El hijo más bello de Çanakkale.

Joven durmiendo, miniatura de Levni, Museo del Palacio Topkapi.

Todo comenzó un mes antes.

Volverlo a ver significaba para ella un mar de incógnitas, pero esta vez, en un Océano de certidumbre.

Sus palabras ya no significaban nada para ella.
Su opinión no era tenida en cuenta.

Quizás ella había deseado verle para tener la certeza de que ni le amaba ni le había amado jamás.

Cuando él percibió la frialdad y la altura de la mujer, se sintió minúsculo, insignificante. Miserable.

El placer fue real, para ambos. Nada más allá para ella.

Él fingió que estaban en igualdad de condiciones, hasta que exhibió todo su plumaje de celos, comparaciones y un último intento de abatirla, cual presa de su cacería.
No podía imaginar que ninguna de sus palabras, pensadas para herirla en lo más profundo, hacerle el mayor mal posible, no tenían ningún efecto en ella.

La juventud, el placer con otros hombres menos dañinos, y el gusto por la contemplación masculina que ella había desarrollado en ese año sin verse, lo dejaron fuera de combate.

Ni una sola de sus palabras fueron tenidas en cuenta, y al darse cuenta, arremetió contra ella desde la distancia que da el cyber-mundo.
Ella es real. Siempre lo ha sido, con la ayuda de pasar graves contratiempos, cánulas en sus venas para salvar la vida.

La frialdad de lo que realmente es importante en la vida la poseía. Temeraria, tenaz, poco preocupada por su aspecto. Ella prefería la palabra portuguesa “Destemida”, menos arrogante y que explicaba de manera excelente la ausencia de temor.
Su femineidad no es mañosa, no es artera. No se “produce” de manera artificial.
Él le recrimina precisamente eso.
Quizás ella le suscite mucho temor, ante lo débil de su identidad.

Conversa con una amiga sobre lo andrógino de sus posiciones. Una elección tanto vital como biológica.
Comieron juntas sentadas en una calle de la playa.
Un hombre en bañador, lleno de tatuajes se cruzó con una mujer de manto saharaui, contemplados por un músico callejero rumano, con un címbalo atado a su espalda.
Todos fingieron ignorarse, en un ejercicio brutal de post-colonialismo.

Las dos amigas estupefactas por la escena, acaban conversando con un indigente mexicano sobre el espacio público, la democracia y el derecho a transitarlo, ocuparlo y compartirlo.

Subir y bajar en un avión turbo-hélice, de los que se usan aquí para transitar de una isla a otra, le hizo bien.
A la vuelta se asoma a la pantalla, y allí está.
El hombre más bello de Çanakkale, deseándola.
Ella le desea también.

Ilustración: “Joven durmiendo”, miniatura de Levni, Museo del Palacio Topkapi.

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