Farah, el desamor y la oración del Viernes.

Se refugió en las palabras del muecín recitando una surah muy larga del Corán. Lo sucedido la noche anterior la había dejado muy deprimida, con el peso a sus espaldas de toda la nación árabe, la Umma…

Había contemplado en pantalla panorámica de los mesieus, la tragedia de su pueblo, llamado indígena por los colonialistas para convertirlos en subclase de su mundo maquiavélico y podrido.

La indiferencia de Riccardo ante el drama contemplado en el cine, previa discusión por su frecuencia a la hora de tener sexo la habían dejado al borde del colapso emocional. No sabía como salir de aquel agujero en el que ella solita se había sumido, al abrirle la puerta de su casa, habiendo jurado que lo había expulsado de su vida para siempre.

Se sentía despreciada y nada valorada en su esencia de mujer, trabajadora y luchadora infatigable contra el mundo de los mesieus. En el fondo, él era otro más de ellos. Pertenecía a su mundo, por mucho que quisiera escapar. Farah pensó con amargura que nunca es equivalente lo que uno desearía a la obvia y objetiva realidad de cada uno. Se vio obligada a subjetivizarse, para poder sumergirse en el mundo cotidiano, con sus varias explosiones volcánicas a lo largo del día…

Deseaba que el muecín terminase su recitación, para ir a sus cosas más vulgares, en las que se refugiaría del desamor más grande en sus últimos cinco años.

La oración la calmó y la centró, y esperaba con avidez la recitación de sus surahs favoritas, la 113 y la 114, para desembarazarse definitivamente de la negrura que el abandono de aquel hombre le haría sufrir de nuevo. Quería deshacerse de aquella energía antes de que la tocase. No quiso más impurezas a su alrededor y salió, enjugándose las lágrimas, colocando sus gafas de sol para que nadie la viera llorar…

De Farah, por fin en su propia piel.


Al final, había hipado mentalmente un par de veces para salir del amor de los mequetrefes y luego se enfundó su propia piel, retirando las de Antígona y Penélope, no sin antes agradecerles lo mucho que la habían ayudado.

Se sintió bien de nuevo al volverse a sentir a si misma, saboreando la mujer libre, autónoma y decidida que era, y en silencio lo agradeció a su padre, caído en la batalla contra aquella máquina que lo muele todo, que es la vida.

Perdió las ganas de enfrentarse en guerras contra jequesas y bolsos habladores para ganar en independencia, creatividad y diligencia, lo cual devino en una gran sucesión de cosas que se pusieron en marcha, una vez supo que jamás se conformaría con el amor imberbe de aquellos mequetrefes.

 

Sabía que se lo pondrían difícil, todos los saboteadores habituales, pero esta vez era diferente, ya podía ponerles cara, voz y hasta nombre. Abandonó a cada mamarracho que había tenido de amante y por cada uno que abandonaba le salía una escama nueva en la piel, de un color multicolor como un arco iris.

Se estaba convirtiendo en una bella ofidia adulta, capaz de amar con tal intensidad que la llevaría a las más altas cimas de la sabiduría y la comprensión. Nunca más necesitó recurrir a los horóscopos, y ellos al verla lloraban, por haberse quedado en el paro.

Realmente se sentía bien en su nueva piel. Se sentía aliviada de abandonar tragedias que deberían vivir los que las causaban y ella se desembarazó del peso grave del amor, para vivir como siempre había vivido: absolutamente libre y desapegada de los afectos engañosos, que no la dejaban explorar el mundo como a ella le gustaba, sin interferencias. Tomó su espada, su cola de crin de caballo y se alzó, dando el famoso grito que hace huir a los muertos para devolverlos a sus tumbas definitivamente.

Pensó en su vestido rojo, de cosmonauta, hecho con hilo de cobre y plata, y deseó vestirlo para enfrentar, una vez más la nimiedad de la guerra diaria, que la entristecía sobremanera. Sólo la consolaba el recuerdo de haber sido muy amada, de haber tenido varias oportunidades de saciar su sed de compañía, una sed que a veces la había hecho abrir la boca a la orilla del océano, para beberlo de un golpe.

Pero comprobó que cuando uno sacia su sed de esta manera, también traga piedras y algas del fondo, amén de troncos arrastrados por las corrientes y algún cadáver de ahogado, que ha bailado la danza de la muerte durante meses en el fondo.

Se dispuso a enfrentar un nuevo día, animada por sus nuevas herramientas, ¡que ocurrencia! una cola de crin de caballo… Y se sintió animada por la presencia de su espada, un florín curvado a la manera otomana con el que degollaría a cuanto mequetrefe se acercara a su vida…

De Farah, hilando para sortear el destino.

Retornó a su oficio de aguja e hilo y cosió el lienzo de su diván. Pensaba, así, eludir la borrasca de la muchedumbre que se cernía sobre los dictadores árabes, pero una vez más era tarde: ya se había manifestado a favor de la turba que gritaba Libertad hablando con su amiga Maruja.

Agotada por la velada de la noche anterior, un cúmulo de groserías, vampiros antiguos muy ajados y muy poca música, había sorteado como había podido el devenir de la noche y despertó con un dolor de cabeza terrible. La pesadumbre de haber perdido su autonomía en pos de un hombre que la ignoraba, la irritaba sobremanera.

Pasó la mañana de un humor de fascistas y se desquitó en la peluquería de sus amigas, donde la pusieron al teléfono para que espantase definitivamente a uno de esos comerciales acosadores.

Una vez hubo cosido el lienzo, negro, verde, rojo y blanco, un diseño oriental que perpetraba los colores de Afganistán en silencio, se sintió transformada en Penélope, capaz de resistir la hipocresía y el agravio de la multitud, en espera del regreso de su amado Ulises, a quién no podía poner rostro dado el largo tiempo que habían permanecido separados. Aún así el amor le brotaba de lo más hondo de las tripas y temió que anidara en su vientre la serpiente de los celos o la del desamor.

Saltó de júbilo al comprobar en la televisión panorámica de su madre la llegada del Año Nuevo chino que prometía iluminar, con una sonrisa de gato fumador, la perspectiva de la corrupción de las fuerzas del orden de Rusia, que perpetraban en pleno aeropuerto de Moscú la más insospechadas tropelías contra los viajeros del Cáucaso y otras regiones remotas de Asia. Todo quedaría en promesas, pensó Farah mientras saboreaba una bebida de guaraná; ya estaba acostumbrada a la desidia instalada en los humanos. En el fondo prefería la tozudez de pavos y gallinas que revoloteaban en su jardín, a falta de un paisaje desértico que la consolase.

Pensó en la soledad infinita, compañera de cerros y marismas, mientras ansiaba la llegada de su amado Ulises, fiel compañero, que la ayudaría en la ascensión de una roca de 2.700 metros, llenando la cañada de risas, besos y algún furtivo amasijo de carnes entre las arenas y piedras de la meseta anterior a la maravillosa montaña, en cuya cima jamás se separarían, firmando en el silencio del cielo su unión milenaria.

Farah, los esclavos y la Luna.

Alagoas

 

Observó como las nubes de tormenta pasaban veloces, dejando ver un pequeño fulgor de la Luna que se retiraba para vencerla el Sol en su batalla diaria.

Otro día comenzaría y los humanos, humanóides y demás antropomorfos que se creen humanos, irían a cumplir su función de esclavo de los poderosos.

Recordó como un hombre hacía de bestia arrastrando tras de si un carro lleno hasta los topes de mercancías, en el Comercio de Maceió, y al expresar su sorpresa, su amiga Claudinha le explicó que estaba incluso contento.

Comenzó a recordar en la conversación mantenida, no sabía ya si meses o años antes, con Malika cuando ella le dijo que había seres que sintiéndose humanos, no lo son. Ella los llamó extraterrestres pero Farah pensó rápidamente en los antropomorfos, aquellos antecesores del hombre que estaban a caballo entre los dos estados.

En Agadir observó atentamente al jardinero de su mansión de rica europea, que costaba dos tristes monedas para ella, y lo vio esconderse a la hora del almuerzo. Seguramente comería un “Kadillo”, nombre marroquí para los bocadillos, de atún en conserva con huevo duro, viviendo en una ciudad que tiene uno de los puertos pesqueros más importantes del país.

Recordó dulcemente el discurso del hombre que observa los pájaros, su feroz combate contra el Estado y la sociedad establecida que le habían hecho amarle desde el primer minuto que lo conoció. 

Pensó en la tristeza de otro día más conviviendo con este sufrimiento causado por un sistema que usa el crimen, la especulación y el miedo como armas de sometimiento.

En las muchachas cansadas al final de un día agotador de pie doblando camisetas de cualquier tienda. Los repartidores de mercancías, sometidos a la indomable presión de conducir un carruaje a gasolina, el oro líquido de los ricos, aquellos ricos tan civilizados y democráticos que habían matado a cinco millones de niños iraquíes durante el bloqueo a Saddam Husseín, por existir la norma de que las amoxyclinas eran susceptibles de convertirse en armas químicas.

Mientras, en Amazónia y en la tundra de Mongolia los mismos seres vivirían libres y respirando un aire tóxico que los millonarios empresarios les mandaban de regalo, para ver si morían de una vez y se cumplía el sueño de Winston Churchil de “acabar con el problema indígena”.

Se dispuso a lavar su cabello, y sentir el agua correr por su cuerpo, para así poder superar el asco que sentía al ser humana y no poder hacer nada por evitar toda aquella barbarie.

 

Farah, Muhammad y el automóvil.

Farah llevaba pensando varios días en que Muhammad llevaba mucho tiempo sin ir a clase. Esa noche, a la hora cierta, él llegó con su barba rubia de vikingo del norte de África, y la saludó. Preguntó algunas cosas de la clase, exámenes y demás detalles nimios, comparados con la intensidad de la mirada de ambos, como midiéndose. Ella le dijo que le daría su dirección de correo y así podrían hablar con calma sobre lo que le hiciese falta.

Al iniciarse la hora de clase se estableció un debate sobre el film de Roberto Benigni, “La vita é bella”, y Farah, como siempre la primera, de manera vehemente expresó cuantos claroscuros hay en los humanos y como la historia que narra queda suspendida entre los ladridos de los nazis y lo buenos-buenísimos que son los judíos y demás condenados al campo de concentración en el que transcurre la trama. Muhammad dijo que estaba de acuerdo con Farah en su visión e interpretación del argumento y la miró directamente a los ojos al decirlo. Acabó la clase y su compañera le contó que él esperó a que las dos se separaran, para acercarse en medio de la muchedumbre y hablar con Farah. Le dijo que le enviaría un correo y así ella tendría también su dirección. Se despidieron en árabe, con la sonrisa de él escuchándose por encima de las conversaciones anodinas que se tenían los demás alumnos en la puerta, feliz por escuchar hablar en la lengua de su madre.

Farah se entretuvo haciendo un cigarrillo con su compañera y fumaron caminando. Farah observó como Muhammad se alejaba en su automóvil mirándola fijamente desde la ventanilla cerrada…

Farah y la muchedumbre ciudadana.

Descansó en el timbre de la voz de María Callas, escuchando como versaba su plateada cascada por la garganta, y prestó atención a la frase “folla cittadina”. Exactamente de esa “muchedumbre ciudadana” acababa de huir, cerrando la puerta de la terraza con un estruendo.

La llamada de su amigo, al que no veía desde hacía doce años, la había llenado de alegría. Sintió como un ciclo se cerraba en su vida. Continuó laboriosa en sus artesanías, que iban desde teñir telas, pintar otras ya teñidas, y celar la marcha de los marcos de sus amados muñecos. Recordó la frase de Egipto “teje, tejedora, telas para usar y telas para honrar…”

Pasó de una música a otra, hasta aterrizar en María Callas cantando a Puccini. Su gramófono digital recorrió el piano pulsado de África, las voces infantiles del Sáhara y los trombones de Transilvania.

De vez en cuando iba a la terraza a apurar un cigarrillo, y fumó de varias clases: de tabaco puro de Brasil cultivado en Arapiraca, virginia americano y rubio inglés, saboreando cada uno de ellos mientras su espíritu revuelto se asentaba.

Observó con atención la baraja de Tarot, y vio como cada una de las figuras le hablaba, en un lenguaje telepático, de unos y de otros. Necesitó refugiarse en su querida baraja por la escaramuza que había tenido esa mañana con un supuesto “derwish”, al que expulsó con cajas destempladas de su casa, al decirle éste que encerrara a su querida loba Habiba. No había opción posible. Todos los que rechazaban a la pequeña loba, la rechazaban a ella, en una prueba de fuego alocada, inventada por ella misma.

Tomó una pastilla de gas de basurero napolitano, para el dolor de cabeza, y se dispuso para la noche, mientras María Callas cantaba en alemán un asunto de una muchacha llamada María, repitiendo un saludo romano, que ella entendía a la perfección de su paso por Volúbilis, “Ave María…”

Ilustración Diego Rivera «Alameda».

De Farah, Aneris y los demás chacales.

Farah huyó de Aneris, el jefe de los chacales y escondiéndose en el tronco de una palmera seca, rezó la surah 113 Al-Falaq, para alejar de sí la maldad, creada por Al Láh. Habiba, la lobezna fiel la acompañaba jadeando agazapadas las dos bajo el tronco que la providencia había transportado a la mitad del desierto. Farah había dejado atrás el pozo seco llamado “Del Amor” y buscaba, desesperada, donde abrevar sus bestias y beber ella misma, aunque fuera solo un poco de agua limosa, mezcla de arena y cal. Al enfilar la pendiente de una duna divisó las orejas de Aneris, el jefe malvado de los chacales, animal provisto por Anubis de un olfato capaz de oler las presas a miles de kilómetros en aquel océano de arena. La venían siguiendo desde que abandonase la hamada y chillaban en la noche sus nombres más ocultos, para así darle caza a ella, su rebaño de cabras y a la lobezna Habiba.

Desde que Farah había enviudado, pastoreaba su rebaño en soledad, en medio de aquella inmensidad que por la noche parecía el manto de su abuelo, bordado de millones de estrellas. La ley del desierto disponía que las viudas dispusiesen del ganado y las posesiones de su difunto marido. Así constaba en los mapas que habían trazado los “mesieú”, que habían cruzado sus tierras hacía más de tres Ramadán.

Farah lloraba todas las noches al recordar a su bello marido, sus travesías juntos por todo el país y la envidia que suscitaban al encontrarse con alguna caravana de conocidos o extraños.

Aneris, el jefe malvado de los chacales había despedazado su cuerpo, después de ser picado por tres escorpiones que murieron poco después. Así quedó sola, en compañía de la loba recién nacida, sus cabras y dos camellos. Sin hijos, rápidamente fue cortejada por varios hombres pero ella los rechazó uno por uno, mientras mecía un odre lleno de leche para hacer yogurt, escaso alimento que junto a los dátiles, y alguna cabra que ya no servía para dar leche, sacrificada en silencio, mirando a la Meca, como mandaban las leyes islámicas desde que su pueblo había llegado al Sáhara huyendo del Califa en su defensa de Fátima la hija de Muhammad.

Al igual que Fátima, la hija del amado Profeta al morir éste, le fueron arrebatados uno a uno todos sus bienes, por mucho que dijese la Ley no escrita del Sáhara, al no querer tomar un nuevo esposo. Llegada la noche encendía una lumbre para ahuyentar las alimañas y para calentarse, Farah y Habiba solas, navegando en pos de un sueño: ser libres y vivir en paz, tarea difícil desde que los hombres, sobre todo aquel profesor de la escuela coránica, bajito, calvo y con bigote, llamado Pilar, y la miríada de alumnos babosos que le rondaban siempre prestos a cumplir sus caprichos más repugnantes, habían azuzado contra ellas a Aneris, el jefe malvado de los chacales…