No se sentía triste por eso, al contrario parecía que había vuelto a su eje, y el sol volvía a salir por dónde debía.
Seguían engañándola, queriéndola hacer responsable de cosas que ella opinaba, como si de un Juicio se tratase.
No lo consintió, y arrimó el hombro para encontrar su felicidad, alejándose de aquella panda de viejas urracas, que le habían picoteado la capa de oro, sin llegar ni siquiera a rasgarla.
Jamás imaginó que tuviera que contemplar ese espectáculo viejo, como la vida misma, y se sintió aterida, con un frío que le venia del alma, y deseó ser Perséfone, para marcharse al Reino oscuro durante seis meses, sin voluntad, raptada por el más oscuro de los reyes, que la entendiese y se emocionase con ella al oír la voz de Warda cantando con Asalah, mientras veían crecer los brotes de su plantación que la devolvería a la luz, una vez pasado el invierno.
Se concedió la licencia de tener paciencia, de que la Hora llegase, de que los sucesos vinieran uno tras otro, sin buscarlos, más instintiva y animal que nunca, de raptarse a si misma.
Deseó abandonar aquella vida triste y vulgar, como decía Rita Lee, que llevaba junto a aquellos hombres que no sabían valorarla, o a los que ella no era capaz de mostrar su verdadero ser, escondido tras el velo, de tanto ser vapuleada.
Que era ella quién se prestaba a aquel juego,
ella quién le abría la puerta de su corazón a aquellos estafadores de poca monta.
Ella, y solo ella quién meneaba la cola ante la menor caricia, y deseó desechar todo ese material de chatarra de su vida.
Pensó en como lo haría, una mujer tan práctica como ella…
Fotografía: @FarahCubas






