Farah y el consejo de las Gitanas

Atesoró en su corazón el consejo de las viejas y recordó que le dijeron que la persona que ella amaba nunca era la misma que la amaba a ella. Escuchó la triste melodía de Transilvania y se contentó con el gruñir de su loba, enferma pero aún con ganas de batalla, exactamente igual a ella.

Recordó con amargura los días pasados, las fantasías del amor imposible, según las viejas gitanas, y la seriedad de Atenea cerró sus labios.

Vistió su mono de pintura, silenciosa, pétreos sus labios y acabó de lacar la vieja silla de la cocina. Seguiría por la mesa y luego el armario, Recordó la palabra armario en árabe y se contentó con su música, de ángeles para ella: “Jisán Al-Malabis”. Deseó que fuera, al pintarlo, un armario mágico y que guardara para ella el tesoro más preciado. Seguramente lo sería.

Conservó en su mente la imagen de la Plaza de la Revolución, en Bucarest, húmeda y de un color gris verdoso, azulado según los días.

Volvió a pensar en la viejas adivinadoras y en como ellas sabían de antemano todo lo que sucedería en su vida, si estaría enferma, si un espíritu la rondaba, pero con respecto al amor siempre había ausencia de palabras. Empezaban a hablarle de lo feliz que era ella consigo misma, para acabar diciéndole que no veían ningún hombre en su vida.

Deseó dibujar en su mano un ojo grande con tinta azul, para lograr verlo, después de bañarse con hierbas y flores, trenzar su cabello, después encender una vela finita y pequeña que flotara en el río.

Recordó los músicos, el piano, el violín, el címbalo y la endiablada forma de bailar de una muchacha joven, que palmoteaba sus piernas, manos y tobillos al ritmo frenético de una danza… Recordó las palabras del guapo saxofonista, que le había dicho mientras ella leía las cartas para él en la mesa de su cocina: “una verdadera chica Rôm”.

Farah y la Playa de los Artistas.

Amargo, dulce...

La aeronave surcó con un estruendo el cielo de la ciudad para enfilar la bahía y alejarse en dirección al océano Atlántico. Deseó estar volando en dirección a Brasil.

Recordó la luna llena lamiendo el mismo océano, en la Playa de los Artistas en Salvador de Bahía. Recordó las risas felices, el olor de la lluvia y sus sandalias planas del mercado de “Nazaré”.

Recordó el “Campo da Pólvora”, la casa de María y su baraja de póquer minúscula, desde la que adivinaba todo. Cuando le contó que había visto un genio con corona de rey, al lado de una zarigüeya que se columpiaba con el rabo en un arbusto del bar “Mordomía”, subiendo la Ladeira da Barra, ni se inmutó. Le dijo que el rey había venido para darle lo que desease, mientras le preparaba un elixir de Flores del Doctor Bach.

Vivió con intensidad aquellos días, que al final resultaron dos años, y nueve idas y venidas en un avión trasatlántico. Aún tenía presente el olor de las hierbas quemadas para agradar a algún Orixá, la música estremeciendo las viejas calles de Pelourinho y el sabor de las piñas de millo con mantequilla.

Recordaba las caras de tanta gente que se le aparecían de aquel río humano que es Brasil. Deseó el calor de cuarenta y seis grados centígrados y la humedad viscosa que se te adhiere a la piel. La gente oliendo a jabón de patchouly en el autobús, las miradas de sorpresa, de maldad, de deseo. Los buitres posados en la puerta de su trabajo, durmiendo en el dintel, esperando el amanecer.

Le pasó por la mente la fugaz imagen de un mendigo completamente desnudo, cubierto con solo un plástico transparente, que atravesaba aquella multitud de gente y su asombro ante la indiferencia de todos.

Soñó con la luz de la luna iluminando el mar lleno de metano de los manglares, de un color plateado. Mientras navegaba en un barquillo de cabotaje del “Recóncavo bahiano”y escuchaba las voces ajenas de mujeres, niños, hombres, todos deseando desembarcar y a la vez perdidos para siempre en aquel canal que separaba la ciudad de Valença de la isla de Morro de Sâo Paulo.

Recordó sus travesías en fin de semana en los ferrys que se llamaban “María Bethánia” y “Gal Costa” llevándola descalza a la isla de Itaparíca, acompañada de su amigo, vestido con pareo y sombrero Panamá…

 

«Turista», lápiz acuarelable y crayón.

Ilustración original de la Autora, sometida a Derechos de Reroducción con Licencia de Creative Commons.

De la lobezna Habiba tiritando.

Habiba estaba extraña. Había pasado dos días vomitando pero a Farah no le extrañó pues ella misma había vomitado los dos días por la mañana. Fueron a la veterinaria y dijeron que estaba bien. No tenía fiebre, el tratamiento fue dieta y un antiácido. Por la noche a la hora de dormir Habiba tiritaba a su lado, en la cama, y sacaba la lengua en evidente signo de calor interno. Al final, hecho el efecto el antiácido, parece, o la oración contra los hechizos que Farah había rezado con su mano derecha puesta en la barriga de la loba, se durmieron las dos. Al despertar Habiba parecía recuperada y comió arroz de su dieta.

Farah amaba a aquella loba feroz pequeñita, compañera de muchos sucesos y vivencias. Era una loba políglota y ella podía hablarle en portugués, italiano, árabe y español. Su mirada era muy dulce y le hacía recordar a Farah a su propia adolescencia, ella tenía la misma mirada.

El tiempo y el roce con humanos habían hecho a Farah más diplomática y ahora sabía ocultar sus ojos, no tras unas gafas negras como su amiga Materia, sino mirando a la gente y quemando sus sentidos hasta que estos desaparecían de su ángulo visual.

La mirada de Farah era realmente desconcertante, así como su propio carácter y eso hacía a la gente apartarse, dejarla con su espacio libre so pena de llevar fuertes llamaradas de aquellos ojos verdes, incendiados por el rojo de la alheña de su pelo.

Decidió que al día siguiente celebrarían un ritual de la Henna, ella y Habiba, que la usaba desde que era una cachorrita. Pintarían su pelo las dos, y Farah pintaría sus manos para recibir el Nuevo Año, Los pies se los pintaría sólo cuando llegase su mayor bien, cosa que ella esperaba desde hacía cuarenta y cinco años. Así llenas de planes y con una sensación de aventura que nunca las abandonaba, ni a la loba ni a ella, emprendieron el día que presentaba un cielo del desierto, lleno de miles de nubes pequeñas y redondas, colocadas en perfecta sincronía. Aún no había salido el sol…

De Farah, la anciana tirana y otros ciudadanos que pasaban por su desconcertante mirada.

 

 
 
Anochecía y Farah observó como uno de los hijos de su vecina, una anciana que caminaba muy mal y lentamente, regaba la puerta de la casa con desinfectante y agua.
Pensó que la obsesión por la puerta de la casa impecable, sin cacas de perro y sin meados de alimañas, era una cosa patológica impuesta por las dos ancianas que vivían juntas.
Hacía meses que la más joven había dejado de limpiar y habían contratado una mujer de pelo oxigenado que hacía las tareas domésticas, la «vieja joven» solo hacia las compras.
Ella la había tropezado en el mercado y un día Farah, curiosa por oír el timbre de su voz para que le revelase todos sus secretos, le habló del extracto de tomate. Ella respondió con un tono de voz muy bajo y cascado, víctima en apariencia, pero se le adivinaban grandes dosis de tiranía.
 
Un rato después vio como se abría la puerta y salía el otro hijo con la más anciana de las dos, a hacerla caminar. Seguramente vivía postrada en cama y por eso se le veía aquella cara de desalmada.
 
Era obvio que era ella quién exigía que se limpiase y desinfectase todo antes de posar su majestuoso pie en la calle. Farah imaginó que debería ser como la abuela de Cándida Eréndira, aquel personaje barroco y malvado de Gabriel García Márquez. Todos debían acatar sus órdenes y nadie osaba incumplir sus planes.
Observó como el hijo le daba el brazo a la vieja desalmada y ella emprendía un tortuoso caminar, como si un viñedo se hubiera puesto en marcha, y le emocionó el amor tirano que empujaba a los hijos, hombres viejos ya, a convertirse en padres de la vieja.
 
Meditó sobre su propia vejez y pensó quién la tomaría del brazo para obligarla a caminar, una vez convertida en tronco de ficus…
 

Farah defraudada, desconfiando…

Llegada aquella hora, Farah ya no sabía que pensar de aquel hombre tatuado. Había llamado el día anterior diciendo que vendría a la isla y que si podía dormir con ella esa noche. Ella respondió que lo deseaba más que ninguna otra cosa.

Pasaron las horas y ella se entretuvo en estar lista para él. Arregló la casa y se duchó, perfumó y vistió con una ropa elegida especialmente para esa noche. Casi llegada la hora de su avión recibió un mensaje anunciando un retraso y la cancelación del vuelo. Farah no sabía que responder. En un instante pensó en que le tomaba el pelo, que todo había sido un fraude y mil y una conjeturas en el aire se deshicieron viendo un film en la televisión. Farah detestaba las historias con final, y por una vez tuvo suerte.

Siguió el rosario de mensajes cortos entre ella y el hombre tatuado, para entrar Farah en un abismo de desilusión ante la ausencia del hombre. Así pasó dos tristes días, fingiendo muy bien que se encontraba perfectamente y deseando quedarse sola, para lamer sus heridas de loba.

No quería pensar más en él, pero inevitablemente se preguntaba como había desaparecido desde la mañana, la hora en que respondió su último mensaje.

Comenzó a contemplar la idea de un fraude más, ahora que sabía que se vengaba en silencio, a través de los abrazos masculinos que no fueran los de su primer amor. Recordó el film de la noche anterior, que nadaba entre brumas en su mente. Recordó el final, en el que la muchacha lloraba al encontrar a su amado tres años después de buscarlo por todo el país, acabada la primera guerra mundial, enloquecido, con amnesia y preguntándole sin reconocerla ¿Por que lloras mujer?