Farah, la gaviota y el temporal


Una gaviota atravesó el cielo ante la atónita mirada de Farah, su graznido atronó la mañana gris y presintió algo extraño en el ambiente. Su forma de comunicarse con todo tipo de aves y pájaros le agradaba cada vez más y, sin darse cuenta, la alejaba cada vez más de aquel mundo de comisiones, reuniones y banderas. En el fondo de su alma sabía que había nacido para comunicarse con pájaros, perros y demás animales, y no para sufrir aquella incomunicación con los de su propia especie. La falta de un abrazo que la consolara en aquel frío de plomo de Enero, la aturdía y hacía que se sintiera como en un sueño. Sólo un abrazo real, cálido y sincero la transportaría de nuevo a lo vano del pasar los días y su alma anheló la presencia masculina de un hombre pájaro que hablara su lengua…
Su idioma era, por fin, una lengua de gorjeos, graznidos y canturreos, como la de los indios de Amazonía, presurosa y algo ronca, desde que la nube no la dejaba respirar con soltura, como a ella le gustaba. Necesitaba la fuerza de un hombre con majestuosas alas, que la acogiera en su seno y la llevara por el mundo, hasta que sus propias alas brotaran de su delgado cuerpo y pudiera volar a su lado, lejos de aquel cielo plomizo en el que las gaviotas huían del mar ante la llegada de una nueva tempestad. Sólo había tropezado con insignificantes gorriones, menudos cernícalos prestos a volar sin esfuerzo, o apestosos buitres que venían a devorar el cuerpo que ya no le servía para ser Farah, en su nueva forma de india con alas, y deseaba con toda su alma que apareciera, igual que la gaviota, quizás perdido por lo turbulento de alguna tormenta que le hubiese aturdido, un hombre pájaro de grandes alas y pecho fuerte, capaz de bramar como una fiera para alejar a toda aquella muchedumbre insignificante que entorpecía su andar por la vida.
Observó como los hombres volvían tambaleándose por la cerveza a sus solitarios hogares, y se retiró al interior de la casa para escuchar el silencio con fruición, tarea imposible entre las voces infantiles lejanas y el chirriar de una cama, en la que por lo rápido del ritmo, disfrutaban de una manera escandalosa que le pareció deliciosa. Habló por teléfono varias veces y adaptaba su voz a cada idioma diferente, uno por cada persona que la llamó, sintiendo la urgente falta de una voz gruesa que le hablase con gorjeos, cantos, arrullos y graznidos, para sentirse por fin en su puñetera casa…

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