, que le ofrecía su cariño y su hospitalidad, deseando que fuese una más entre ellos.
Paseó por la playa de su infancia y recorrió su amado pueblo, ahora con una fuente de caballitos de mar, que se convirtió de inmediato en su lugar favorito.
Al día siguiente comería pescado recién cogido, y sería otro día de paz en aquella tienda verde y blanca, con bancos rojos, en la que dormitarían en el silencio, ella y la loba, en espera de nuevas noticias.

Antropófagas.

Escudriñó su vida en busca de algo con lo que alimentar su tristeza, y no encontró nada. Sentía un apetito voraz por decepcionarse, encontrarse con personas cobardes, que no miran a los ojos de la gente, que lo personalizan todo, y se dan por aludidas ante todo. Pero se encontró absolutamente sola, con la única y sola compañía de sus coetáneas Tupinambás.
Deseó sentirse triste por el abuso de los hombres ante cualquier rasgo de feminidad, por el trabajo forzado al que se sentía sometida, al lavar interminablemente platos y recoger basuras que hombres, muy hombres, y hombres-no tan hombres, le habían condenado a sufrir en las últimas semanas, y pensó en su cuadro colgado, terminado y lanzado a la venta, llamado “antropófagas”, que seguramente no sería rentable, dada la incomprensión y el abuso al que estaban sometidas las mujeres alrededor de todo el planeta, incluso por las propias mujeres, llamadas madres, hermanas y amigas.
Flaco favor se hacían los “hombres devaluados”, de otro de sus cuadros, siempre mirándose el ombligo, y tan ciegos que veían en ella un espejismo, un revulsivo, y a veces el objeto de su envidia, por su valentía, su buen hacer y su honestidad.
Decidióse pues, a comer la pierna de alguien o el cerebro plagado de ideas de María Zambrano, Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik, y tomar una comida que le durase tres o cuatro años alejada del mundo, mientras recordaba la letra de una vieja canción de juventud que cantaba “En que estarán convertidos mis viejos zapatos….”