La base impositiva del amor…

CañadaCaraNorteTeide2

«Presupuestable y accesoria. Desgravable y caritativa…» otra cosa no puedes ser.

Todo se volvía en contra de su amor libre: no era rentable. Una mujer libre, anárquica e ingobernable como ella, no lo era.

Jamás pagaba por unas migajas de ser humano, y eso la convertía en un ser desgraciado, de pura inteligencia.

Deseó ser inconsciente, poco inteligente y conformable para poder ser feliz por un largo tiempo. Sumergirse en la niebla de la ignorancia para que le devolvieran sus lágrimas derramadas por un Bagdad bombardeado.

¿Quién le devolvería sus lagrimas en América del Sur y África? Llanto desconsolado por un amor que no existe, repetida la búsqueda exhaustivamente, repetida la caída en la decepción una y quinientas veces.

Rayada, como un viejo disco de vinilo, llorando de nuevo por las bombas en los colegios de Gaza que matan niños.
Poco acostumbrada a un país de camareros y obreros de la construcción en que se había convertido el planeta Tierra, engrosó la cola del desamor que borró de un golpe certero cualquier atisbo de ilusión de su rostro.

De ahí en adelante paseó sombríamente por la calle, para comprar comida y poco más, superviviente de un mundo que treinta años atrás la saludaba con la inconsistencia de lo mucho que había por inventar.

Hoy, el lodo la saludaba sin sonrisas ante lo precario de comprar un pan y nuevamente se sintió sin valor añadido, sin plusvalía posible que generar, en un mundo hipotecado, al que la gente llegaría jubilada más tarde, por la gracia del amor con base impositiva.
El libro le vomitó todas sus palabras en la cara y lo cerró de golpe, asustada por lo abrupto del nacimiento de éste al mundo real.

Se dejó arrastrar, en un mundo en el que hasta las palabras, cual conjura, se confabulaban contra ella.
Aparcó su victimismo, y desató sus cabellos que acudieron en una catarata de rizos a cubrirle la cara, sin derramar ni una sola lágrima más, cumpliendo el juramento que hizo una vez en la plaza de la Esperanza de Agadir…
La ventanilla del tren la devolvió a la realidad de un paisaje volcánico, pensó que se parecía a Japón y le recordó también a su infancia.

Lanzarote y Marrakesh, tantas coincidencias en su vida, en su corazón. Su propia imagen reflejada en la ventanilla la sacó del ensimismamiento, y las voces hablando en árabe le dieron una noción exacta de dónde se encontraba.

Ajustó su pañuelo en la cabeza y hundió su cara tras las gafas de sol. Consciente de estar sola en un mundo hostil que no reconoce más talento que la estafa, la trama y la pérdida siempre del mismo lado, se defendió con lo único que le restaba, que no era poco, y se sintió acariciada de nuevo por su amada soledad.

Cada uno a sus teclas…


Cada uno a sus teclas: Scarlatti a las suyas, magníficas en el piano, y Farah a las suyas, llenas de letras que, reuniéndose, iban formando un cuerpo de poema que hablaba de unos y otros, como él hilvanaba su melodía, en aquella maestría preciosa…
Así los dos reunidos en solitaria comunión, Scarlatti a través del torrente de ondas de la radio y ella enchufada y asomándose de nuevo a su ordenador, los dos perdidos en el universo, ella ahora y él desde el pasado, reviviendo a través del sonido de la música, en la cocina, hablando a pesar de la distancia y la imposibilidad. Pensó cuanta gente como ella se comunicaba con personas inexistentes, anónimas y sin rostro. Día tras día, aún teniéndolas enfrente. Cara a cara era más fácil y difícil, como le resultaba a ella con aquel hombre de barba bonita, que la rechazaba porque no la entendía. Incomprendidos los dos, establecían su diálogo una y otra vez, para acabar Farah, contando los minutos que él tardaba en no responderle. Era muchísimo más fácil hablar con la melodía del piano, llena de diferentes sensaciones, transmitidas por el caudal de notas, ora en riada apabullante ora en sólido teclear concienzudo, cual gotas de agua resonando en su tejado en invierno. Igualmente el piano no la escuchaba a ella y se cansó de hablar sola. Volvería a su incomprensible idioma que atañe a pájaros, peces y seres difíciles de conmover pero no imposibles, como el hombre de la barba bonita.
Impredecible Urano, distante en su lejanía de orbita de antena de radio, de extraña sonrisa y timidez casi infantil. Su nombre de estatua resonó en silencio en la mente de la muchacha que se sintió destronada por la pregunta de él sobre el amor durante aquella conversación obligadamente frívola y condenada a lo superficial desde aquel momento. Se sentía cada vez más sola y alejada de la orbita de Urano, ensimismado en su perdida del amor de días atrás. Gravitó en la orbita pesada de Saturno y su eterna responsabilidad excesiva, y sintió su mente flotar en las notas graves del piano en su escalada final. Abandonada a su propia suerte, la muchacha continuó aporreando sus teclas con la furia de Scarlatti en su melodía, con diferente resultado, pero idéntico desasosiego final.
Pensó fugazmente en lo inútil de las flores en los cementerios, aguardando a unos seres que habían viajado lejos, huyendo de la confusión. Del amor incomprendido y del estafado. De la enfermedad. Todos los muertos recostados en alegre sucesión llena de aromas de flores, de esqueletos, conservados los vestidos y con unos cabellos ralos. Sintió la dicha de abandonarse a lo imposible y se vio a si misma como un esqueleto sentado en una silla, los huesos de los dedos apoyados en las teclas, escribiéndole a la nada. Sintió la compañía de todos aquellos seres invisibles que la miraban en su delirio desde el plano de la muerte. Se sintió tan bien que se fue recostando encima de las teclas hasta sumirse en un sueño de violines acompañada por la radio devanadora de orquestas clásicas. Echó de menos al hombre de la barba bonita y se sintió arropada por lo triste de su falta. A la cita de su teclear juntos y de sus preguntas sin respuestas, esperando aún en el espacio, hasta que los esqueletos las alcanzaran…

Farah y la invitacion


La había invitado a desaparecer con él. De sumo agrado desaparecería para siempre, para evitar lo cotidiano de los días y lo tedioso de vivir en un mundo sin optimismo.
Pero desaparecería sola, no con cualquiera que la invitase… Desde los días en que hasta la ducha tenía sentido, no recordaba nada. Entró de repente en una neblina en la que no existía nada, todo desdibujándose en jirones de vida desarrapada, sin sentido y siempre a la espera. A la espera de que el mundo cambie, de que la gente viva animada por la mentira, de nuevo. Mentira aciaga producida por los Bancos y su poderoso afán por el dinero. Nunca más se sintió del lado de los borrachos, ni de los que les faltaba un brazo. Tampoco de los que hablaban con extrañas palabras y sin sombras en el rostro.
Deseó desaparecer, una y mil veces que volviese a nacer, y aparecer en un lugar en el que las cosas tuvieran sentido. En un lugar en el que el amor de los quince años fuera posible para ella, que jamás lo había conocido… Arrebatados sus comienzos en la vida por el maltrato, que ya le parecía natural. Cualquier cosa le daba lo mismo y ya no la podía conmover nada, solo algunas palabras sueltas aquí y allá. Algún gesto, solo pocas miradas, casi ningún sonido, podían llegar ya a su alma cansada por el hastío de haber vivido mil y un años. Ni siquiera la amistad pretendida podía convencerla ya de que algo era real; todo lo veía a través de aquella niebla enfermiza, con olor nauseabundo, en que se había convertido el mundo.
Surgió de la nada, como un pez que se asoma a la superficie para, en un salto majestuoso, volver a hundirse en las profundidades del océano. Fue sólo un atisbo de libertad que duró treinta años, como las guerras antiguas, pero que la dejaron sumida para siempre en la posibilidad. Sin más argumento que ese se revolvió en su asiento y acarició las teclas del piano, deseando ser ella también melodía. Pudo sentir como la música le acariciaba el alma y gracias a eso pudo sentir que la niebla tenía, a veces, sentido. Que algunas personas habían sido fundamentales en su vida ya era una certeza para ella. Para bien o para mal se habían quedado para siempre en su piel de mil y un años: unos como cicatrices, otros como bellos recuerdos que la desesperaban por ser sólo eso, recuerdos. La necesidad de volver a la vida la llamó y ella deseaba ignorarla, adormecerse para siempre en la niebla de morir en lo pútrido, de no despertar más en aquella incertidumbre que era la vida.
Se alejó del piano cerrando la tapa y dejó de ver los dientes blancos y negros que le habían sonreído por algunos momentos, mientras Chopin le acercaba el largo invierno en que se había transformado su vida. Levantándose decidió rechazar la invitación de él para desaparecer juntos para así, permanecer fiel a sus recuerdos…

Farah, la gaviota y el temporal


Una gaviota atravesó el cielo ante la atónita mirada de Farah, su graznido atronó la mañana gris y presintió algo extraño en el ambiente. Su forma de comunicarse con todo tipo de aves y pájaros le agradaba cada vez más y, sin darse cuenta, la alejaba cada vez más de aquel mundo de comisiones, reuniones y banderas. En el fondo de su alma sabía que había nacido para comunicarse con pájaros, perros y demás animales, y no para sufrir aquella incomunicación con los de su propia especie. La falta de un abrazo que la consolara en aquel frío de plomo de Enero, la aturdía y hacía que se sintiera como en un sueño. Sólo un abrazo real, cálido y sincero la transportaría de nuevo a lo vano del pasar los días y su alma anheló la presencia masculina de un hombre pájaro que hablara su lengua…
Su idioma era, por fin, una lengua de gorjeos, graznidos y canturreos, como la de los indios de Amazonía, presurosa y algo ronca, desde que la nube no la dejaba respirar con soltura, como a ella le gustaba. Necesitaba la fuerza de un hombre con majestuosas alas, que la acogiera en su seno y la llevara por el mundo, hasta que sus propias alas brotaran de su delgado cuerpo y pudiera volar a su lado, lejos de aquel cielo plomizo en el que las gaviotas huían del mar ante la llegada de una nueva tempestad. Sólo había tropezado con insignificantes gorriones, menudos cernícalos prestos a volar sin esfuerzo, o apestosos buitres que venían a devorar el cuerpo que ya no le servía para ser Farah, en su nueva forma de india con alas, y deseaba con toda su alma que apareciera, igual que la gaviota, quizás perdido por lo turbulento de alguna tormenta que le hubiese aturdido, un hombre pájaro de grandes alas y pecho fuerte, capaz de bramar como una fiera para alejar a toda aquella muchedumbre insignificante que entorpecía su andar por la vida.
Observó como los hombres volvían tambaleándose por la cerveza a sus solitarios hogares, y se retiró al interior de la casa para escuchar el silencio con fruición, tarea imposible entre las voces infantiles lejanas y el chirriar de una cama, en la que por lo rápido del ritmo, disfrutaban de una manera escandalosa que le pareció deliciosa. Habló por teléfono varias veces y adaptaba su voz a cada idioma diferente, uno por cada persona que la llamó, sintiendo la urgente falta de una voz gruesa que le hablase con gorjeos, cantos, arrullos y graznidos, para sentirse por fin en su puñetera casa…

TRES LETRINHAS…

El poder de la palabra «Si» acarició su oído, mientras la tarde caía con una suave luz azul.
La desilusión acarició su alma y recordó los dulces besos que la vida le había regalado…
La música la acompañó en aquella soledad deseada, buscada hasta que por fin había llegado para quedarse para siempre

.Miró el dulce rostro de la loba Habiba y se sintió mejor que nunca. Al fin una compañera que corría con ella por la pradera de la ciudad, sin permitir que sus afanes las interrumpieran.
Una relación perfecta, comenzada cinco mil años atrás, cuando Farah era joven y nació la lobezna mas vivaracha del bosque.
 Aún se extrañaba de que solo ella pudiera ver cuan vieja era, como en un milagro, mientras los demás la veían como si fuera una chiquilla que aún correteaba por las estrechas callejuelas de la Medina.
 Atrás había quedado el azul de su pueblo y aquellas teclas desdentadas del piano del bar, en el que cantaban las mujeres, sin saber que en unos años aquello ya no existiría.
Una ola de pavor y de desolación habían acabado con la voz de Rimitti y los acordes del piano argelino que la adornaba. Solo ver su mano pintada con henna le recordaba algo de su feliz infancia.

Atrás sus años de juventud en una Barcelona gris y llena de gente de todo el mundo, cuando aun la palabra inmigración no existía…

Lo exótico de sus cabellos rojos, sus manos tatuadas y su barbilla dibujada no habían llegado aún a ser el hastío de una Europa agotada y vacía. Cuando en las noches andaba por aquel callejón del Raval, de la mano de un motero italiano con una barba rubia, no existía aquel muro invisible que ahora la insultaba, llamándola bárbara, africana, musulmana de mierda…

«Es que los musulmanes no aceptan a los demás …» era la coletilla que adornaba el comentario anterior.

«Es que los gitanos quieren acabar con nuestro país…»

Tenía que escuchar una y otra vez, mientras su corazón de gitana se revolvía en la tristeza de lo imposible, un mundo como el que ella había conocido, de fronteras lejanas, con todo por descubrir…

Intente proteger a los que están a su alrededor…


«Intente proteger a los que están a su alrededor del humo del tabaco», leyó mientras pensaba que algunas personas deberían llevar la misma leyenda a un lado de su cuerpo.
 El amor tóxico sería para siempre, y desde ahora, una nueva enfermedad, a extinguir, con posibles vacunas que alejen de nosotros a los infieles amantes que tengan el propósito de envenenarnos para, después de vernos torpes y sin defensas, lanzar su ataque certero contra nuestro corazón.
Enferma por el veneno acumulado, Farah seguía sin entender nada de su vida, tambaleándose de un libro a otro, sin lograr comprender nada de lo que leía. Y lo que era aún peor, sin poder articular nada más que aquel discurso viejo sobre falsedades y narcisistas, que ya le olía a chamusquina hasta a ella misma. Comprendió entonces que el propio veneno no la dejaba razonar con claridad, una vez vencida su paciencia y su tesón…
Avanzó por el interminable pasillo de su diaria rutina y sacrificó toda su escasa inocencia en pos de comprender que mecanismo la llevaba a enredarse cada vez más en aquel amor tóxico, que todo lo puede y nada deja sin contaminar.
 Llenó sus plantas de agua y vio como la saludaban, envenenadas ellas también por el calor africano y la falta de emociones, viviendo en aquella reserva de plástico en que se había convertido la tierra para ellas. No dejaba de sonrojarse, hablando en el silencio con sus plantas, con un seguro diagnóstico que ella no conocía, y las sintió sus hermanas, descoloridas y perdiendo las hojas todas ellas, mujeres y plantas, en aquella casa marchitándose por segundos.
No deseaba ya andar a la orilla del mar, ni oler el perfume del bosque, ni en invierno ni en verano, y sintió como la amargura estaba tomando cuenta de su rumbo, adornando el interminable pasillo por el que discurría todo: amor, suciedad y plantas resecas en aquella triste, y diaria, sangría a la vida en que se convertían los días grises de Farah, estafada por Bill y su sonrisa de oro…
No dejó de recordar la advertencia coránica sobre lo verde de las cosechas que un día amarilleará, llevándose consigo la alegría de lo mundano y se sintió vieja, muy vieja en su carrera meteórica por el amarillear del amor en su vida.
 Un capítulo más en su historia médica sería aquel diagnóstico de planta: hojas amarillentas y tronco reseco. Una medicina de reverdecer para amarillear eternamente sería el tratamiento indicado por el tóxico doctor: la vida

LOS PÁJAROS CONTRA ELLA


Cuando aparecieron dos cernícalos volando delante de su terraza, Farah supo que algo nuevo venía a su vida, e inconscientemente se aterrorizó, al tiempo que se predispuso a aceptar la nueva experiencia.
Años de estudiar los signos le habían hecho amar a aquellos pájaros portadores de nuevas, que más de una vez le habían dado un picotazo en el alma, haciendo jirones de carne ensangrentada su corazón…
Llegó un nuevo mensaje y se sorprendió al ver quién lo enviaba.
De nuevo sumergida en aquel laberinto de hombres-niño que buscaban su alma de anciana para que les guiase en su andadura, a ciegas por las emociones. Ella había llegado a comprender, que no tenían la culpa de haber sido educados en aquel juego de poder, que muchas veces les restaba inteligencia. Una inteligencia alejada del intelecto, que solo viene del corazón hecho jirones ensangrentados que tenemos las mujeres.
Puro nervio de acero en el caso de ellos, de plata muy vieja en el caso de ellas…

La música de muchos años atrás le acarició el cuello, y se sintió serena y confiada, como decía la cantante, al abrir el mensaje de su correo.
Un hombre-niño solicitaba su perdón por haber sido descortés, extraño, ridículo, explicándole que había sido causado por el amor que sentía por otra persona, y que le había hecho sentirse deshonrado. Sin honor al mentirles a las dos-que cosa tan tierna y tan infantil- pensó Farah, y le perdonó al instante, no sin antes herirle en lo más profundo, conociendo su miedo por la locura y el escándalo, escupido por ella en la conversación.

Se sintió feliz de haber mudado aquella piel hacia años. Feliz en su suerte por ser reptil, avanzó hacia su paquete de cigarrillos. Deseó hacer su maleta con pausa y guardar en ella pocas cosas, las justas para emprender un viaje que le mostrara algo completamente alejado del asfixiante meter la llave siempre en la misma puerta.
Quitó los cabellos que caían en su frente y apuró el humo tóxico que le transmitió el amor por lo letal, atesorado en tantas baladas de adolescencia.

Explicó al triste niño deshonrado que seria más fácil ser amigos, hablar sobre lo lúdico y falto de amor de un encuentro intimo, sin aspirar a ser héroes de novela. Sin corazones desgarrados, sin previos agravios, sin sufrimientos dramáticos, nada de eso era necesario para encontrarse desnudos frente a frente, en la nada, cosa natural en su vida de desierto.
Tan desgarrados como los gritos de los cernícalos. Hablándole al viento para buscar su corriente y volar sin gastar energía, disfrutando del placer de suspenderse en el aire. Por el puro y simple placer de volar, de disfrutar de sus alas sin culpabilidades, algo para lo que estaba completamente preparada.

Mentalmente deshizo su maleta y volvió a quedarse en el universo de la llave. Todos los días la mismísima llave, entrando en la misma puerta, placer descubierto en unos segundos, y que a veces es imposible percibir. Sobre todo cuando uno es un pájaro y solo quiere volar…