Farah ensimismada

 

El sabor del mar le devolvió a la realidad con una ola acariciando su cara. Tenía facilidad para ensimismarse, desde niña, lo que le había traído muchos disgustos a su vida. El olor a algas y piedras del fondo marino la consolaron de aquel encuentro matinal que la había puesto de mal humor.

Sintió vergüenza ajena cuando la encargada del supermercado le dijo a aquel muchacho que abriera la mochila nada más entrar. Aquello era en lo que se había convertido su amor de juventud: un remedo de hombre que robaba tomate frito para cambiar por droga. Así quiso adornar ella el brote de animalidad que sintió en aquel muchacho acorralado por la vida, que no había tenido la fortuna que Farah tenía, al enfadarse constantemente consigo misma por casi cualquier cosa. Seguramente ella, ensimismada en la similitud de las estanterías llenas de productos en casi cualquier país del mundo, no había percibido que el chico entraba.

El rehuyó su mirada desde que la atisbó a lo lejos y se escurrió en la primera esquina evitando el encuentro. Ella entró malhumorada, porque él era la prueba de los pensamientos que rondaban su cabeza en esos días.

¿Dónde estaban aquellos que habían dicho amarla tanto? ¿Dónde habrían quedado aquellas horas de abrazos íntimos y alborozado placer de estar vivos?

No pudo más que esbozar una sonrisa imperceptible, más bien hecha hacia su interior, que le dio ánimos para enfrascarse en una compra de la que olvidaría lo más urgente como habitualmente hacía.

El ensimismamiento le hacía perder horas y horas en agradable compañía de si misma, en la que no escatimaba esfuerzos para intentar explicarse casi todo lo que veía, pero aquello la superó.

La conexión entre la huida enrarecida del muchacho, registrada su bolsa de tristes recuerdos, vacía, y sus pensamientos de todos aquellos días pasados la puso de mal humor. No dejaba de sentir el fraude que representa vivir en las condiciones que marca el status, la posición económica y la desgracia que esto representa para miles de humanos a diario.

Se sintió afortunada en las migajas de su vida, que le permitía ir a comprar en vez de sustraer, y que igualmente la habían hecho aparecer como sospechosa en el mismo supermercado, días atrás, ante un guarda de seguridad que al responder a su saludo confiado le recordó que la norma (para gente sospechosa como ella) era guardar la bolsa en la taquilla. Indignada salió sin comprar nada.

Pensó en la similitud entre la situación del muchacho y la suya propia, separadas por un delgado hilo ensimismado de dignidad, que solo ella percibía, ¿o también él cuando bajaba la vista ante su encuentro con Farah?

Ella había pensado muchísimo en este hombre años atrás, en cuanto le había decepcionado y las ilusiones estúpidas que un día llegó a tener por él y su torpe clase de amor. Años de pensar en él, en silencio sin una respuesta hasta que el tiempo lo trajo de nuevo a su playa, y pudo darse cuenta de lo absurdo de su ilusión por un hombre tan cobarde, tan infantil que ni podía comprometerse consigo mismo.
Después de dos breves encuentros más, su relación quedó totalmente resquebrajada, hasta el punto de tropezarse en el tren meses atrás, cruzar una breve mirada y ser condenado por ella al ángulo muerto de su ojo. Sintió que los dos murieron en aquel fugaz encuentro de sus ojos, buscados con ansia por ella en un beso del pasado.

Ninguno de los dos sería el mismo después de negarse nuevamente el uno al otro, por imposibles. Él emprendió su caída en el abismo, y ella su veloz ascenso a las cumbres del ensimismamiento que da la dignidad de hacerse mayor.

 

Fotografía original de la autora, «Escalera interior del Edificio de Bellas Artes», Gran Vía-Madrid. Arquitecto Antonio Palacios.

Farah, en pos de los Fantoches porno…


Revisó el nuevo catálogo de Fantoches para este verano y los rechazó por vulgares.
Si, ella sabía que prometían sórdidos encuentros de placer, acabado antes de comenzar, pero aquellas promesas no le harían olvidar el intenso sabor a goma de caucho que dejaban los Fantoches al acabar el acto sexual.

Cerró el catálogo publicitario y lo tiró a la basura, atusando su pelo anticuado, animada por la idea de no tener una imagen de Fantoche, ella también. Desde niña la habían enseñado a rechazar las modas, por superfluas y vulgares.
Recordó las imágenes del catálogo y los músculos perfectos de los Fantoches, tanto que parecían reales, cual gladiadores de la antigua Roma, y pensó en lo inútil de comprar uno de aquellos semi-hombres de gruesos labios y tatuajes de tinta azul marina…

Continuó haciendo acopio de provisiones en los días sucesivos, para evitar salir ahora que venía la estación del calor, y tener que tropezar con las imágenes de musculadas bermudas que invadirían el espacio en crísis. Miles de sandalias de goma animarían el cotarro, reclamando a sus dueños si es que estos no conseguían la calificación de Fantoches en las próximas pruebas PAF (Pruebas de Acceso a Fantoche) convocadas todos los años por aquellas fechas.

La robotización de la vida cotidiana, decretada por el presidente enano y su hermano gemelo, en pos de ahorrar material humano para los bancos de ADN, la había cogido tan de sorpresa, que fue elegida «Material de Desecho» ante lo evidente de su personalidad Bipolar: norte y sur. Aún así había obtenido la promesa de los Sindicatos de no ser expulsada de su trabajo, y respiró aliviada por la garantía de que no tendría que comprar un muñeco Fantoche…

Cientos de miles de depilaciones a láser habían sido gestionadas por el ministerio en el que ella trabajaba, y aún no entendía el motivo de la huelga general, de los que no habían resultado ganadores de aquellas ridículas subvenciones, convocada para el final de aquel calor tórrido que se avecinaba.

Amenazaban con enseñar sus ingles sin depilar, a sabiendas de las graves enfermedades mentales que tal acto obsceno podría producir en los recién nacidos Fantoches, tan inocentes en las fotos del catálogo recibido aquel mediodía. Estaban en juego miles de orgasmos, tenidos a menos desde que la Ciencia descubrió que éste acababa antes de comenzar a producirse, y pronunciar la «Ley del Cansancio Hipersexualizado», a la que rápidamente se habían adherido el presidente enano y su hermano gemelo, clonado después de su muerte en aquel terrible accidente de aeronave.

Las próximas elecciones se presentaban muy caldeadas, por la presión de la Ley anti-orgasmo, los altos precios de los Fantoches sexuales y el aumento de los precios en cualquier cirugía reparadora, debido a la crísis.
Lideresas mundiales, con labios elegidos por ellas mismas, comenzaron la lucha en pos de su derecho a operarse todos los años, y animaron a los funcionarios estatales a declararse en huelga por el recorte de sus depilaciones láser.
Tranquilamente abrió el sobre de correo que traía sus libros. Debía preparar su retiro, y había decidido estudiar bien aquella nueva tendencia científica que creía el orgasmo acabado antes de iniciarse. Si resultaba ser verdad significaría toda una revolución en el mercado de Fantoches. Miles de ellos quedarían relegados a las estanterías de los hipermercados… Pobrecitos -pensó Farah al recordar sus perfectos musculos, y el bello tatuaje del modelo llamado «Sexo Tribal»…

Farah, clones y subclones

Amanecía en la ciudad perfumada con olor a basura radioactiva, mientras una mujer tosía corriendo en dirección a la panadería. 

Tres clones uniformados con gafas falsificadas en China se dirigían a sus puestos de trabajo, sin toser, ya que ellos habían sido tratados con el gas experimental “Presidente Kennedy”.
 Debían apresurarse a ganar el ajuste antes de la próxima “Gran Crisis Económica” anunciada para las 3. 45 de ese día. 

Tres ancianas humanas se disponían a hacer su caminata mañanera, aderezadas con sus máscaras anti-gas de la Seguridad Social y paraguas chinos, para la lluvia de nucleones que esparcían un brillo extraño en la mirada a quién los recibiese. Un coche carísimo pasó por la calle llevando a un dirigente de la clase política de los Herederos a su puesto en el Politburó.

Farah enfundó sus manos en la bata de levantar de pajaritos y apuró una bocanada de humo de su cigarrillo de vitaminas para sentir la vida entrando en sus pulmones. Miró desde la ventana el cuadro fantasmagórico que ofrecía la ciudad sin sol, invadida por fin la atmósfera de gases pestilentes, proporcionados por el presidente a cambio de unas ingentes comisiones.

 Pensó en la imposibilidad de su relación con aquel clon de gafas Dolce&Gabbana que no ganaba ni para comprarle su dosis de cigarrillos vitamínicos, y apartó una nube de moscas que aparecieron zumbando en busca de un poblado marginal. 

Recordó a la Reina hablando en la televisión, hacía mucho tiempo, peinada con mucha laca, de la gran plaga que les azotaría…”Un mundo lleno de tos y malos olores…” había predicho ella, mientras los hombres reían ante la ocurrencia, repetida antes de las noticias deportivas. 

La Reina había sido depuesta por el presidente, el del bigote ralo y melenita, sí aquel de los abdominales fuertes, antes de establecer la esclavitud de los clones y la imposibilidad de relacionarse libremente con los humanos. 

Todos aquellos muchachos y muchachas de nombres inciertos como Vanesa o Jonathan, condenados a ser tratados con el gas directamente en sus pulmones, simplemente por el producto interior bruto y la “salvación del país”.

Hubo una frontera donde antes no había existido más que incomprensión simple y una diferencia de clase social. También estas habían sido abolidas por el presidente declarándose la separación definitiva entre humanos y clones.

Farah se dispuso a enfundarse su traje de funcionaria, obligada a usarlo desde que había sido condenada a trabajos forzados, por haberse manifestado a favor de que los clones pudieran estudiar la ESO, y cumplir su interminable jornada en el vertedero infecto en el que vivían y trabajaban los semi-clones, traídos a la fuerza en unos barquichuelos a través del océano.

La suerte de estos era aún más aciaga; incluso prohibidos de hablar con los clones nacionales… Su vida ahora se limitaba a observar las condiciones de vida de los extranjeros que poblaban el vertedero, en régimen de alquiler, suministrando datos a la investigación que el Parlamento había ordenado realizar ante el ingente despilfarro de fondos para dotar a las barcazas, que les traían de Pánica, de agua y un poco de sombra para soportar los 30 días de navegación atlántica con olas de más de 6 metros de altura.


Debía darse prisa o llegaría otra vez tarde, por haberse quedado hasta altas horas hablando, y besándose, con aquel clon tan mágico que le traía añoranzas de sus veinte años.

 Había decidido no seguir adelante con aquella relación, no quería aumentar su condena si la descubrían nuevamente luchando por franquear aquella barrera impuesta entre humanos y semi-humanos. 

Lo que la había decidido a romper aquella bonita historia de amor era la mirada brillante del muchacho al retirar sus gafas falsificadas. Brillaba con el brillo de quién no usa paraguas para protegerse de los nucleones y, eso, no podía superarlo. Estaba en contra de sus ideales y principios más íntimos, aunque hubiera luchado porque tuvieran el bachillerato… 

Además -pensó para si misma- ¿que encanto podía tener un hombre que no tose?

SAMBA DO GRANDE AMOR, CHICO BUARQUE DE HOLANDA

Tinha cá pra mim
Que agora sim
Eu vivia enfim
O grande amor
Mentira
Me atirei assim
De trampolim
Fui até o fim um amador
Passava um verão
A água e pão
Dava o meu quinhão
Pro grande amor
Mentira
Eu botava a mão
No fogo então
Com meu coração de fiador

Hoje eu tenho apenas
Uma pedra no meu peito
Exijo respeito
Não sou mais um sonhador
Chego a mudar de calçada
Quando aparece uma flor
E dou risada do grande amor
Mentira

Fui muito fiel
Comprei anel
Botei no papel
O grande amor
Mentira
Reservei hotel
Sarapatel
E lua de mel
Em Salvador
Fui rezar na Sé
Pra São José
Que eu levava fé
No grande amor
Mentira
Fiz promessa até
Pra Oxumaré
De subir a pé o Redentor

Hoje eu tenho apenas
Uma pedra no meu peito
Exijo respeito
Não sou mais um sonhador
Chego a mudar de calçada
Quando aparece uma flor
E dou risada do grande amor
Mentira

La menstruación en el Islam Mujeres – Fátima Mernissi


Uno de los temas constantes de conflictos en el Islam desde los orígenes es el comportamiento en relación con el acto sexual y las menstruaciones, ¿son éstas causa de mancilla? Aixa y las demás mujeres del Profeta siempre mantuvieron que el Profeta no tenía sobre ello la actitud fóbica de la Arabia preislámica. ¿Se purificaba o no el profeta tras hacer el amor durante el mes de Ramadán? «escuché a Abu Huraira contar que aquél al que el alba sorprende manchado (yanban, se trata en este caso de la mancha del acto sexual) no puede ayunar». Al escuchar esa nueva ley decretada por Abu Huraira, los discípulos acudieron a casa de las esposas del Profeta para asegurarse: «Le hicieron la pregunta a Umm Salma y Aixa (…) Le respondieron: ‘El Profeta pasaba la noche yanban, sin haber hecho ningún rito de purificación, y, por la mañana, ayunaba’ «. Los discípulos, enormemente perplejos, volvieron donde Abu Huraira: «¿Ah, sí? ¿Han dicho eso?», respondió. «Sí, lo han dicho», replicaron los discípulos, cada vez más ansiosos, pues el Ramadán es uno de los cinco pilares del Islam. Abu Huraira, presionado, confesó entonces que no lo había escuchado directamente del Profeta, sino de otro: «Se desdijo, y más adelante se supo que, antes de morir, se había retractado completamente de ello» (…)

La Arabia preislámica consideraba la sexualidad, y especialmente a la mujer menstruante, como fuente de polución, de mancilla, como un polo de fuerzas negativas. La teoría sobre la mancilla manifestaba una visión de lo femenino que se expresaba por medio de un sistema de supersticiones y creencias que Muhammad quería condenar como consustancial a la esencia de la Yahilía (la época de la ignorancia) y de las creencias de la comunidad judía de Medina.

El debate sobre la suciedad era un problema de fondo. Por otro lado, los alfaquíes, que tomaron parte en un debate largamente tratado en la literatura religiosa y que se pronunciaron a favor de Aixa, daban como argumento el hecho de que su versión de los hadices parecía concordar mejor con la actitud del profeta, que trataba por todos los medios de «luchar contra todas las formas de superstición».

Era un asunto que no sólo interesaba a los imames: los califas se sentían concernidos en buena medida. «Muawiya ibn Sufian había preguntado a Umm Habiba, la esposa del Profeta, si éste solía hacer salat con la ropa con la que había hecho el amor (yuyami’u fihi), ella dijo que sí, pues él no veía nada malo en ello». Imam an-Nisa’i nos explica por qué insistía tanto sobre el tema de la menstruación en su capítulo sobre el ritual de la purificación: el Profeta quería reaccionar contra el comportamiento fóbico de la población judía de Medina, que declaraba tabú a la mujer que tenía la regla: «Les ordenó (a los creyentes de sexo masculino que preguntaban por ese tema) que comieran con sus mujeres, que compartieran el lecho, que hicieran con ellas lo que quisieran salvo copular».

Los libros de fiqh dedican uno o más capítulos a los rituales de purificación que todo musulmán debe seguir cinco veces al día antes de hacer salat. Es innegable que el Islam tiene una actitud más bien exagerada con relación al aseo corporal, que en muchos provoca una rigidez casi neurótica. Los prolegómenos de nuestra educación religiosa se inician por esa atención dirigida al cuerpo sus secreciones, los líquidos, los orificios que el niño debe aprender a vigilar y a controlar incesantemente; el acto sexual impone un ritual más elaborado a hombres y mujeres y, tras la menstruación, la mujer debe lavarse enteramente según un preciso ritual. El Islam insiste sobre el hecho de que el sexo y la menstruación son dos acontecimientos bastante extra-ordinarios, pero no hacen de la mujer un polo negativo que, en cierto modo, «anula» la presencia de lo divino y altera su orden. Pero, por lo que se ve, el mensaje del Profeta, quince siglos después, no ha calado todavía en las costumbres de mundo musulmán si hay que juzgar por la negativa reiterada en Penang, en Malasia, en Bagdag o Kairuán, cuando me encontraba en el umbral de una mezquita y que deseaba entrar en ese santuario.

Umm Maimuma, una de las esposas del Profeta (tenía nueve en el período que nos interesa, los últimos años de su vida en Medina), nos repite el meticuloso Nisa-i, dijo: «Podía suceder que el Profeta recitara el Corán con la cabeza reposada en las rodillas de una de nosotras que estuviera menstruando. Podía suceder también que una de nosotras levara la alfombrilla de la oración a la mezquita y la extendiera cuando tenía la regla». Ya en los tiempos en los que escribía el Imam Nisa-i (nació en el año 214-215 de la hégira, siglo IX), los eruditos sospechaban que en ello había un mensaje que alteraba la misoginia anclada, incrustada en el Mediterráneo árabe, antes y después del Profeta, y trataron de estar lo más atentos posible para no traicionar esa dimensión tan perturbadora del Mensajero de Allah. Esos alfaquíes, que percibían el peligro de la misoginia como una posibilidad de traicionar al Profeta, multiplicarán las precauciones, explorarán e investigarán sobre la vida sexual del Profeta, dando la palabra a sus mujeres, única fuente con credibilidad en ese tema. Acumularán detalles sobre su vida, tanto en la mezquita como en su casa. Ibn Saad dedicará un capítulo al plano de la casa del Profeta, capítulo que es importantísimo para aclarar esa dimensión clave en el Islam: una revolución total en comparación con la tradición judeocristiana y la Yahilía en su relación con lo femenino. Pero la tendencia misógina se va a imponer rápidamente entre los alfaquíes, y veremos resurgir en muchos hadices el miedo supersticioso a lo femenino que el Profeta quería vencer.

La base impositiva del amor…

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«Presupuestable y accesoria. Desgravable y caritativa…» otra cosa no puedes ser.

Todo se volvía en contra de su amor libre: no era rentable. Una mujer libre, anárquica e ingobernable como ella, no lo era.

Jamás pagaba por unas migajas de ser humano, y eso la convertía en un ser desgraciado, de pura inteligencia.

Deseó ser inconsciente, poco inteligente y conformable para poder ser feliz por un largo tiempo. Sumergirse en la niebla de la ignorancia para que le devolvieran sus lágrimas derramadas por un Bagdad bombardeado.

¿Quién le devolvería sus lagrimas en América del Sur y África? Llanto desconsolado por un amor que no existe, repetida la búsqueda exhaustivamente, repetida la caída en la decepción una y quinientas veces.

Rayada, como un viejo disco de vinilo, llorando de nuevo por las bombas en los colegios de Gaza que matan niños.
Poco acostumbrada a un país de camareros y obreros de la construcción en que se había convertido el planeta Tierra, engrosó la cola del desamor que borró de un golpe certero cualquier atisbo de ilusión de su rostro.

De ahí en adelante paseó sombríamente por la calle, para comprar comida y poco más, superviviente de un mundo que treinta años atrás la saludaba con la inconsistencia de lo mucho que había por inventar.

Hoy, el lodo la saludaba sin sonrisas ante lo precario de comprar un pan y nuevamente se sintió sin valor añadido, sin plusvalía posible que generar, en un mundo hipotecado, al que la gente llegaría jubilada más tarde, por la gracia del amor con base impositiva.
El libro le vomitó todas sus palabras en la cara y lo cerró de golpe, asustada por lo abrupto del nacimiento de éste al mundo real.

Se dejó arrastrar, en un mundo en el que hasta las palabras, cual conjura, se confabulaban contra ella.
Aparcó su victimismo, y desató sus cabellos que acudieron en una catarata de rizos a cubrirle la cara, sin derramar ni una sola lágrima más, cumpliendo el juramento que hizo una vez en la plaza de la Esperanza de Agadir…
La ventanilla del tren la devolvió a la realidad de un paisaje volcánico, pensó que se parecía a Japón y le recordó también a su infancia.

Lanzarote y Marrakesh, tantas coincidencias en su vida, en su corazón. Su propia imagen reflejada en la ventanilla la sacó del ensimismamiento, y las voces hablando en árabe le dieron una noción exacta de dónde se encontraba.

Ajustó su pañuelo en la cabeza y hundió su cara tras las gafas de sol. Consciente de estar sola en un mundo hostil que no reconoce más talento que la estafa, la trama y la pérdida siempre del mismo lado, se defendió con lo único que le restaba, que no era poco, y se sintió acariciada de nuevo por su amada soledad.