De cómo el ser palmípedo devino en Demonio.

La voz le delataba, de nuevo, haciendo un triste remedo de ánade ronco, encendiéndole la alarma al rojo vivo.
Lo libidinoso de su comportamiento la hizo rechazarlo días atrás, cuando tropezó con el amor-más-de-lo-mismo, y se apartó sin decir palabra.
El triste pato, demasiado viejo para abandonar su andar zambo, jamás se convertiría en cisne de azabache plumaje y ostentoso pico rojo coral. La maldad con la que había pululado le había convertido en un demonio de pueblo, de los que salen en la función de Navidad, allá en aquel Mal-país, en lo más hondo del oscurantismo.
Aquella conversación última, mezquina y soez, le revelaron la envidia y el ansia por destruirla, pero ya sabía cómo verle la cara al diablo. Interrumpió la conversación de un golpe seco, y recordó como virar el timón hacia el Norte. Giró en cuarenta y cinco grados su camino y en compañía de su fiel loba, emprendieron el camino a casa. Hambrientas y sedientas, pero con el alma intacta.

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