Farah mirando a la Luna.

La loba Habiba había recuperado sus ganas de corretear, ladrar y gruñir, y se sentía feliz de poder compartir con ella la vida. La miraba con grandes ojos saltones desde la alfombra del baño, mientras esperaba a que terminase de leer sentada en su trono de marca”Roca”. Leyó a Jane Bowles que se aprovechaba de un personaje de “Camp Cataract” para hacer una declaración de libertad: “…soy una gran admiradora de los nómadas, los vagabundos, los gitanos y los marinos…Me importa un bledo el sentirme parte de una comunidad, te lo aseguro…”

Aprovechó lo leído para asir su libertad y su feroz forma de conservarla. Contempló el armario que había terminado de pintar la tarde anterior. Se había pasado la puesta de sol contemplando la Luna, en su creciente, rodeada de un halo de humedad fantasmagórica. Intentó fotografiarla con su mini-cámara pero salía muy lejana, como si huyese de Farah.

Pensó, llena de presagios, en que esa tarde empezarían de nuevo sus clases, después de las vacaciones católicas a las que había asistido impasible, cual muñeco de nieve con una zanahoria por nariz. Deseaba estar con su compañera Marina para seguir su conversación eterna, que había comenzado el mismo minuto en que se conocieron. Pensó en los rudimentos de la frase, la colocación del tiempo verbal y se recogió en si misma, cual ermitaña.

Escuchaba un disco de Silvio Rodríguez, un disco muy viejo “Mujeres”, y su mente bailó con la entrada a la guitarra de “Río”, “hoy se que no hay nada imposible, anoche supe la verdad…”

Se sintió agotada en la espera de algún vaquero que la llevase a explorar el desierto de Nevada. Renunció a si misma tres veces, y comprendió que la mañana era su aliada para pintar, escribir, cocinar y salir a correr con la loba Habiba, su fiel compañera. Esperaría la noche para dirigirse a su instituto a enfrentarse a su destino, en forma de alumno despechado e inseguro, en forma de libro odiado y manoseado, en forma de profesor sin autoridad para contener aquel raudal de vagabundos, gitanos y marinos que su alma arrastraba desde la eternidad.

Farah, el modelo descarriado de vida y las notas para la Liberación.

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Farah encontró las notas que había tomado mientras mantenía una conversación de más de un mes con su amiga Felicísima.

Leyó cosas olvidadas, supuestamente, sobre sus miedos infantiles, sobre el amor y como ella lo relacionaba con lo decrepito, en fin unas notas alucinantes que hablaban de si misma y del mundo.

Releyó “el modelo descarriado de vida” que ella había fabricado en la adolescencia, para sobrevivir en un mundo caduco que ya no ayudaba a avanzar a nadie.

Acabada la Dictadura militar, Farah percibió que existía un vacío de poder y que todo tipo de códigos morales y normas civiles habían muerto con el dictador. Comenzó así un periplo infantil, que la llevó a descubrir personas mágicas, que siempre habían vivido en libertad y no en aquel pequeño establo que los militares, policías y su legión de chivatos habían tejido para sofocar cualquier atisbo de vida en aquel país desolado.

Empezó a mudar su forma de vestir y de arreglarse, y esto suscitaba el escándalo de vecinos y demás ciudadanos, acostumbrados al modelo único propuesto por la pequeña gestapo que era la sociedad.

Su madre lloraba mucho al verse sometida al escarnio público por el comportamiento de Farah y sus amigos subversivos. Su padre asentía en silencio a todos sus movimientos, viendo en la niña-mujer reflejarse todos sus sueños de libertad y de conquista del mundo.

Tropezó con una banda de «amigas» que la invitaron a fumar hashísh y a beber grandes dosis de alcohol, que combinaban con el comportamiento más antisocial y destructor que se había visto jamás en aquella pequeña ciudad provinciana del norte de África.

Los muchachos de su edad la temían y la veían como un bicho extraño, un pingüino lejos de la Antártida, que con un graznido de trompeta obturada, recitaba los bienes de la hoz y el martillo, portando insignias con la efigie de Lénin y otros diseños constructivistas.

Sus amigas mas ñoñas huyeron de su compañía, al convertirse en un ser imprevisible que las dejaba en ridículo, ante sus comportamientos convencionales y aquella ansia que todas parecían tener por enamorarse y tener un muchacho imberbe a su lado.

Ella marchaba en un desfile casi militar, de nuevo orden, desafiando al mundo con una camiseta y unas medias panty-cristal que dejaban ver su ropa interior, y los hombres la sorprendían leyendo “Novedades de Moscú”, un periódico cubano que traducía al español todas las novedades de la capital del Imperio de los Trabajadores.

Iba a la playa más concurrida de la ciudad y se bañaba totalmente desnuda, para descubrir que tres toallas más allá estaban los vecinos de su edad, riéndose a carcajadas de su cuerpo delgado, huesudo, con un pecho pequeño y poco atractivo. Se sentía cada vez más sola, decepcionada y una rebeldía feroz empezó a sustituir aquella voz angelical que cantaba con voz de solista en el coro de la iglesia de su barrio.

Echó a andar, a pasear su figura triste y deprimida por todos los rincones del planeta Tierra, y allá donde llegaba, esa misma sombra oscurecía todo, para que su brillo pudiera hacerse manifiesto. Todos querían apoderarse de aquel fulgor incandescente de la inocencia de Farah…

 

 

Fotografía: «Mujer de Chechénia» alrededor de 1900, autor desconocido.

Farah, los presagios y el pasado


Farah se había levantado esa mañana de un humor extraño. No sabía como explicar la naturaleza de su estado de ánimo, que danzaba en la fina línea entre los presagios acerca del futuro y el trauma del pasado. El pasado atufaba a carne humana quemada, orquesta de swing prohibida en el Berlín de 1938, oliendo a miedo de los que estuvieron en fila desnudos, en el frío invernal, para morir, y atmósfera gris-uniforme de dictadura. El futuro se presentaba aterrador aquella mañana.

Pensó con dulzura en el precioso muchacho, que pasaba unos días en casa de las viejas tiranas de enfrente, e identificó al hombre incipiente como autor de todos sus presagios. Se refugió en el pasado, apestando a canibalismo, para superar cualquier tipo de ilusión por un extraño que no iría a ver más de cinco días en su vida y desterró la idea del torso hirsuto del dulce hombre-muchacho, seguramente algún familiar de las ancianas involucrado en su tiranía.

El día anterior había estudiado su forma de comportarse con Betty-Boop, su amiga-muchacha, y llegaron a la conclusión de que el comportamiento del joven era un poco extraño. Tres días sin salir de aquella casa repleta de carne vieja, solo unas furtivas visitas a la terraza, en ropa interior, para apurar unos cigarrillos que parecían casi prohibidos. Él se había visto sorprendido por la aparición de Farah en la terraza, su mirada directa y su desparpajo a la hora de mostrarse, exactamente iguales los dos. Farah, se mostraba siempre vestida desde que fue sorprendida, unos días después de mudarse, en bragas, siendo escudriñada por una especie de chino latinoamericano desde la acera de enfrente, mientras ella hablaba con Riccardo. El dulce hombre-muchacho se mostraba sin ningún pudor en calzoncillos blancos, mostrando unos muslos fuertes y virginales, mientras fumaba uno de sus tres cigarrillos diarios.

Pensó en Riccardo, su pasado más inmediato y en el reencuentro tres años después. Se había sentido tan decepcionada con su actitud al encontrarla, de nuevo, en la casa que habían compartido. La mente se le llenó de pensamientos antropófagos, y deseó tragarse a Riccardo entero, para que nunca más defraudase a ninguna mujer. Un hombre extraño, aquel Riccardo que aún calzaba las mismas sandalias de tres años atrás, cuando ella lo despidió de su casa. Le pareció que con él, el tiempo se detenía para siempre, en una extraña capacidad que el hombre poseía para engañar a las mujeres, ocultando así su propia inseguridad masculina y su poco savoir-faire en materia femenina. Hubo de despedirlo de manera tajante, para que no hubiese ninguna duda sobre la actitud de Farah para con él, y nuevamente le abrió la puerta para que saliese de su vida, ésta vez para siempre.

Amber, la vieja nerviosa, y Farah.

Amber era una mujer que rondaba los sesenta años. Enjuta y de pellejo fláccido, manos hinchadas de fregar y voz cascada. Su conversación revelaba que era una mujer inculta, supersticiosa y malpensada. Amber andaba todo el día detrás de otra vieja del barrio, que daba de comer a los gatos callejeros. La vieja arrastraba tras de si a una perra más vieja que ella, si cabe. Usaba faldas negras bajas, y su aspecto le hacía recordar ciertos grabados que muestran a ancianas Rôm.

Amber estaba nerviosa y deseosa de que el viejo del estanco de los periódicos le hiciera caso. Pasaba todo el día allí dándole cháchara y el viejo se revolvía de disgusto pero halagado al mismo tiempo, muy masculino todo. Cuando el viejo o la mujer del viejo la echaban con cajas destempladas ella rondaba la calle de arriba a abajo haciéndose la que “pasaba por allí”. Sus nervios llegaban a tal punto que atisbaba la puerta del estanco, para ver si era su amado el que estaba trabajando o su mujer, que la espantaba en un segundo.

El quehacer frenético de Amber le recordó a Farah al suyo propio en pos de los hombres. De repente se sintió enjuta y de piel fláccida, y recordó como atisbaba en su ventana cuando algún hombre le decía que la visitaría. Sentía pena de Amber y de que se pusiera en ridículo por aquel viejo maloliente. Ella seguramente haría lo mismo con aquellos hombres que ella encontraba tan atractivos. En el fondo sólo serían unos proyectos de viejo maloliente, que acabarían como el viejo del estanco. Por suerte a Farah aún no se le había presentado ninguna esposa ultrajada a espantarla y amedrentarla…Pensó en su ogro tatuado y lo felices que se habían hecho mutuamente. Pensó también en sus mentiras y su forma mal resuelta de inventarlas. Lo del cumpleaños de la nieta ya había sido el colmo. Mientras lo decía ella le miró lanzándole un pensamiento de “se que estas mintiendo” y puso una expresión en su cara de desinterés por la conversación y por él mismo, que captó de inmediato. Nada de aquello era necesario y no aparecía un sólo hombre que pensara lo mismo que ella al respecto. Miró el reloj y apuró su bebida de jengibre con hierba limón, mientras enrollaba un cigarrillo…

Farah y el consejo de las Gitanas

Atesoró en su corazón el consejo de las viejas y recordó que le dijeron que la persona que ella amaba nunca era la misma que la amaba a ella. Escuchó la triste melodía de Transilvania y se contentó con el gruñir de su loba, enferma pero aún con ganas de batalla, exactamente igual a ella.

Recordó con amargura los días pasados, las fantasías del amor imposible, según las viejas gitanas, y la seriedad de Atenea cerró sus labios.

Vistió su mono de pintura, silenciosa, pétreos sus labios y acabó de lacar la vieja silla de la cocina. Seguiría por la mesa y luego el armario, Recordó la palabra armario en árabe y se contentó con su música, de ángeles para ella: “Jisán Al-Malabis”. Deseó que fuera, al pintarlo, un armario mágico y que guardara para ella el tesoro más preciado. Seguramente lo sería.

Conservó en su mente la imagen de la Plaza de la Revolución, en Bucarest, húmeda y de un color gris verdoso, azulado según los días.

Volvió a pensar en la viejas adivinadoras y en como ellas sabían de antemano todo lo que sucedería en su vida, si estaría enferma, si un espíritu la rondaba, pero con respecto al amor siempre había ausencia de palabras. Empezaban a hablarle de lo feliz que era ella consigo misma, para acabar diciéndole que no veían ningún hombre en su vida.

Deseó dibujar en su mano un ojo grande con tinta azul, para lograr verlo, después de bañarse con hierbas y flores, trenzar su cabello, después encender una vela finita y pequeña que flotara en el río.

Recordó los músicos, el piano, el violín, el címbalo y la endiablada forma de bailar de una muchacha joven, que palmoteaba sus piernas, manos y tobillos al ritmo frenético de una danza… Recordó las palabras del guapo saxofonista, que le había dicho mientras ella leía las cartas para él en la mesa de su cocina: “una verdadera chica Rôm”.

Farah y la Playa de los Artistas.

Amargo, dulce...

La aeronave surcó con un estruendo el cielo de la ciudad para enfilar la bahía y alejarse en dirección al océano Atlántico. Deseó estar volando en dirección a Brasil.

Recordó la luna llena lamiendo el mismo océano, en la Playa de los Artistas en Salvador de Bahía. Recordó las risas felices, el olor de la lluvia y sus sandalias planas del mercado de “Nazaré”.

Recordó el “Campo da Pólvora”, la casa de María y su baraja de póquer minúscula, desde la que adivinaba todo. Cuando le contó que había visto un genio con corona de rey, al lado de una zarigüeya que se columpiaba con el rabo en un arbusto del bar “Mordomía”, subiendo la Ladeira da Barra, ni se inmutó. Le dijo que el rey había venido para darle lo que desease, mientras le preparaba un elixir de Flores del Doctor Bach.

Vivió con intensidad aquellos días, que al final resultaron dos años, y nueve idas y venidas en un avión trasatlántico. Aún tenía presente el olor de las hierbas quemadas para agradar a algún Orixá, la música estremeciendo las viejas calles de Pelourinho y el sabor de las piñas de millo con mantequilla.

Recordaba las caras de tanta gente que se le aparecían de aquel río humano que es Brasil. Deseó el calor de cuarenta y seis grados centígrados y la humedad viscosa que se te adhiere a la piel. La gente oliendo a jabón de patchouly en el autobús, las miradas de sorpresa, de maldad, de deseo. Los buitres posados en la puerta de su trabajo, durmiendo en el dintel, esperando el amanecer.

Le pasó por la mente la fugaz imagen de un mendigo completamente desnudo, cubierto con solo un plástico transparente, que atravesaba aquella multitud de gente y su asombro ante la indiferencia de todos.

Soñó con la luz de la luna iluminando el mar lleno de metano de los manglares, de un color plateado. Mientras navegaba en un barquillo de cabotaje del “Recóncavo bahiano”y escuchaba las voces ajenas de mujeres, niños, hombres, todos deseando desembarcar y a la vez perdidos para siempre en aquel canal que separaba la ciudad de Valença de la isla de Morro de Sâo Paulo.

Recordó sus travesías en fin de semana en los ferrys que se llamaban “María Bethánia” y “Gal Costa” llevándola descalza a la isla de Itaparíca, acompañada de su amigo, vestido con pareo y sombrero Panamá…

 

«Turista», lápiz acuarelable y crayón.

Ilustración original de la Autora, sometida a Derechos de Reroducción con Licencia de Creative Commons.