
Se cubrió con la piel de asno y huyó. Quería llegar lo más lejos posible de aquella maldad, abandonarla para siempre. Deseó tener un hada protectora que le hiciera vestidos de campanillas, así como un carromato con el techo pintado de estrellas.
Sólo esperaba que lejos del reino de lo soez, ruín y asquerosamente oculto, pudiera ser feliz. Entre sus recuerdos y lavando cacerolas sucias. Sola.
Farah recordó al único hombre que le gustaba, aquel pirata que se entretenía observando las aves y plantando marihuana, y deseó que acudiera a su encuentro. Quizas para saborear la derrota y volver a su mundo de varitas mágicas y hadas.El pirata de cabello largo la miraba con extrañeza, no podía comprender como una mujer como ella no le exigía nada más que aquellos breves y furtivos encuentros. A lo mejor no conocía la historia del principe de China, Chou, que se fingió loco durante más de diez años para sobrevivir a la tiranía.
Ella sabía que volvería un día, con aquella sonrisa, pero también esperaba que la olvidase y no volviese nunca más, para sentirse liberada de aquel pacto negro que la condenaba a ser «Piel de asno», la princesa de Perrault.
Deseó tener listo el carromato, con preciosas almohadas de telas de Damasco y cortinas de seda. Ya casi oia el tintineo de las campanillas, que recorrían todo el carro, resonando argentinas en el cabalgar. Ansió que su hada madrina fuera pobre y le diera dos asnos jóvenes para tirar de su carro y así abandonar el Reino de la Maldad, alejándose hacia Oriente, en pos de sus ancestrales visiones.
Reflexionó sobre los sucesos de su vida, bastante agitada ultimamente, y creyó atisbar una recuperación de su antiguo yo. Le resultaba extraño ser de nuevo combativa, como la princesa Tin Hinan,la que huyó de la Atlántida con su osamenta de dos metros de altura, y acarició su deseo de atravesar el desierto cabalgando un alto dromedario. Sintió como el aire cálido del Sáhara le quemaba el rostro y la arena entraba por los pliegues de su turbante. Casi sentía los espinos de Argán rozando su piel mientras atravesaba a toda velocidad el mar de arena.
Despertó de su ensoñación para comprobar que continuaba con la piel de asno, oscura, que tapaba todo su cuerpo y la convertía en una figura gris que deambulaba como un autómata en pos de su pan y de abrir con la llave que sacaba de su bolso interminablemente, como en una espiral cruel de la que no podía escapar.
Autor: farahylosclones
Oum Kalthoum
Whatever Lola Wants – Natasha Atlas
Natasha Atlas "Black is the colour"
Patsy Cline "Crazy"
Exposición
Farah, la fiebre y otras tristezas
Salió de las brumas de la fiebre para fumar otro cigarro, mientras escuchaba una y otra vez a Fayrouz cantando «Habbaitak Bi saif». La tristeza la saludó y le dio la bienvenida, al mundo unipersonal al que ya estaba más que acostumbrada. La comunicación entrecortada con aquel hombre sencillo tampoco ayudaba mucho. Mientras no se hablaban se decía a si misma que era uno más que arrancaría un pedazo de su corazón y se iría, como dice la canción de Janis Joplin,y cuando le hablaba, él entendía todo sus pensamientos y su forma de ver la vida…
Le resultaba desconcertante, era tan sumamente desconfiada que creía que sólo lo hacia para complacerla. Mientras se recreaba en su tristeza solitaria, él la llamó. Le dijo que tenia fiebre, como ella, y que también se deprimía en cuanto dejaba de comer un poco… Logró animarse un poco conversando con él, pero en cuanto colgó el teléfono, el mar de las dudas desembocó de nuevo en el golfo de la tristezas. Triste mapa para una mujer que deseaba ser amada con todas las fuerzas capaces. Desechó esas ideas victimarias y miró hacia el día siguiente, el día que debían encontrarse.
Deseó que fuera un encuentro agradable, en el que no sintiera que le tomaban el pelo nuevamente. Confiaba bastante en él, pero podría resultar todo una mentira más… Se revolvió en su propia contradicción y volvió a liar un cigarrillo, para escuchar de nuevo a Fayrouz.





