“Alzar el vuelo. Instrucciones”.

 

“Se deberán observar las extremidades, y vigilar su correcto desarrollo desde la infancia.”
Somos unas aves perfectas, y por tanto frágiles en nuestra belleza.
Las madres-pájaro somos celosas de nuestros pollos, mismo que fuesen azules en un mundo de plumas amarillas.”

 

Cuando yo era pichona, me contaron algo de un pájaro feo, rechazado por su bandada, que andando el tiempo devino en un ave majestuosa, de las que me gusta enamorarme.

 

Tuve muchos problemas, y más de un trompetazo al lanzarme al abismo. Animada por las instrucciones de vuelo de mi padre.
“Empuja la piedra con el pico, y lánzala por el acantilado” me decía mi bello padre llenándome de amor y orgullo.
De siempre las aves de mi especie hemos espantado a los humanos así, a pedradas.

 

Por la noche guañamos, y dice la leyenda que nos confunden con niños humanos llorando, espectros, y todo tipo de cosas apavorantes, cuando escuchan nuestro canto nocturno.

 

Cantamos de noche para dormirnos en un lugar seguro, pues a través del sonido sabemos a que distancia están rocas, acantilados y arenales.

 

“Bate muy fuerte las dos alas a un tiempo” decía mi docto padre, acostumbrado a volar grandes distancias.

 

A veces, desaparecía por dos días, y yo quedaba en aras de mi medrosa y ululante madre.

 

A mi madre todo le daba miedo, y me sofocaba, a fuerza de arroparme contra su pecho de grueso plumón, desde dónde escuchaba sus graznidos de voz ronca y baja.
Me sentía tan bien bajo las alas de mi madre que dormía los dos días que mi padre estaba desaparecido.

 

Cuando mi padre volvía se liaban a picotazos, golpes de ala y garras enfrentadas.

 

Una vez superado este trance, mi padre me dedicaba sus clases magistrales de vuelo, no sin antes darme pescado que había traído desde muy lejos cuando en nuestro mar hacía calor y los peces huían.

Recuerdo la primera vez que me lancé al abismo y batiendo muy fuerte mis alas, ya bastante desarrolladas. Me di cuenta de que llegaba a una corriente de aire que me elevó.
Me dejé llevar, extendiendo amorosa mis alas de un plumaje rosáceo amarronado, deleitándome con el viento que me llevó.

 

Lejos.

 

Desde la altura, vi como mi padre se lanzaba al vuelo, y en un segundo me alcanzó.
Disfrutamos juntos, cantando y girando, subiendo y bajando.

 

Una vez convertida en un ave adulta, y conocedora del Placer de Volar, fue mi padre, de nuevo, quién me animó a abandonar aquel islote acantilado y emigrar, con mis compañeras y compañeros, en alegre y expectante bandada.

 

Volé a Europa, América y África, volviendo siempre al islote escarpado de mi infancia.

 

Conocí flores, frutos y arenas.

 

Selvas, manglares y miles de animales diferentes.

 

Comí cangrejos y frutas fermentadas que me marearon junto a mis compañeras, animándome a danzar frente a un bello pájaro de mi especie.

 

Bailamos hasta el paroxísmo, y seguimos un ritual instintivo que me llevó a despertar encima de un huevo, en amoroso y elaborado nido.

 

 

Fotografías originales de Carmen Azcona Cubas.

11 comentarios sobre ““Alzar el vuelo. Instrucciones”.

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