La mirada desconcertante.

Los ojos de aquel hombre la miraban de una forma extraña. Queriendo saber, escudriñar y entenderla. No era una mirada  que le diese miedo, pero si la desconcertaba, pues no se correspondía con su actitud.
De hombros anchos, brazos muy fuertes. Preciosas piernas y poderosos pies, que se adivinaban debajo de aquel cabello largo y aquella barba. Para ella un hombre bellísimo. Desnudo, aún cubierto de ropa.
Lo que ella sería para él, era para ella un enigma. No se podía adivinar nada de su gesto cerrado y sus ojos entreabiertos por el alcohol. Su andar poderoso le producía seguridad y excitación. Deseaba que la estrechase en sus brazos al ver su potente zancada, y la excitaba el poder con el que mostraba su paso.
Era un hombre abrumador en el que no dejaba de pensar. Las circunstancias ayudaban bien poco y su compañía era dividida con otro amigo: siempre los tres en conversación.
 Él buscaba momentos a solas con ella, muy veladamente. Tímido y medroso al extremo. Ella le producía miedo, verdadero pavor de mostrarse como realmente era, sin excusas, sin más tardanzas.
Él le confesó que deseaba seguir sus pasos, de una manera muy sutil. Ella acogió el comentario con extrañeza, y el desconcierto aumentaba. Con cada pinta de cerveza que él tomaba, ella se tornaba confusa y embriagada por su presencia, mientras él sólo la miraba. La escrutaba queriendo saber, conversar, aturdido por el alcohol.
Recordó su rostro curtido, precioso, de boxeador. Sus tatuajes coloridos que embellecían sus poderosos brazos, aquellos que ella deseaba tanto sentir abrazándola… Pero él ya estaba casado con la cerveza.

Corazón blanco.

Su corazón, delicado, de blancos pétalos y refinado aroma nocturno, se armó con pistolas de plata.
Herido después de haber sido amado, su corazón no comprendía el motivo de tanto lastimarla, después de darle tanto, tanto amor.
Una vez tras otra florecía, a pesar de los empellones recibidos. Del orgullo y del miedo. Del desamor y los desalmados.
Y se enfrentó a la cara femenina que, pretendiendo humillarla, quedó al descubierto por su amargura y resentimiento contra su propia feminidad, tiñéndose de misoginia. La cara de endemoniada y retorcida la contempló atónita, ante los balazos de sus ojos, que la ignoraban. Tan sólo acertó a preguntarle que si se encontraba bien, respondiendo el blanco corazón con un escueto: Yo sí.
La tarde transcurrió entre la bruma del polvo africano y las azucenas del balcón, amadas. Tan amadas que trajeron al hombre que tenía miedo de sentir lo que fuese con ella. Yacieron juntos en perfumado beso y, más tarde, él le escribió desde su timidez para disculparse por haber huido dejándola así.
Ella, sagaz y con carcasa de plata envolviendo su corazón, le dijo que no tuviese miedo de mostrarse vulnerable y con miedo ante ella. Él lo agradeció, dispuesto a entregar su corazón, oloroso como sus azucenas, para ser cosido a balazos.

Ella, la hiel del desamor y los pájaros del amanecer.

La mañana del día después al desamor fue llegando. En forma de tosco despertar, mal abrazo y canturreo de mirlos. Todo esto la sumió en el bucolismo que la acompañaba desde días antes, cuando pensó en él. Cuando recordó que hacía días que la rehuía, y no le hablaba.
Decidió hacerlo ella, tan dada a no tener orgullo en el amor, como hacen las buenas amantes.
Hubiera sido mejor haber sabido amar menos, y defenderse mejor. Elevar la alerta que avisa de los carroñeros que pululan alrededor del placer femenino para negarlo. Pura misoginia, pensó ella.
Después de una durísima discusión decidió acabar aquella historia, larga demás para su gusto, que llevaba sumiéndola en la incertidumbre desde al menos hacía tres años.
La cobardía de él no la cogió por sorpresa. Había dejado de escucharlo por un par de meses cuando la mostró por primera vez. Cuando supo que el armaba una treta para esconderla sintió lástima. Ella jamás tuvo miedo al amor ni a sus consecuencias, por muy nefastas que fuesen. Y así se encontraba de nuevo con el rechazo rudo al abrazo del amanecer, que debería haber sido de amor.
Nunca, en todo aquel tiempo, había encontrado más consuelo que la brisa en las palmeras imperiales de Recife, al lado del Palacio del Gobernador, y viendo la risa de los niños del Nordeste de Brasil, su patria lejana.
Una patria con olor a carne seca al sol y meado en la calle de arena. Una patria de océano helado para resistir el calor tropical. La patria de la música y el baile, dónde cualquier cosa es motivo de fiesta, y la añoró más que nunca, al punto de comenzar a llorar. Desconsolada por el amor cobarde, sólo derramó lágrimas por la valiente patria perdida.

Y tú.

Y tú me llamas indecisa, después de decirme que tienes miedo de que me enamore de ti.
Y deseo preguntarte.
Si acaso no te enamoraste de mí en secreto, y tuviste miedo hasta de tu pensamiento.
Me tutelas, presuponiendo que no debo sufrir por tu amor, y por ello me desprecias.
Y deseo decirte.
Que soy mayor de edad emocionalmente. Que si me enamoro de alguien no es necesario que me correspondan, pues hasta ahora sólo encontré mentira y acomodo. Que si sufro por amor es asunto mío, y que si no me amas o no te atreves a hacerlo, yo resolveré mis problemas como he hecho siempre.
¿Indecisa? ¿Quién decidió que yo fuera arrojada a una selva de hombres que se creen en el derecho de decidir por mí, lo que me hará bien y lo que no?
Y a ti que me has llamado indecisa te digo:
Que no necesito las migajas de tu compañía, que son saciadas con creces por el amor que le tengo a la amistad y la buena compañía, de las que ando sobrada.
Te digo que si te abruma mi talento y mi carácter, no eres el hombre que busco ni siquiera para un minuto de sexo lujurioso y que seguiré adelante sola, como siempre.
Definitivamente me alegra restar en soledad por siempre, si la alternativa es estar acompañada por alguien como tú.
Y yo te llamo Fraude.
Fraude por presuponer que debes tratarme con dulzura para llegar hasta mi ropa interior, si luego destruyes mi corazón lanzándome a la cara palabras peores que puñetazos.

 Te llamo Fraude por creer que eres un hombre cuando tienes el vestido de Supermán ajado, de tanto presuponer. Fraude, de niño caprichoso con la melena al viento, que se cree hombre para decidir cuándo debo sufrir o ser amada. Definitivamente, estoy mejor sin tutoriales de cómo ser mujer, porque lo soy desde hace miles de años.

Ahora.

Mi ventana tiene rejas, de un poco a esta parte. Siempre seguí el consejo de “El Loco” como me enseñó Khalil Ghibran, el poeta, y dejé que me lo robaran todo, para que mis máscaras de oro no me impidiesen ver el sol.
Ahora ya no quiero que me roben nada. Mantengo con celo mi corazón, tras una reja, a la que acceden muy pocas personas.
Mi corazón, que un día florecía como aquel tulipán, languidece ahora en una vida que no sé si merece la pena ser vivida.
Atravesé el Océano, el desierto, ríos y me revolqué en las arenas esperando comprender. Y no encontré nada. Nada, más que el sinsabor de una vida mezquina, que te escupe día a día que eres débil y repugnantemente vulnerable. No necesito esconderlo, jamás lo necesité. Siempre fui a la guerra sin armadura. Por eso ahora mis cicatrices hablan.
Hablan más de mí que yo misma, y sólo basta leerlas para comprender.
Parecieran latigazos propinados por un amo maligno que me ha poseído hasta la extenuación, y me ha hecho trabajar muy duro, por un vestido y una comida. Lo llaman manumisión, pero no debo saberlo porque soy una esclava.
No participo de las ganancias, y mi vida es reproducir el bien que va a otra mano. Mi mano está cansada de empuñar el libro, el lápiz y el papel. Mi esclavitud ahora tiene rejas, como si fueran necesarias.
Miles de talentos se convirtieron en mis grilletes, mis cadenas eran de pasos de baile y de notas musicales. Mis latigazos fueron cada palabra que me preguntó cuánto me pagaban por brillar como una estrella, sin miedo. Y ahora tendré mi Alforría.
Mi carta de Libertad de esclava vieja. Compraré mi vestido y pagaré mí comida, trabajando y sudando, una vez más, esta dicen que siendo libre.

Y yo me pregunto, si de verdad esta vida merece ser vivida.

Ella, el tulipán y el viento de Abril.

Nació una mañana, sin esperarlo. La cogió por sorpresa. Una corona de pétalos rosas, que mutaban desde la primera hora del día al comienzo de la noche.
Cerrada, como su cerebro y su corazón, amanecía la frágil flor de duro tallo. A la mínima luz solar se abría en una promesa de colores listados y que hacían un bonito tornasol, si los mirabas con los ojos entrecerrados, casi como la vida misma.
Despertó una mañana que anunciaba Abril en Marzo. Lo supo por el viento fuerte y los nubarrones que hacían del mar un espejo de color púrpura al amanecer. A lo lejos observó como la lluvia descargaba dentro del océano. El fuerte viento hacía mecerse a copas de árboles gigantes de más de cincuenta años de edad. La fuerte brisa en las copas de las palmeras washingtónias  era un frufrú de vestido nuevo, y se sentían aliviadas de despojarse de todo vestigio de hojarasca reseca del invierno. Se aprestaba toda la naturaleza a florecer, como un mes antes había hecho el tulipán solitario en su terraza. Abril comenzaba en Marzo, y sólo para ella. Ella sola, como el tulipán de duro tallo y vestido irisado…

Ella, el amor, la luna y la muerte.

Después del amor y la luna, vino a visitarla la muerte.
Una muerte vieja, conocida, que todo lo despelleja. Ella asintió. La esperaba hacía milenios. El amor de antes de la luna ya le anunciaba el amor, y este la muerte venidera.
 Hartazgo de muerte- pensaba ella, que moría interminablemente a cada luna, con cada nuevo amor…
 La primera vez, muy joven, embrutecida, por creer que cualquiera podía tomarla sin más. La luz se hizo, y vio a su amor del brazo de otra, y allí vinieron su primera Luna y la muerte, un abismo.
Muerte buscada para descanso de su dolido corazón, que no llegaba nunca pues se trataba de eso: de morir lentamente, con cada Luna, con cada atisbo de ternura y amor.

Se consolaba huyendo a cientos de miles de kilómetros, pero allí donde fuere la alcanzaba el fatídico destino de Luna, Amor y Muerte. Por más desiertos que alcanzó, mares encontrados al azar en los que purificar su cuerpo maltratado, siempre le llegaba la extraña maldición. El Amor, la Luna y la Muerte.

ELLA, LA RARA NIÑA POLÍTICA….

Desde que la fiebre se había apoderado de su garganta , la que le impedía llorar y casi hablar, recordó cuantas veces sintió la misma fiebre, de niña, sin saber lo que era. Ahora podía ponerle nombre a aquella enfermedad. Se llamaba familia, dolor y corazón desgarrado.

Su hado, el de la música portuguesa de sus abuelas, la acarició en la gélida mañana de Marzo.


Recordó Marruecos y su maldad, dónde jamás imaginó que pudiera pasar algo tan cruel. Recordó, uno a uno, los días de su infancia, en su propia casa. Desde que pisó el país por segunda vez, allá por el año 2000 empezó a llorar, interminablemente, durante treinta y cinco días, sin parar.
Alcoholizada, huía con sus botellas a la casa de la Mezquita grande de Talborjt. Allí esperaba a que dieran las tres bebiendo, hasta cuando el muecín llamaba a la oración de madrugada. Era el único momento de su larga vida en que se sentía acompañada de alguien, sólo por las palabras. Palabras de un Dios que ellos habían hecho caníbal. Que devoraba todo, hombres, niñas, niños, mujeres.

Huyó de la casa del borracho de Agadir, que era primo de un gendarme real, de esos que dan pánico a los pobres, por su poder sobre la vida y la muerte. Y encontró aquella casa en el medio de la ciudad, desde dónde se escuchaba al muecín, sentada en su terraza con jardín, de borracha europea. Sólo ella escapaba a la tortura en aquel país maldito. Desde niña, se había entrenado para escurrirse de ella con su familia.
Eran ellos los torturadores. 
Unos la violaban, otros la esperaban sádicamente con jeringas de cristal a la puerta, cuando regresaba de su colegio infantil. Ella la brillante niña-bailarina, la estudiosa, tenida como ejemplo…
Todos la despreciaban y le decían palabras hirientes, que ella aprendió a saborear en su inocencia infantil. Tenían sabor de sangre seca, como cuando te dan un puñetazo en la boca. Se convirtieron en su desayuno, su almuerzo, y su cena. Así dejó de comer.

 Sólo le ponían una pega, era demasiado vieja para ser niña. Pensaba demasiado. Eso era muy peligroso en aquella casa y en aquellos tiempos. ¡Quiá, una niña política! ¡Dónde iremos a parar! Decían, o pensaban todos, mientras la marginaban, como a una loca. ¿Dónde se vio una niña con gorra de Ulianov Ilich, Lenin? ¡Qué antipática!

Todos los insultos en su niñez, la curtieron. La hicieron hermana del hombre-huevo de Alicia a través del espejo. Se adueñó de la palabra para defenderse.

Escribió al embajador soviético de 1978 con sólo ocho años. Él le respondió. Le mandó un sobre muy grande lleno de prospectos turísticos, rutas aéreas, fotos de ciudades maravillosas que se llamaban Leningrado. Dentro del sobre había una carta invitándola a visitar su país, que ella hubiera abrazado con los ojos cerrados. El embajador no sabía en qué tipo de mazmorra andaba encerrada, ella, sólo una niña. Mentalmente contempló los edificios de la “Perspectiva Nevsky”, que atesoró en el fondo de su corazón.

 Recordó su conversación con la hermosa muchacha del vestido de flores azules: “…No me siento de ningún lugar…”
A partir de ahí, esa fue su familia y ese su país.