De como “O Rei do Paletinho” destruyó su corazón.

Después de aquella sublime noche de amor, se sintió destruida por las palabras “Do rei”, que la había puesto en su sitio.
Se sintió como una ciega, a la que de un bofetón le hubieran devuelto la vista.
Después del clásico “quiero que seas mía”, dicho en el fragor de la batalla del amor incandescente, ella hasta llegó a creer que existía algo especial entre ellos.
Pasó el día arrobada en dulces pensamientos, hasta que decidió llamarle por teléfono, y él le dijo que las mujeres le perseguían pero que ella era especial. Especial, en aquel lenguaje masculino, tosco y duro, significaba que, ella era la puta, y las demás, literalmente, “mujeres de las que no le convenía deshacerse” con lo cual la posicionó como su concubina favorita.
Sintió asco de su alma, y su corazón estalló en millones de pedazos de asteroide de amor. Una vez más, de nuevo, otra vez, enfrentada a aquella competición absurda de la que ella anunció a “O rei”, que se retiraba, ya que las touaregs no competimos, está prohibido, y mucho más en materia de hombres.
La heredera de Tin-Hinan, que saltó de la Atlántida para vivir en el desierto, no era elegida. Ella, y todas las mujeres de su pueblo eran las que elegían, y eso era muy difícil, imposible de entender para un muchacho que estaba inmerso en aquella carrera frenética de competir por algo.
Maldijo la hora en la que decidió abandonar su celibato, dedicada a Hathor, en su oasis de Siwa, para recibir de nuevo al navegante negro.

Mirando el futuro.

Se balanceó en la noche., mientras su almohada le decía ¡levántate y emprende el camino! Así lo deseaba, librarse de todas aquellas indeseables, envidiosas de su genio y de su brillo de estrella fugaz.
Deseó cargar sus baúles, como Olivia Stone, y marcharse para desembarcar, con un camellero esperándola para llevarla a su pueblo. Escribir sus impresiones de cualquier roca que encontrase en el camino, pues allí estaba Dios y no en la Biblia. Adorar la llanura de la Hamada, con aquel color rojo fuego al atardecer.
Deseaba que la Diosa Fortuna le sonriese para que su raíz, aquel viaje inesperado, brotase, y mimarla, como se hace con las plantas cuando empiezan a despuntar. Quiso retener en su retina aquel color, a veces dorado, a veces blanco y a veces a la tarde rojo fuego. El mar resonaba en su oído, arrastrando los callados, roncando en la resaca de la ola. Echó de menos a su siamés, pegados los dos por el hombro desde que discutieron por García Lorca, y él logró convencerle. Pero entró en una catarsis, que le iba llevando cada vez más cerca de su sueño.

El chiquillo del desierto.

El chiquillo que correteaba por los arenales en compañía de sus primos, lanzándose desde la proa del barco que llegaba una vez a la semana al muelle, había vuelto después de treinta y cuatro años al pueblo y se había encontrado una mini-ciudad, parecida a las del sur de Marruecos, con una arquitectura abarrotada, dispar y como no, adornada por las megalómanas construcciones de la época autonómica.
Se sintió alegre comiendo con toda aquella familia tan llena de gente que un día, muy atrás en su infancia, le dio la alegría de vivir. Sentados a la mesa sintió como si el tiempo no hubiera pasado y retomaran la convivencia tantos años después en el mismo punto en el que la habían dejado. Se sintió con una cálida y agradable sensación de sentirse querido y apreciado con sinceridad.
Ahora rondaban en su cabeza miles de planes, que las estrellas de Fuerteventura irían construyendo para él con paciencia, condición indispensable para vivir en el desierto. Tanto buscó sin saber que el Paraíso estaba tan cerca y era tan familiar.
No vería arañas en las montañas sino que sabría reconocer los camellos y burros de su infancia. El mar serenó y templó su ánimo, y pensó en el trabajo que tenía por delante, para llegar de nuevo al pueblo de su Felicidad..

El animal salvaje.

Estaba ahí. Lo tenía delante de sus narices desde el día que nació y nunca lo hubiese visto de no haber sido por su hermana Robberta. El animal salvaje era ella, y ella se había construido su propia jaula, a fuerza de ser como Durga, la diosa guerrera, o Palas Atenea, la que nació de la cabeza de su padre, sin ser parida…
Se liberó al final de su amargo yugo de tristezas adornado con flechas de la Falange española en el documental que había visto el día anterior sobre la masacre de Extremadura, por el Ejército de África y los falangistas. Masacrando a viejas niños de 16 años, niños pastores que contemplaron el asesinato de sus madres.
Jamás podría ser feliz en un mundo así, en el que a nadie le importaban esas cosas, a juzgar por el escaso sonido del timbre de su teléfono de casa.
La falta de afinidad la alejaba cada vez más del mundo, y ya llegaba a sentir horror de salir de su casa, y enfrentarse a aquella marea, dirigible, inculta, capaz de cosas peores que aquellas de 1936. Una suerte de ojos enjuiciadores a los que les era imposible substraerse y mirar altiva y guerrera, desafiándolos en su triste ignorancia. Uniformados para sentirse acompañados, “formando parte de”, cosa que ella, nunca conseguiría.
Pensó que se parecía al dios Shiva que vivía como un eremita lleno de cenizas y con cueros de animales, y a la vez con su esposa Durga, ataviada con ropas preciosas, y armada hasta los dientes para vencer al diablo-búfalo.
Al final había sido parida con una cabeza de elefante y una barriga blandita, como el hijo de ambos Ganesha, con su ratón leyéndole un libro, disfrutando de su infancia…

Amanecía mientras perdía al hermano…

Ya casi amanecía, cuando los genios de la rabia, por la falta de verdad en las palabras del hermano, que la habían herido en lo más profundo de su ser, la hicieron levantarse de la cama ante la imposibilidad de conciliar el sueño.
Decidió que era mejor, entonces rezar y consultar su amado Corán, que le daría la mejor respuesta, como siempre: la de Al Láh.
Extrañó la voz del muecín, que en Agadir a aquella hora, estaría llamando a la oración, en un tono bajo para no estorbar a los que duermen, y que para ella cuando los conoció fueron un alivio al saber que no estaba sola, que al fin existía un lugar en el mundo en el que un hombre entregado a su fe, a la confianza en sus semejantes, velaba por los que lo necesitasen. Nunca más deseó irse de allí, aunque extrañas circunstancias la hicieron marcharse para siempre de aquella ciudad, cuando estaba tramitando la residencia permanente.
Recordó como durante más de treinta días, lloró en soledad, sin que nadie la oyese ni la viese, por su desgracia y la de todo un mundo que se desmoronaba ante sus ojos. Como telefoneaba a su madre fingiendo que todo estaba muy bien y que se sentía muy feliz, cuando se sentía la persona más solitaria e infeliz del planeta Tierra.
Abandonada para siempre por el amor, al azar, de mano en mano, sintiéndose carne utilizada por el fraude y el engaño. Una mujer árabe más…. pensó.
Aún seguía mascullando en su interior las palabras de su hermano, que le volvían una y otra vez a la mente, no con odio ni con rencor, sino por sentirse defraudada por su amado hermano, que tenía tantas preocupaciones que hasta la maltrataba sin darse cuenta, ante su propia infelicidad. Sintió una compasión inmensa por él, y se despidió en silencio, pues jamás volvería a ser el hermano que la ilusionaba por la tecnología y la ciencia. Ahora era un miedoso más, que arremetía contra la que él creía el ser más débil de la Creación. Deseó llenar los bolsillos de su gabardina de piedras, como Virginia Woolf, y adentrase en el Océano para no salir jamás de allí, formar parte de un mundo de sirenas, ondinas, ballenas y medusas fluorescentes, ante lo mezquino de la vida humana y lo inocente que ella, a pesar de todo, continuaba siendo.

Fotografía Teresa Azcona, todos los derechos reservados.

¿Primavera árabe o glaciación islámica?


Todos hemos visto como las revueltas que comenzaron desde Layounne que han dado lugar al movimiento de los descontentos contra Mohamed VI, pasando por Túnez, Egipto, Libya han sido una maniobra de “quema de archivo” de la CIA de dirigentes que sabían demasiado reemplazados por supuestos islamistas cuando no por el propio y mismísimo ejercito, caso de Egipto. Han aprovechado la buena fe del pueblo que creía que al fin llegaba la ansiada libertad para tirarlas en brazos de normas más rígidas que las anteriores cuando no en un deterioro de un sistema “democrático ficticio” que mantuvo a Hosni Mubarak en el poder décadas.
El caso tunecino sea quizás el más dramático donde han pasado de la libertad, igualdad y fraternidad, en un país en el que el aborto estaba legalizado y de corte árabe pero en el que las mujeres gozaban de total igualdad, para acabar con el triunfo de los islamistas “moderados” en unas elecciones en las que la desconfianza total de los votantes, caso de las elecciones marroquíes del día 25 de Noviembre, han dejado el paso libre a fuerzas que causaron en Argelia 250.000 muertos al ser ilegalizado el tétrico F.I.S. en la guerra civil encubierta en la que el ejército miró para otro lado, cuando no colaboró en las masacres y apoyó al F.I.S. con la Ley del Perdón o reconciliación, aprobada por Buteflika, mientras los radicales fueron vencidos por la sociedad civil.
Será la Sociedad Civil la llamada a dirigir esta nave a la deriva de las “primaveras árabes” a buen puerto y no la clase política, mucho menos el ejército, empeñado en continuar con sus prerrogativas de los “años de plomo”para que el proceso no cristalice en una “Era Glacial islámica” en una región que reclamaba formar parte del siglo XXI y ha sido “obligada” a retornar al oscurantismo de los latigazos por llevar vaqueros, sumiéndose en una sima en la que por justicia no se merecían caer.
Nada cambiará. No esperen gran cosa de las elecciones egipcias en ciernes, y miren como la flota de la armada naval rusa se ha dirigido a apuntalar a Siria, animada por su cómplice China. Observen como los Reinos Wahabitas han desatado una “ola de modernidad” perdonando a una mujer que condujo un coche, para apuntalarse en el poder y observen como ha nacido la nueva Guerra Fría: de un lado EEUU, Israel y Europa arruinada para mantener hasta a su propio cuerpo diplomático y del otro al demonio “islámico” que años más tarde nos mostrará los “gulag” creados para reeducar a los díscolos que no quieran pasar por el aro de las nuevas dictaduras. Para acabar les recomiendo que vean el vídeo de la corresponsal de guerra Isabel Pisano, hablando con Jesús Quintero en Canal Sur Andalucía, de lo que se hizo en Libya y que nadie le quiere publicar en este mundo tan civilizado.

Ojos, ojos, ojos….


Llevaba varios días observando los ojos de la gente que se cruzaba en su camino. Ojos agradables que le sonreían con comprensión, ojos que calculaban su valor económico y si valdría la pena engañarla por un triste cheque, ojos pintados, ojos achispados por alguna cerveza de más, que le sonreían desde dentro del alma.
Imaginó como verían los demás sus ojos, amarillos, de Egipto Clásico, pintados muchas veces con khool negro y verde.
Observó los ojos preciosos de un hombre en una librería que la observaban, admirados por su valentía de ser quién era y mostrarse tan naturalmente a los demás.
Ojos de asesino, que sólo pensaban en asaltar su escasa propiedad privada y esclavizarla, en todos los sentidos.
Ojos que aparecían en sus tazas de café cuando intentaba leerlas. Ojos que aparecían en el plomo fundido marroquí, para leer y quitar el mal.
Ojos, ojos y más ojos.
Imaginó como sería ser ciega, perderse toda esa magia de la mirada, como llegar a lo más profundo de un alma sin poder ver sus ojos: azules, verdes, negros.
Ojos que sonreían admirados de su experiencia vital, que le sonreían, viéndola como una verdadera mujer del desierto.
Lo peor son los ojos que no ven, que sólo se comunican a través de las palabras, que habían interpretado que seguía enamorada de aquella piltrafa, que le había costado un millón de quebraderos de cabeza que ni el mismísimo Hamburgo, con toda su pompa le pudieron quitar…
Sólo pudo descansar en los sinceros ojos azules del hermano, y vuelta a la pesadilla nada más aterrizar en África. Sólo deseaba mirar a unos ojos con dulzura y que estos le correspondiesen, día tras día, y en la más estricta intimidad, con la misma dulce sonrisa que sale del alma.

Cortejo nupcial.


Contempló desde fuera el despliegue de plumajes, las vibraciones de las colas y demás cambios que dan los animales en su cortejo para aparearse, en los bares de la noche.
Revisó su idea de no competir jamás, y se sintió feliz de estar lejos de aquel ritual caduco, mientras centraba su atención en animales más interesantes que, naciendo macho, se van transformando en hembra para tener su propio hijo sin ayuda de nadie…. ¡Cuanto hubiera deseado formar parte de una de aquellas especies! Seguro le habría salido un bebé precioso, y lo hubiese educado en la mejor forma, la Universal.
Aborreció cualquier ambiente de pelanduscos, atiborrados de alcohol y drogas, para superar el miedo a quedarse solos, sin aparearse, y como, torpemente y aturdidos por el alcohol y los estupefacientes, sacudían sus plumas para atraer a la hembra de su especie.
Cuan afortunada se sentía, de no pertenecer ni a un bando ni al otro, y ni siquiera necesitaba ese despliegue de medios y vibraciones de cola. Mientras contemplaba aquel espectáculo agónico, pasaron una transexual y un gay, a pavonearse en un medio aparte, su propio “ghetto” apareador, ante la hostilidad de machos y hembras de su propia especie, y como uno de los machos contempló la silicona pegada al culo de la transexual.
Quién sabe si con un par de copas más, sería capaz de estafarla, como hacía con las hembras de su especie…
Deseó de nuevo ser Medea, y vengarse con toda su maldad perversa, de bruja redomada, ante tanta estafa, tanto sueño y promesa incumplido. Se retiró ante la única opción que le quedaba: expulsar a aquel gigante vikingo que se había instalado en su casa y se creía ya dueño de todo. A las seis de la mañana lo expulsó poniéndole sus pertenencias malolientes en la puerta. Él sólo atinó a decir: “no tienes corazón”, y ella deseó con todas las fuerzas de su alma que fuera cierto.