Farah se enfrenta al síndrome de la cola de caballo, sola y con valentía, una vez más.

Farah andaba por los territorios del maltrato, enfrentándose al «Sindrome medular de cola de caballo», que su querida amiga-doctora-humor amarillo, le había comunicado que, probablemente, padecía.
Lloró amargamente, un día entero, por tener que separarse de su amiga pez, que era capaz de nadar cuarenta minutos seguidos, y salir adelante sola en la vida. Hay que ver de lo que son capaces los maltratadores…
Continuó su andar en la burocracia de la Wilaya de Canarias, y luego se encontró con un ángel que le cortó el pelo y le arregló las cejas. Andaba muy descuidada desde que se fascinó por la agricultura urbana que prometía el Buen Leñador, y solo se ocupó de terminar su promesa con la enseñanza, que acabó ganando por goleada.


La princesa del Caftán azul oscuro con brillantes lloraba con ella, y juntas prometieron llenar el océano Atlántico de lágrimas, por el abuso infantil, el maltrato y la violencia ejercida contra ellas dos, a los dos lados del maldito océano que las separaba y les impedía abrazarse para poder consolarse, por fin.
Las lágrimas cegaban a Farah en su escritura de candil, en medio del desierto urbano de Occidente, en medio del Caos más grande que ella había visto jamás. Ella, una mujer beduina, acostumbrada a cabalgar sola, en compañía de su fiel loba Habiba y los cernícalos, que le indicaban el camino siempre en dirección a la Libertad. Se juró a si misma, que jamás ninguna de las princesas que conocía, la morena de voz dulce que descansaba debajo de un parasol, que la hacía aparecer magnánima, tras sus lentes de sol, y la princesa abandonada en una noche de amor errado, vestida con su caftán lleno de brillantes que iluminaban la noche del Sáhara, se juró a si misma que jamás estarían solas, y que ella, convertida en Saraswati, la diosa de la remota India que tocaba música con dos de sus multiples manos, protegería desde el Arte y la Música.
  Se sintió enferma de un eclipse parcial de su alma, anunciado por las noticias que corrían de boca en boca, a las que ella jamás prestaba atención, y se alejó del tumulto ciudadano, para estar en paz.

De Farah, al fin sola y cansada

El tumulto que no la abandonaba hacia más de un mes, viajando, participando en asambleas populares e intentando explicarse aquí y allá, la habían dejado cansada, muy cansada.
Agradeció al fin, poder estar sola y reflexionar sobre todo el tumulto acelerado que vivía la humanidad, que a ella le parecía imparable pero que todos fingían que no estaba sucediendo. Aceleró su actividad todo lo que pudo en pos de ser positiva para el movimiento asambleario pero se sintió rechazada por la mayoría, aunque conoció a personas interesantes, interesadas en lo que allí estaba sucediendo, en cuanto ella continuaba leyendo a Benito Pérez Galdós y su descripción del periodo Isabelino y concretamente la guerra de Marruecos que él había titulado “Aita Tettauen”
Se sintió abrumada por el parecido de las situaciones vividas en el libro y en su vida real: Bipartidismo de facto y guerra colonialista. La falta de releer la historia de reinterpretarla, en un mundo donde todo es reinterpretable, hasta el mismísimo Corán según la escritora egipcia Nawal Al Saadawi, hace retroceder a la humanidad hasta la barbarie más absoluta en cuanto falte un plato de comida en casa. En la casa de los privilegiados, Isabel II y sus herederos por supuesto, nunca faltaba de nada y lloró de emoción al ver un anciano con boina cantar en la asamblea de Sol: “el pisito del principito se lo han pagado con los dineros de los obreritos”.Un príncipe arrogante que no se dignaba a contestar a una ciudadana de Pamplona que le preguntaba si sería posible un refrendo sobre Monarquía o República en el país de Carmen Lomana. Con toda su cara dura, le espetó que “ya había conseguido su minuto de gloria”, sin saber quizás, que a quién la cuenta atrás se le aceleraba en la gloria principesca era a él, tan Borbón y Dos Sicilias y Grecia, estirpe del Káiser alemán, que se cree intocable y heredero de una ruina colosal que su padre, un inepto que nos endosó el dictador sin nombre, había fraguado y permitido.
Se sintió feliz de estar sola con sus reflexiones, tomadas por absurdas por muchísima gente, extraña visionaria de atuendo impropio, de vida más que dudosa, cosificada al instante por su espontánea feminidad, y se sintió feliz de practicar las tres R: reducir, reducir y reducir…