De Benito Pérez Galdós al ostracismo voluntario.

Desde su gabardina marrón de estilo militar, seguía tejiendo la tela social de su pequeño pueblo. Pueblo querido, añorado sin conciencia, que tanta alegría le estaba devolviendo a su vida.
Se figuró a Benito Pérez Galdós aislado, aún más, transcrito al mundo globalizado, en una ciudad aún más provinciana que la suya, en la que los adoquines del plan “Urban”, premiado por la ONU, lloraban de pena ante la falta de cultura, caciquismo manifiesto, y el desprecio más absoluto por el talento y el brillo de cualquiera que se saliese del uniforme de “Mango”, que necesariamente te convertía en un clon más, marginal y periférico, enfrentado a la élite que acaparaba cargos, recursos y latifundios, retrotrayendo Canarias al siglo XVIII, de la cual salí huyendo, con el tiempo justo, casi olvidando mi ropa, pero no a la loba Habiba.
No emigraría a Madrid, ni sería amiga íntima del Rey, ni cronista de una corte corrupta y aborrecida. No escribiría aquellas magníficas e interminables obras, verdadera crónica de una época bastante oscura de España, entre reyezuelos pasmados y dictadores militares que gaseaban marroquíes en Annual.
Se podría decir que haría todo lo contrario, se dedicaría a vivir el ostracismo con alegría y libertad, rodeada de buenas personas de todos los continentes, sin prisa y, lo más importante, sin ínfulas de ser, contentos de ser lo que son. Una más en aquel desierto feliz.
La hora marcada por el sol y el frío del clima sahariano, recordando el desprecio de España, al considerar su paraíso en una isla presidio, celda de algunos intelectuales, que vieron arañas en las montañas, por negarse a ver a la gente maravillosa que les rodeaba.
 Se fueron a París y usaron a mi amada isla como cabecera del título de un libro. Se avergonzó en lo más intimo de su ser por aquel desprecio, repetido por un afamado escritor portugués, que al ser preguntado por la elección de una isla próxima, dijo con solapado desprecio que “él vivía en una plataforma entre tres continentes”, falacia repetida hasta la saciedad para negar la identidad africana de Canarias.
Yo vivo en Fuerteventura, que no es ningún presidio, sino el paraíso saharáhui de nuestras islas, y prefiero auto-marginarme y ser feliz, que vivir en la podredumbre europea, que apesta a fracaso, colapso e intensa muerte de la cultura, construida con el sudor y la sangre de dieciocho millones de esclavos que fueron trasegados de un continente a otro, para ser usados como ganado de carga, con el beneplácito de la Santa Iglesia Católica.

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