«Yo maté a Sherezade» un libro de Joumana Haddad.


La escritora y periodista libanesa Joumana Haddad ha escrito «Yo maté a Sherezade», un libro polémico en el que desmonta la imagen de la mujer árabe en Occidente y que se publica ahora en español, en medio de las revueltas árabes. «Estoy feliz, pero deben servir para mejorar los derechos de la mujer», afirma.

«Nadie esperaba estas revueltas ni este despertar, pero me preocupa adónde van y si los nuevos regímenes mejorarán la situación de la mujer, porque es una prioridad. Los derechos de la mujer no son un lujo, son algo esencial para la verdadera democracia», explica a Efe esta poeta y ensayista, nacida en Beirut en 1971.

Haddad, que dirige una controvertida y bella revista, «Jasad», una publicación muy moderna de literatura, fotografía y arte, con el cuerpo desnudo como protagonista y censurada en todo el mundo árabe excepto en Líbano, asegura también que lo que está pasando en Libia «es una tragedia», pero que tiene «serias dudas» sobre la posición de los aliados.

«No sé que pensar; si es bueno o malo que intervengan, porque está claro que el pueblo necesita ayuda, pero también tenemos que pensar la motivación de esta ayuda. Veo que hay una motivación democrática pero también hay muchos intereses económicos», argumenta la escritora, traductora y periodista, conocida internacionalmente como responsable del suplemento cultural de «An Nahar», el principal diario libanés.

Joumana Haddad podría parecer una mujer de cualquier punto de Europa: italiana, española o francesa, con una imagen moderna y cuidada. Políglota -habla seis idiomas-, es una de las poetas más reconocidas de su país y es miembro del Comité del Libro; una prolífica carrera para la que asegura que desde por la mañana tiene que afilarse las uñas.

«El día es muy duro y tengo que estar preparada para todo», afirma esta mujer, que parece frágil por fuera pero muy segura y firme por dentro.

«El mundo está dentro de mí, no fuera», apostilla. Una premisa con la que ha tejido «Yo maté a Sherezade», este ensayo, que ya ha sido todo un éxito en Francia y que pronto saldrá en su país, aunque allí ha recibido ya toda clase de críticas contrarias.

Y es que Haddad ha creado su propio manifiesto, en el que otorga visibilidad a la mujer árabe dando para ello la vuelta al mito de «Sherezade», la heroína de «Las mil y una noches», que, dotada de habilidades narrativas y persuasivas, salvó su vida contándole historias al sultán toda la noche.

Para Haddad, Sherezade, «con quien se identifican muchas mujeres árabes, no puede ser modelo para nadie, porque es pura sumisión, su vida está en manos de los hombres, que pueden decidir su indulto. Por tanto, no sirve para subvertir el orden injusto», dice la autora, que propone a Lilith, la primera mujer creada del barro, y no de la costilla de Adán, como ejemplo de mujer inconformista y amante de la libertad.

Joumana Haddad, perteneciente a una familia cristiana católica muy conservadora, aclara que tuvo que hacer su propia travesía para conquistar su libertad y derribar los clichés del mundo árabe.

«Tengo dos furias -explica-. Primero, con las mujeres árabes que se complacen con esta situación de víctima que no puede hacer nada para cambiar la situación: por ejemplo, las mujeres de Arabia Saudí, que, aunque están en una situación durísima, son madres y podrían cambiar las cosas por medio de la educación de sus hijas y de sus propios hijos. Necesitamos una conciencia nueva -dice-, una nueva perspectiva de la mujer».

La otra furia para Haddad es la provocada por la imagen que dan los medios de comunicación occidental sobre las mujeres árabes. «Dan una imagen muy generalizada, sin matices, y yo les diría que la mujer occidental que se tiene que poner desnuda en un sofá para venderlo también es lamentable», concluye esta escritora, que defiende una sociedad laica en la que las mujeres tengan derecho «a elegir la vida que quieren llevar».

CRÉDITOS: EFE / SEGN Mar-21 11:17 hrs

De Farah frente a las calles desiertas, sola y desarraigada.

Al improviso se había encontrado varias noches, completamente sola, en el medio de una ciudad desierta de calles completamente vacías. 

Vagabundeó con sus botas de exploradora en busca de algún transporte público, mientras pensaba, con muchísima tristeza, en que había necesitado toda aquella experiencia negativa para retornar a su soledad amada. 

Hablando con un chico, le dijo que esta vez, ya no quería estar más tiempo en soledad. Necesitaba compartir el calor de su cuerpo desnudo en el abrazo nocturno, la risa hasta las lágrimas repasando las tonterías cotidianas, el olor del cabello enamorado, el café llevado a la cama, conociendo de sobra el mal humor de despertar sin café…

Divagó en la soledad de las calles nocturnas, completamente sola, contemplando el suelo mojado, y se entristeció cada vez más, hasta el punto de perder de vista la realidad para siempre. 

Ya no tenía más ganas de conversar, agotado para siempre el amor fraudulento, que la había sumido en el mutismo.

La conversación con el hombre-observador-de-aves, que tuvieron esa misma tarde después de hacer el amor, acabó de destrozarle el pedazo de corazón que conservaba especialmente para él. Tantas declaraciones de principios había hecho el día que se conocieron, que le hicieron amarle en silencio, sabiendo que existía otra mujer y otra familia.

Farah le planteó esa tarde la posibilidad de un compromiso en libertad, al que él ni siquiera respondió. 

Él solo añadió que ya tenía un compromiso y que no podía asumir ninguno mas, poniendo como excusa el horario de su trabajo y demás argumentos pueriles, genuinamente masculinos.

Lo que él jamás esperó es que Farah le dijera que no volviese a su casa nunca más, después de besarla con desgana, mientras ella cerraba la puerta, y él avergonzado ni se atrevía a mirarla…

Se sintió desarraigada, en un mundo que no la reconocía como una habitante más de aquella apestosa bola de color azul que giraba sobre si misma cada veinticuatro horas.

Reflexionó sobre la no pertenencia al calendario, el horario en función del meridiano, y recordó la cara de Elena Ceaucescu justo antes de ser ejecutada, sin venda en los ojos, a petición suya, ante el pelotón de fusilamiento, ya que habemos algunas que llevaremos siempre los ojos abiertos.

Pisó con fuerza el pavimento de piedras mojadas y se sintió triste, muy apesadumbrada, casi abrumada, por el miedo que daba a los hombres, cuando lo único que quería era un abrazo en medio de la noche, cuando se sentía terriblemente sola…

Fotografía y texto original de Farah Azcona Cubas. Todos los derechos reservados.

De Farah acusada de astucia por la rata masculina, que antes era conocido como el hombre-amor-de-ovillo-de-hilo

Desterró toda gana de presagios y expectativas ante la carta recibida y se quedó mal asombrada, como dicen en el Agreste de Brasil. 

Quedó tan estupefacta al leer las palabras de aquella rata masculina, a la que ella había amado hasta la locura durante los últimos cinco años, que leía y releía el mensaje que él le había escrito la noche anterior.

Escuchó las letras del fado, sosegándola, mientras Amalia Rodrigues cantaba, “no es desgracia ser loca, si las locas no sienten nada…” mientras repensaba como aquella rata le había dicho que utilizaba su astucia para hacer girar el mundo en sus manos…


Aún no podía dar crédito a que él se describiese tan bien a si mismo, reflejándose en ella como en el espejo más limpio de todo el norte de África, mientras las bombas caían sobre Libia, no se sabe bien si sobre Cirenáica o Tripolitánia. 

Retiró su amor precipitadamente y cayó en la cuenta de cuanto se equivocaba a veces. De cuan inocente era y como adoraba descubrirse a su edad, aún engañada por el amor. Sí, por el Amor con mayúscula, no con nombre de persona sino más bien de diosa: Venus. 

Sintió que debía continuar su peregrinar por el avatar que la voluble diosa romana había preparado para marcar su sino, y se dispuso a andar hacia lo desconocido una vez más, sin temores, como la mujer aguerrida y seca que había sido siempre, desde que era niña.

Pensó en la astucia y en el sentido negativo que la rata había querido darle. Él ponía el acento en una habilidad para el engaño y la manipulación, que él mismo había usado con ella para comerse todas sus reservas de grano para lo que restaba de primavera. 

Rió divertida por la ironía de como había transformado aquella rata el cuento: la cigarra, antes de ponerse a cantar, e incluso mientras aporreaba de mala manera aquella pobre guitarra, había llenado sus buches de roedora antes de que llegase el fin del invierno.

La hormiga Farah recalentó su sopa marroquí mientras acariciaba en su mente la voz de su hermana Malika que la había telefoneado esa mañana…

La Gente


Cuando abro la mirada hacia las personas procuro guardar el máximo posible de cada quién, con una impresión en mi retina que, a veces parece el fogonazo de los daguerrotipos que hacían retratos en placas de plata. Me cautivan las miradas, los gestos, cuando no la actividad realizada, el cabello o la luz que iluminan unos ojos en contraste con el sol.

Al Kaummun es la palabra árabe que significa la gente.

The People, en inglés.O Povo, en portugués y elegiré, por ésta vez y en honor a mis anfitriones que me hospedan amablemente, en italiano, la folla, que quiere decir la multitud, pues se acerca mucho al tipo de sociedad en el que vivimos, después del fenómeno mundializador, que ha mezclado culturas idiomas y voluntades, con caracteres personales, alfabetos, imágenes y olores de todo rincón del planeta, según mi punto de vista enriqueciendo la vida y dándole el verdadero sentido.

Solo resta decirles que mi acercamiento al arte es del todo autodidacta y que quizás les recuerde a los garabatos de un niño, y esa es precisamente la intención que he querido darle a mi humilde trabajo, ya que como dicen los chinos “¿Si uno pierde la inocencia, en este caso de la mirada, a dónde irá a llegar?”

El arte es para la gente, el pueblo que vive y siente lo mismo que el artista, pero a este le ha sido dado el honor y la condena de vivir entre colores, colas, papeles diferentes y a través de la magia que existe en cualquier proceso creativo, transformar todo eso en el trabajo que pueden ver hoy aquí. Encontrarán gente de África, América del Sur, Canarias, pero también encontrarán gente que no existe pues de tanto ver personas en multitud, empieza uno a verla hasta donde no la hay. Encontrarán animales imaginarios e insectos que para mi son gente también y me fascina observarlos.

Para mi, mis dibujos son como las ilustraciones de un antropólogo, que, observando el mundo, atesora la crónica de un tiempo destinado a desaparecer, por lo efímero de la gente y el cambio de paradigma cada vez más veloz. Son, a veces, meros esbozos que luego se integran en un mundo más grande, formado por trozos de etiquetas, tarjetas de embarque aéreas o fotografías de comidas varias, imitando aquellos trabajos que nos enseñaron a hacer nuestros amados profesores de la infancia, siempre siguiendo la línea de la inocencia como valor a rescatar, a través de la responsabilidad del artista para comunicar y preparar a la gente para lo desconocido, y, en definitiva, darle metáforas con las que soñar.


Texto de presentación de la exposición «La Gente»

Farah, al filo de la noche.

Asomada a la terraza, Farah contempló el filo de la noche, que cortaba la silueta de las montañas con un cuchillo negro. Drogada por la voz de Fayrouz
para escapar de la tristeza, cayó de lleno en el abismo de la amargura, y pensó.
Pensaba que su vida se había puesto al mismo borde de la noche desde que era una niña, huyendo de casa, siendo una niña politizada y rebelde donde las hubiera, y que por eso, ahora sentía como el filo del cuchillo de la noche cortaba su corazón en pequeños pedazos delimitados por la sombra. La sombra, acariciada sin saberlo, que era su misma sangre derramada aquí y allá, por arbitrarios mamarrachos que la habían despojado casi por entero de su alegría en los últimos meses.
Deseó armarse, como beduina que era, y recoger el manto de su abuela, como decía Mahmud Darwish
el poeta palestino, lleno de telas de araña, tejida por siglos de opresión, sangre y muerte. Amó como sólo saben hacerlo las beduinas, con una fiereza rayana en la locura y ahora se encontraba estafada, sola, con la única compañía de lobos y cernícalos.
Debería abandonar, una vez más, el sendero conocido, que se borraba entre la arena del desierto urbano, y no volver a visitar nunca más los lugares en los que había acuchillado su amor, perpetrando la masacre que ahora asolaba su corazón, en compañía de su amado, sola, sin el calor de su abrazo en las noches heladas del desierto.
Pensó en el lunes siguiente, en el corre-corre del precio del petróleo, la ira desatada en falsos musulmanes por los mercados financieros, para reflotarse, colonizándolos, caricaturas de árabe, obsesionados por ser como América.
¿Dónde huiría? ¿Dónde podría recomponer los pedazos en sombra de su corazón ensangrentado? ¿Dónde su nacionalidad, su manto raído por las humillaciones que habían sufrido las mujeres desde los tiempos de su abuela por amor?
Se preguntó con odio dónde había nacido el tal amor que era como la democracia, y como la ogresa magrebí Haguza
, “todo el mundo habla de ello, pero nadie sabe quien es…”
Enjugó un torrente de lágrimas y se felicitó por ser sensible, amar y ser beduina, en el fondo una mujer que no necesita a casi nadie, que puede cambiarlo casi todo por la arena, unos trapos raídos y una banda de lobos y cernícalos. Allá marcharía Farah, paseando su sombra, que oscurecería toda la luz del planeta por preguntona, rebelde y apasionada, enfilando un nuevo sendero, conocido solo por ella, guiada por las patas de la loba Habiba y por la vista y las alas de todos los cernícalos del mundo.

Texto y fotografía originales de Jesús Azcona Cubas.