Él y ella.

Ella pensaba en él a veces, preocupada por su suerte. Él pensaba en ella, ya que sólo ella hablaba su lengua en aquella tierra extraña, y sólo ella era capaz de sentarse en cuclillas, a la moda de África.
Ella recordó la sonrisa de él cuando la vio así sentada, en aquella posición extraña, que sólo la gente de África encuentra placentera y cómoda. Vio los ojos de él brillando de alegría, al oírla decir palabras en su idioma, que sólo su abuela o su madre le habían dicho hacía años.
“Quién sabe, tal vez, un día…” Como decía la canción, con aquella letra que sólo ellos dos entenderían en aquella latitud.
Ella contempló la luna creciente, mientras extendía una sábana pintada a mano, de su país. Soñó con el abrazo de él, con sus besos y  recordó el calor de su piel morena. La Luna le habló del cuerpo de él, y le echó de menos, casi tanto como él a su familia el día en que lloró ante ella.
Ella se columpió en el antiguo abrazo de él, agarrando su cabello, recordando cuanto se amaban, y se desasosegó, por lo imposible de aquel amor.

Una vez más ella sola se acarició la cabeza, asomada en la terraza urbana, en pleno desierto de asfalto, otra vez acariciada y besada por la loba fiel. Ella miró una flor, contempló otra a punto de abrirse con la siguiente Luna, y sintió la falta de él para disfrutar de tanta felicidad.

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