De imsomnios, arte y democracia.

Andaba dando vueltas en la cama, como la noche anterior, cuando
se acordó de que había recibido una carta, esta vez electrónica y
no con la preciosa caligrafía de Edna Constant, en la que se
alegraban de encontrarse de nuevo.
En un lugar tan deslocalizado y remoto como es Maceió, Estado de
Alagoas que se segregó de Pernambuco, allá por 1889, encontrar
un sobre y un papel, un bolígrafo para escribir una carta es tarea
ardua os lo aseguro…
Durante mi estancia allí sólo vi una librería, instalada en un
“shopping-center”, que estaba liquidando por la falta de ventas, en
la que compré un libro de Lacan, que hablaba sobre
Sherezade, que aún conservo.
En aquel paisaje indómito, rematado con una avenida litoral
calcada en todas las ciudades brasileñas, mucho cocotero y
lanchas de pedal para turistas, viví con mi amiga Adriana, en su
casa y conocí a la señora Edna, con la que tenía frecuentes
conversaciones sobre arte, vida y milagros de la feminidad y
supervivencia.
Una señora que regentaba, ella sola, un centro cultural, convertido
hoy en institución referente, en la que se exponían todo tipo de
obras artísticas, desde pinturas a fotografías, dónde conocí al
ilustre pintor alagoano Delson Uchoa.
Ella adhería así con franqueza sincera a profesores de la
Universidad Estatal que daban clase sobre arte, y en las que ella
siempre incluía al personal del barrio, sobre todo niños, llamado
“Garça-Torta” y situado como a 20 Km. del centro de la ciudad.
Un antiguo poblado de pescadores, hoy en día invadido por
mansiones al borde del mar con una puerta privada que da a la
playa.
Aún así, todo el mundo esperaba la llegada de los pescadores a
mediodía, que navegaban en jangadas, especie de balsa con vela
triangular y que después de vender las piezas mejores, repartían
entre los pobres todo lo restante.
Todo mi arte lo debo a aquella casita de dos plantas, que mi amiga
Adriana había alquilado, y en la que me invitó a pasar un verano,
inolvidable para mí.
Todos mis dibujos los hice en aquella mesa de trabajo inventada
por Adriana y Saulo, su marido, y mi escritura empezó a tomar
cuerpo al ser guiada hasta Clarice Lispector por Cinthia, jefa del
cuaderno de cultura del periódico “O jornal da tarde” de Maceió,
comentando que las cosas que yo escribía le recordaban al
lenguaje de la gran dama de las letras brasileñas.
Sólo mostrar mi agradecimiento eterno a todas aquellas personas
que valorizaron mi trabajo y me dieron un espacio de convivencia,
para desarrollarme plenamente como ser.

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