“Luna de Capricornio.” Verano.

“Oh Al-Láh,
amarte ha sido comprender que la Dicha no es la Felicidad. No es la Alegría.”

Amarlo ha sido comprender que la Dicha no es la Felicidad.

No es la Alegría.

Y, sí, es Amar a un Ser fragilizado que ha necesitado mi verso en un segundo.

Veloz he secado mis lágrimas para asistirlo, olvidando mi corazón.

Amarlo más sería sucumbir al morbo de ser abandonada o, ejerciendo mi hipocresía, fingir no desear un compromiso.

Vuelvo a secar mis lágrimas, la mañana después, desvelada por una pelea de gatos ante la Luna llena.

Quizás esa sea la metáfora de mi vida.

El gato de mi conciencia agrediendo al gato de mi corazón.

Y lloro al recordar a los jóvenes amantes que se lanzaron juntos al abismo.

De puro amor murieron.

Frente a un Mundo incapaz de soportar y hacer florecer el Amor. Prefirieron eternizarlo en la Muerte, y así lo dejaron escrito en aterradora carta.

Yo lamentablemente sobreviviendo, como canta León Gieco. “Sobreviviendo”.

En la Dicha de no tenerte.

De no poder alcanzarte, pues hoy, amor mío, de nuevo te alejas hacia la Muerte.

¡Maldito Mundo que no soportas al Amor!


León Gieco.

“Por una senda oscura.”

Por una senda oscura, arbolada, caminaba la Muerte.

Me salió al paso, y sonrió con sus ojos.

Su dolor era tan grande que apenas su mirada sonreía.

Mis ojos, en sus ojos, firmes.

Desafiante en mi Dicha.

Tomé el sendero, apenas unas palabras después, y no sólo se fue la Muerte.

Con ella partieron tres Arpías.

Una fingía ser Calma, otra fingía ser Ciencia.

La última, y más vieja, fingió ser Poesía.

Sus cantos chirriantes clamaban por la Muerte.

Pero ni ella, deshacedora de todo afán, le respondía.